
El recuerdo que no volverá

Caminar de regreso a la cueva fue como marchar hacia mi propio funeral, solo que yo era una invitada dispuesta a incendiarlo todo. La oscuridad me recibió con un abrazo húmedo y asfixiante, y el zumbido de las runas volvió a sofocarme. Sin Rhydian a mi lado, el lugar se sentía más hambriento, como si las paredes se cerraran sobre mí, ansiosas por saborear la esencia de una bruja de mi estirpe.
—Bien, pedazo de roca muerta —siseé, alzando mis manos mientras las sombras empezaban a danzar alrededor de mis dedos—. Es hora de demostrar cuánta agonía puedes soportar.
Lancé una ráfaga de mi propio poder, buscando debilitar las runas, pero fue como arrojar ceniza al viento. Las runas ni siquiera se inmutaron; al contrario, brillaron con una intensidad burlona, como si mi magia fuera lo que habían estado esperando para terminar de devorar este bosque.
—¡Maldita sea! —grité, y mi voz se quebró en un eco que sonó a derrota.
La rabia me consumió. Si no podía destruirlas, las corrompería hasta que se colapsaran. Cerré los ojos y llamé a mi oscuridad más profunda. Las sombras se volvieron densas, aceitosas y pesadas, un manto que se extendió por la cueva hasta envolver la estalactita principal donde palpitaba el nudo del hechizo. El manto de sombras era tan absoluto que ni siquiera las runas podían atravesarlo.
Por un latido, creí haber ganado. Esperaba ver la magia de las runas asfixiarse, apagarse bajo mi dominio. Pero lo que sucedió me heló la sangre más que el aire del Norte: la runa no luchó. Al contrario, la muy maldita se alimentó de mi poder y su fuerza oscura aumentó.
Caí de rodillas, jadeando, con el sabor amargo del fracaso en la boca. Mi magia no solo había fallado; había fortalecido aquello contra lo que luchaba. No podía ganar con fuerza bruta. No podía ganar con la oscuridad que me definía.
Me sentí estúpida. Inútil. Una impostora que jugaba a ser poderosa mientras su Alfa se desangraba. Era inútil y evidente: si deseaba destruir las runas, necesitaba encontrar a la criatura que las talló. Pero no tenía tiempo… Rhydian no tenía tiempo para cacerías.
Con el tiempo agotándose y la imagen de Rhydian palideciendo bajo la luna quemándome la mente, me vi obligada a hacer lo que más despreciaba: suplicar. Me arrastré hacia el centro de la cueva, donde una grieta en el techo permitía que un rayo de luz lunar, pálido y gélido, cayera sobre el suelo cubierto de runas.
Me puse de rodillas —un acto que me sabía a ceniza y humillación—, pero mantuve la espalda recta y el mentón alzado. No iba a implorar como una sierva aterrorizada; iba a reclamar un pacto entre iguales, o al menos eso era lo que mi orgullo necesitaba creer.
Hundí la punta de mis dedos en la sangre que manaba de mi antebrazo y tracé una línea en mi frente, y dos líneas más en la arena frente a mis rodillas.
—Tú, Luna sabia y poderosa, Dama de la Noche y Madre de los que aúllan —comencé, mi voz resonando hueca en la cueva—. Te invoco, no como una devota que busca consuelo, sino como una bruja que ofrece un intercambio para salvar al Alfa que protege tus bosques.
Hice una pausa, midiendo mis palabras. La adulación era la madera que avivaba el fuego de los dioses, pero el veneno de mi soberbia siempre encontraba la forma de filtrarse.
—Reconozco tu gran poder y, por esa razón, estoy aquí, de rodillas y ofreciendo mi sangre, para pedir prestada tu luz esta noche con el fin de ayudar a tus fieles creyentes.
Pero la invocación no trajo el estruendo de poder que mi altivez exigía. Aguardé a que la luz estallara, que la cueva se inundara de una pureza que redujera las runas a ceniza blanca. Nada. Solo había el silencio sepulcral y el goteo constante de mi propia sangre contra el suelo.
—¡Préstame tu poder! —rugí, perdiendo poco a poco los estribos—. ¡Cédeme solo un poco de tu luz para destruir lo que mis sombras no pueden tocar!
La luz lunar permaneció inmóvil, indiferente, bañándome con una frialdad que parecía juzgar cada uno de mis pecados. No hubo respuesta. No hubo calor. Solo un silencio lunar tan absoluto que se sentía como un grito de desprecio desde las estrellas.
En ese instante, la realidad me golpeó con más fuerza que cualquier hechizo. El favor previo de la Luna —aquel que me permitió tejer el lazo falso para engañar a Rhydian y atarlo a mi destino— no había sido un regalo. Había sido un cebo.
La Luna me observaba desde su distancia infinita, y su silencio era una sentencia de una elocuencia aterradora: Ya te concedí el engaño que pediste para someter al Alfa a tu voluntad; ahora, Bruja oscura, ahógate en la verdad que has creado y enfrenta sola las consecuencias.
Justo cuando mis labios se curvaban para maldecir a la Luna y a cada una de sus fases, algo en el aire se rasgó. No fue un sonido, sino una sensación: un frío astral, una corriente que se filtró por las grietas. No era el frío del invierno, ni el de la muerte; era el frío del vacío absoluto. Los vellos de mis brazos se erizaron y una presión insoportable se instaló en la base de mi cabeza, como si un gigante estuviera apoyando un dedo invisible contra mi mente, aplastando mis pensamientos hasta dejarlos en blanco.