El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 11: LA CHICA DE LA MARCA DE FUEGO

Miracruz — quince años atrás.

El olor del Golfo Mexa era algo con lo que uno crecía o no crecía. No había término medio.

Para los nacidos en Miracruz, ese hedor denso a sal, algas podridas y pescado seco colgado al sol era simplemente el olor del aire mismo. Para los forasteros —soldados del Rey que llegaban de pueblos tierra adentro, mercaderes que cruzaban el puerto una sola vez y se marchaban rápido—, era algo que se pegaba a la ropa, al pelo y a la piel, y no se iba en días, por mucho que se lavaran.

Ella tenía quince años la mañana de su séptima y última cosecha.

No había dormido. Eso no era inusual en ella —nunca había dormido bien, con demasiada energía contenida dentro de un cuerpo que no encontraba cómo gastarla—, pero esa noche en particular la había pasado entera mirando el techo de madera de la casa de sus padres. Contaba las grietas que el salitre del mar había abierto en la viga central, esperando que el amanecer llegara de una vez y terminara con la espera que le carcomía las entrañas.

Miracruz era grande para ser un pueblo de la costa. Tenía un puerto real con muelle de piedra, una plaza amplia donde los pescadores tendían sus redes los días soleados y bares que abrían antes del mediodía y cerraban cuando el último borracho se caía solo sobre el suelo sucio. También tenía esa arrogancia tranquila de los lugares acostumbrados a recibir gente de paso: un orgullo portuario sin pretensiones, de quien sabe que lo que tiene vale, aunque nadie desde afuera lo haya certificado nunca.

La cosecha llegó con el calor pegajoso del séptimo mes encima, el aire húmedo y pesado como una manta mojada.

Los soldados eran cuatro, más el marcado que el Rey enviaba para certificar los nuevos descubrimientos. Este era del fuego. Siempre mandaban uno del fuego; aguantaban mejor las temperaturas altas de la costa, aunque la brisa marina a veces los hacía jadear. Nunca enviaban marcados de agua. Tal vez porque no estaban hechos para ser soldados, sino curadores. Ella lo notó antes de que se bajara del caballo: la forma en que el calor se distorsionaba ligeramente a su alrededor, ese fulgor sutil que los marcados activos tenían cuando no se molestaban en contenerse. Un hombre de mediana edad, con la cara de alguien que ha visto demasiadas cosechas y ya no espera nada de ninguna.

En Miracruz había 103 jóvenes y niños en edad de cosecha ese año.

103 pasaron frente al espejo.

101 salieron con la misma cara con la que habían entrado: alivio mezclado con algo que no terminaba de ser decepción, pero que se le parecía mucho. El espejo les devolvía su propia imagen sin aditamentos, sin llamas, sin remolinos, sin nada. Ordinarios. Libres de volver a casa.

Ella fue la penúltima.

Se colocó frente al espejo sin apresurarse. Era alta para su edad, con los hombros anchos de quien ha cargado redes y cajas de pescado desde los ocho años. Se había cortado el cabello muy corto esa misma semana —siempre lo llevaba corto, era más cómodo y evitaba que el sudor le cayera en los ojos— y vestía la ropa más limpia que tenía, que no era demasiado limpia.

Miró su reflejo.

Su reflejo le devolvió algo que ella misma no vio venir.

El espejo brilló con una luz enfermiza. Entonces sus manos y brazos se tiñeron de un rojo intenso. Sintió el calor subirle por la piel como lava bajo la carne. Al mirarse de nuevo, sus ojos eran rojos. Brillantes. Ardientes.

Hubo un murmullo en la plaza, un rumor bajo que se extendió como aceite sobre agua.

El marcado del fuego que había venido a certificar la cosecha se bajó del caballo y caminó hacia ella con calma deliberada. La miró con ojos muy parecidos a los que ella acababa de ver en el espejo: rojos, con una expresión que en ese momento no supo descifrar —la entendería muchos años después, cuando ya no importara: reconocimiento. El tipo de reconocimiento que ocurre entre personas que comparten algo sin haberlo elegido.

Sus padres no gritaron. Su madre se llevó las manos a la boca, los ojos muy abiertos. Su padre apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de la mandíbula se marcaron bajo la piel como cuerdas tensas.

Los soldados actuaron rápido, como siempre actuaban.

Las monedas. El papel sellado. La carreta.

Desde la carreta ella vio al último de la cosecha. Un chico conocido en el pueblo como alguien loco y aventurero, con una sed de sangre inusual para su edad. Era dos años menor que ella, de pelo negro revuelto y cara de no haber dormido bien en toda su vida. No tenía padres y nadie sabía cómo había sobrevivido sin ellos. Reveló la marca del viento con tanto poder que los rostros de los soldados cambiaron, esta vez con satisfacción. Habían encontrado a uno poderoso, y el Rey recompensaba bien a esos. Más ahora que llevaban a dos con cierto potencial. Lo subieron junto a ella. Ninguno de los dos dijo nada mientras la carreta salía de Miracruz y el olor a sal empezaba a alejarse, volviéndose más difuso con cada metro de distancia.

Esa noche detuvieron la marcha para acampar en la orilla de un río. El agua corría negra bajo la luz de la luna.

El marcado del fuego se separó de los soldados comunes y se instaló más lejos, como si no quisiera saber nada de lo que pudiera ocurrir. Los soldados destaparon sus cantimploras y empezaron a pasar lo que claramente no era agua. El olor a alcohol barato se extendió por el campamento.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 24.04.2026

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