El Juego del Tiempo - Leyendas de Verano e Invierno 1

43. Aleidón V

Inicio de la tercera parte de la obra: Miedo.

El gigante de fuego

Los cabellos ondulados de la muchacha resaltaban con la luz de las velas en un dorado precioso, estas ondas estaban desparramadas en la almohada y algunos cabellos se le pegaban al rostro por el sudor, me sonreía mientras la veía desde arriba, también exhausto y sudoroso.

Me incorporé y me coloque la ropa interior y miré por la ventana de colores de la torre de la Orden. El morado, el verde y el amarillo eran los principales y le daban una tenue iluminación al dormitorio, que poco a poco se extinguía por el anochecer.

—Deberíamos ir al comedor —dijo Mild— todos los magos de seguro nos están esperando para cenar.

Sonreí quizás con malicia y le respondí de espaldas:

—De seguro ya empezaron —rió y se tapó entera con las sábanas.

Miré nuevamente por la ventana al mar, tranquilo como siempre, normal como solía ser, hasta que por la orilla se acercaba un moribundo hombre. Sentí como se me erizaba el vello y Mild presintió mi preocupación por lo que se incorporó colocándose una bata.

—¿Qué sucede?

—Hay un hombre arrastrándose por la orilla —señalé y ella a diferencia de mí, mostró una total calma.

—Dejemos que el desdichado siga con su camino.

—¿Y si muere? —miré a sus hermosos ojos miel, que me miraron suplicante que no vaya a salvarlo.

—Siempre tienes que ser tan bueno —dijo bajando la mirada y dando unas palmadas en mi espalda— eres igual que Orion, salvando a todos.

—Yo estaba ahí también —dije casi sonriendo, recordando cómo una niña de unos diez años se acercaba temerosa a la habitación donde todos los magos habían llegado para ayudar, lamentablemente todos habían muerto en la aldea— tenía apenas quince años, fue traumatizante ver tantos cuerpos llenos de sangre, violados —fruncí la cara en una mueca de asco y Mild me miró enojada.

—Cállate.

—Perdón —dije y me vestí con una túnica y unas botas, entonces salí de la habitación y bajé a la orilla.

El olor del mar paseaba por el lugar, y al este se divisaba el bosque, tan espeso, por donde muchas personas habían llegado y a donde me sentía conectado, en cambio el mar, jamás le había parecido muy llamativo.

Un joven se arrastraba por la orilla, usando la arena como soporte, todo desaliñado y casi ahogado, a lo lejos había un barco y supuse que lo habían lanzado.

Extendí mi mano hacia a él, pero no se dio cuenta y siguió avanzando hasta toparse con mis botas. Las acarició y se acostó sobre ellos, fue entonces que levantó la mirada y me di cuenta de que era ciego.

—Mierda.

Me agaché y lo tomé por los brazos para levantarlo y lo apoyé en mi espalda.

—Trata de avanzar a mi paso —dije y el hombre asintió— Acqua te quiso vivo, ¿no?

—Ella es una perra —me detuve en seco y fruncí todavía más el ceño.

¿En serio iba a ayudar a alguien que hablaba así de los Dioses?

***

Quince días después.

Una bocanada de aire me devolvió a la realidad, no sabía dónde estaba, pues el ambiente era completamente desconocido para mí, llovía y el suelo se presentaba lodoso.

A lo lejos se acercaba un río y cerca de la ribera dos chicos descansaban encima de una barca. Levanté la cara y sentí en mi rostro las gotas de lluvia, que me avisaban la presencia de la Diosa que me había rescatado.

—¿Por qué me cruzas con ellos, Diosa?

Porque todos tienen un destino, forjarlo de manera correcta es tu decisión —escuché de un susurro femenino.

Anduve bajo la lluvia en silencio un buen rato, mientras observaba los árboles, todos altos y frondosos en las copas, muchas aves permanecían en los nidos pues la lluvia no era favorable para su vuelo.

Finalmente tuve al frente a la barca encallada, con un hueco en la proa, hundiéndose poco a poco. Sobre ella se encontraban los chicos, que ahora que observaba bien estaban inconscientes.

Me acerqué quizás un poco nervioso y los arrastre hacia el barro mientras la barca se hundía y miré al cielo buscando una solución.

Miré a los muchachos que ahora descansaban tranquilamente y noté que alrededor de sus cuerpos los rodeaba un aura de energía. «Magia». Primero tomé el hombro de la chica, que se sacudió con fastidio logrando asustarme. Tenía el corazón acelerado cuando miré el rostro del chico, angustiado y alterado, sudaba y se mezclaba con la lluvia, y su aura era más intensa que cualquier otra, incluso que la de Mild.

Me agaché y tomé su hombro, fue cuestión de segundos que dejé de ver el paisaje y todo se volvió negro, pero no una completa oscuridad, era humo.

***

Sentía una constante comezón a lo largo de todo mi cuerpo, se intensificaba con cada segundo que pasaba y hacía que me retorciera sutilmente, ya no estaba en el lodo, era obvio; el suelo era frío, agrietado y raspaba. Además el ambiente estaba caliente y cargado, y sentía que mi respiración se cortaba poco a poco.



Gabriel E. B. Michaud

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En el texto hay: profecias, aventura peligro y accion

Editado: 01.08.2018

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