El muñeco de Onforth

El muñeco de Onforth

La llegada del invierno, con ella la navidad, se hacía sentir en el ambiente. La alegría de los niños abundaba por las calles del pequeño pueblo de Onforth. Algunas cosas que disfrutaban de esa época era la caída de nieve. Por su geografía, quedaba en la frontera de Boresco y Monderiou, del país de San José.

Los pobladores, en su mayoría personas que se ocupaban al campo y muy pocas con trabajos en fábricas o con estudios superiores, hacían las compras para la navidad. La tardes eran nubosas y en las mañanas llovía, con un ritmo melancólico que hacía recordar épocas antiguas.

La noche en que empezó aquello fue la más fría de todo el mes, de todo el año, del tiempo en que hasta los más lugareños que vivieron desde sus raíces y esperaban su muerte con anhelo. Se sorprendieron por la baja escala temporal que pasaron.

Muchas personas, entre ellos niños, empezaron a enfermarse de manera alarmante. A veces corrían vientos fuertes, los cuales venían acompañados de grandes mantos de nieve blanca y se mecía sobre los tejados de las casas. Reposaban en las ventanas y techos de uno que otro establecimiento de tres pisos. Y ocultaba los vastos bosques con pinos.

—Tengo miedo—fue lo que dijo aquel dueño de la tienda. Una pequeña tienda que estuvo ahí desde quién sabe cuándo. Aquellas dos palabras que resonaron en el lugar, mientras atendía al doctor Oswaldo, pediatra.

—Por los niños—agregó mientras guardaba las latas de leche en la bolsa.

—No, es algo más que eso—dijo mirando por la ventana—Cuando pequeño, mi abuela solía decir que este lugar estaba maldito.

— ¿Fantasmas?, no creo que sea eso.

—Claro que no, simplemente dudaba de sus palabras. Y aunque esté sucediendo lo mismo que ella repetía una y otra vez, debería entender que solo es una casualidad.

El viejo mostraba en su rostro, arrugado por el tiempo, sus evocaciones sentimentales.

—Oh bueno, debe ser algún tipo de leyenda.

—No, además fue internada en un centro psiquiátrico fuera del pueblo—miró fijamente a los ojos de Oswaldo y pronunció las palabras mientras alargaba sus manos—estaba loca.

Los dos rieron y se despidieron con un “nos vemos luego”.                  

Ya pasada una semana desde la oleada de frío intenso. Los niños que no pudieron recuperarse empezaron a fallecer, uno por uno. Los padres se desesperaban y los hospitales a veces se llenaban de casos parecidos. Oswaldo veía como los niños entraban y salían por emergencias muy enfermos. Y al ser el pediatra más reconocido, todos buscaban una respuesta de él. Sin embargo no comprendía que era lo que sucedía. Solo podía basarse de otras enfermedades y recetar tratamientos que en algunos casos ayudaban. Pero en otros, los niños tenían una lenta y agonizante muerte.

El tiempo transcurrió durante todo diciembre. Y algo especial sucedió. Algo que ocultaba la sombra del luto de los padres que enterraron a sus niños en tumbas frías. Un gigantesco hombre de nieve fue construido en el centro de la ciudad, por varias personas, los cuales afirmaban haber tenido un sueño donde alguien les hablaba y les pedía que hicieran eso.

Oswaldo se enteró de la noticia, y al ir a ver a aquel muñeco, se quedó sorprendido. Un monumental cuerpo blanco y adornado se alzaba hasta donde su vista lograba ver. Quedó estupefacto al no comprender como un grupo de personas se atrevieron a tal hazaña.

Preguntó a varias personas como fue posible. Sin embargo, solo respondían que era algo inevitable no seguir construyéndolo hasta terminar.

Pasado el tiempo, los padres que aun sufrían, los cuales eran muchos, asistieron al evento que organizaron para el 21 de Diciembre. Fueron invitados para poder pasar este doloroso tiempo junto a personas que estaban dispuestas a dar su apoyo. Y Oswaldo se ofreció a participar en aquel festejo. 

La gente se amontonaba en las calles del centro. Traían regalos que iban a colocar bajo el árbol armado justo al lado de aquel gran muñeco. Habían armado un escenario y puesto varias sillas para poder ver el show que arreglaron entre las personas que organizaron el evento.

Oswaldo ayudaba a repartir los bocados a los asistentes.

Todo ocurrió con gran tranquilidad. Y al finalizar, las familias se retiraron a sus hogares.

Al día siguiente, fue cuando gran parte de los habitantes salieron a sus casas a darle homenaje a aquel gran personaje de nieve. Y era porque, muchos afirmaban haber oído la voz de un ser bondadoso, en especial los padres, quienes agregaban haberse encontrado con sus pequeños fallecidos. 

Lloraron a los pies del muñeco, tocaron su robusto cuerpo. Hasta lo denominaron como santo de Onforth por haber permitido ver por última vez a sus hijos.

Oswaldo tuvo que detener su trabajo para averiguar qué era lo que ocurría, y por qué varios niños que tenían cita no venían al hospital.

Al llegar al centro, se enteró de la situación. Trató de razonar con algunos pero era inútil, estaban muy obsesionados con aquel muñeco. Simplemente lo dejó allí, aunque les pidió que no se retrasen a sus citas ya que era muy importante.

Un día antes del 24 de diciembre, las personas empezaron a mostrar cansancio. El agotamiento aumentaba mientras transcurría el día, y al llegar el atardecer, varias personas ya dormían plácidamente.



Eduard Thost

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En el texto hay: navidad, terror, terror monstruos

Editado: 16.10.2020

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