El legado de las sombras

8

No sabía qué hora era, pero entre dormida, sintió ganas de orinar. No quería despertarse para ir al baño, la temperatura de la cama era la ideal, la posición era la correcta, abrazada de Anthony con una comodidad insuperable. Sin embargo y muy a su pesar, tuvo que hacerlo, por lo que aún somnolienta apartó las mantas de su lado y con cuidado de no despertarlo, bajó de la cama para ir al baño. Encendió la luz, se sentó en el inodoro con rapidez y dio un suspiro con los ojos cerrados, como si quisiera conservar parte del sueño para no despertarse del todo.

Luego de ello, se lavó la mano sana bajo el grifo. Se miró al espejo, completamente desnuda y con el cabello revuelto, y entonces esbozó una media sonrisa, recordando lo anterior. Parecía como si todavía pudiese sentir cada beso de Anthony en sus pechos, así como en cada rincón de su cuerpo. Había sido bueno, muy bueno, de hecho. Y mientras aún continuaba viendo su propio reflejo, observó algo más. El cristal comenzó a empañarse poco a poco, aunque en el ambiente no hubiera vapor ninguno, hasta que simplemente dejó de verse a sí misma. Confundida, cerró el grifo y pasó la mano por el espejo, para aclararlo.

Allí vio una mujer que no conocía, de pie detrás de su espalda. No era Julianne, pero de todas formas parecía mirarla fijamente, como si quisiera algo de ella. No tenía sombrero de enfermera, pero era de mediana edad, con la piel tan opaca que parecía casi una fotografía en blanco y negro. Incluso su cabello ni siquiera tenía color. Una parte de sí misma se petrificó ante lo que estaba viendo, y bruscamente se giró para intentar gritar o salir corriendo, pero entonces, aquella visión le apoyó una mano gélida en la frente.

Madison tomó una bocanada de aire poniendo automáticamente los ojos en blanco, levantando el rostro hacia el techo como si aquella mujer hubiera tomado completa posesión de su cuerpo. Entonces vio muchas cosas, que al principio no supo reconocer, a excepción del ala de psiquiatría de Ashgrove. Para su sorpresa, no estaba abandonada, sino que relucía por su pulcritud y las luces encendidas, el olor a fármacos y el personal médico yendo de un lado a otro. Sin embargo, no era su propio cuerpo el que sentía al caminar, y con absoluta certeza supo que estaba viendo un recuerdo de alguien más. El de su propia abuela, directamente desde el interior de sí misma, como si hubiera ocupado su piel.

Madison caminaba —o mejor dicho, Margaret— por un pasillo largo y estrecho, iluminado por lámparas que proyectaban sombras alargadas en las paredes de piedra. Podía sentir la aprensión en el pecho, pero no era solo la suya, era el miedo de su abuela, cuya conciencia la dominaba en ese momento. Se detuvieron frente a una puerta maciza, donde Margaret la empujó y entró en la sala de procedimientos. Dentro había varios médicos, incluyendo Julianne y el propio doctor Heynes, quienes trabajaban en un paciente amarrado a una mesa. La luz de la lámpara colgante revelaba su rostro pálido, ojeras profundas y mirada vacía.

—¿Qué están haciendo con ese pobre hombre? —preguntó. Se escuchó a sí misma al hacerlo, la voz de su abuela era clara y armónica, y una parte de su mente pensó que quizá, si no se hubiera dedicado a la medicina, podría haber sido una buena cantante.

El paciente gimió, pero sus protestas fueron silenciadas rápidamente con una mordaza apretada. Margaret observaba, impotente, como Heynes inyectaba algo en la vena del hombre, mientras Julianne anotaba meticulosamente en un cuaderno. Los instrumentos quirúrgicos, afilados y dispuestos ordenadamente en una bandeja cercana, parecían listos para un uso aún más siniestro.

—No se preocupe, Margaret —dijo Heynes, con una sonrisa breve—. Todo esto es por el bien de la ciencia. Estos pacientes no tienen futuro, pero sus cuerpos pueden ayudar a salvar otras vidas.

Madison podía sentir la repulsión de Margaret, el asco que crecía en su interior mientras veía como aquel hombre en la mesa convulsionaba durante un momento antes de quedar completamente inmóvil. Los otros médicos se movieron con eficiencia luego de hacer las comprobaciones de su deceso, colocando al paciente en una camilla y cubriéndolo con una sábana blanca.

La escena cambió bruscamente de un instante al otro, y como si fuera un parpadeo, ahora Margaret estaba en un pequeño despacho. Revisaba expedientes, intentando recopilar pruebas de los procedimientos ilegales que se llevaban a cabo. De pronto, la puerta se abrió bruscamente, y el doctor Heynes entró con expresión severa.

—¿Qué cree que está haciendo, Margaret? —preguntó, cerrando la puerta tras de sí.

—He visto lo que hacen ahí dentro —su voz temblaba, pero intentaba sonar firme, y Madison pudo sentir el miedo que había invadido antaño a su abuela, como si fuera suyo—. Esto no es medicina, Heynes. Es… tortura.

Heynes soltó una risa seca, cortante.

—Margaret, Margaret… —dijo con suavidad, acercándose a ella hasta invadir su espacio personal, con mirada intimidante. —Estos procedimientos son necesarios para el progreso. Lo que hacemos aquí, aunque usted no lo entienda, salvará vidas algún día. Pero si tiene alguna objeción… —su voz se volvió más baja y peligrosa, casi como si fuera un susurro entre amigos. —Podría poner en peligro su futuro aquí. Y no solo su futuro. La vida en un hospital puede ser peligrosa para aquellos que no saben guardar silencio.

Madison sintió la desesperación de Margaret. Estaba aterrorizada por lo que podría pasarle si se oponía a Heynes, la amenaza era más que clara, y no se refería solo a su empleo. Era una advertencia concisa sobre lo que podría sucederle si hablaba demasiado, y mientras razonaba esto último, la imagen cambió de nuevo con la misma rapidez que la anterior.

Esta vez las visiones se volvieron más fragmentadas, como si fueran recuerdos quebrados y distorsionados por el tiempo. Margaret estaba corriendo por un pasillo oscuro, su corazón palpitando en su pecho. Se detuvo bruscamente al llegar a una pequeña habitación donde se encontraba Julianne Grimshaw, tendida en el suelo, con un charco de sangre alrededor de su cabeza. El cuerpo de la enfermera estaba rígido, y sus ojos vacíos parecían mirarla directamente. Frente a ella y de espaldas, estaba Heynes, llevando en su mano derecha un mazo para moler hueso, que aún tenía hebras de cuero cabelludo pegado en una de sus caras. Al sentir los pasos detrás suyo, él se giró, y sus ojos fríos se encontraron con los de Margaret frente a frente.



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En el texto hay: conspiraciones, hospital, ouija

Editado: 27.04.2026

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