La luz de la mañana se filtraba perezosamente a través de los ventanales polarizados, pintando la lujosa habitación con franjas de un gris pálido. Elena abrió los ojos con un dolor punzante en la muñeca derecha. El recuerdo de la madrugada la golpeó de golpe: el intento fallido de fuga, la humillación en el baño y el frío chasquido de las esposas de acero aseguradas a la cabecera de la cama.
Dio un tirón instintivo del brazo, soltando un siseo de frustración cuando el metal rozó su piel irritada. Seguía atrapada. La pesadilla continuaba, y el carcelero ni siquiera se había molestado en quedarse a vigilarla, confiando plenamente en la solidez del acero.
Pasaron veinte minutos de tirones inútiles, respiraciones entrecortadas y maldiciones susurradas contra las almohadas de seda, hasta que la puerta principal de la suite se abrió con suavidad.
Dante entró caminando con paso firme. Ya no vestía la camisa arrugada de la noche anterior; llevaba un traje negro impoluto de tres piezas, la corbata perfectamente ajustada y un abrigo oscuro colgado del brazo izquierdo. No parecía un hombre que hubiera pasado la noche cazando deudores o vigilando rehenes; emanaba una tranquilidad aterradora, la calma absoluta previa al huracán.
Se detuvo al pie de la cama y cruzó los brazos, observando a Elena con una neutralidad que encendía la sangre de la joven.
—Veo que despertaste con energía —dijo Dante, su voz grave resonando en la amplitud de la estancia—. Espero que hayas tenido tiempo de reflexionar sobre los riesgos de dar paseos nocturnos por los balcones de mi casa.
—Desátame, maldito psicópata —espetó Elena, tirando del brazo con rabia, sin importarle que el metal le lastimara la muñeca—. ¿Qué pretendes tenerme aquí como a un perro? ¡Esto es ilegal, es un secuestro, vas a terminar en la cárcel!
Dante dio un paso al frente. No hubo gritos, ni amenazas grandilocuentes. Simplemente se inclinó sobre el colchón, sacó una pequeña llave metálica del bolsillo interior de su chaleco y, con un movimiento rápido y preciso, hizo saltar el cerrojo de las esposas.
Libre de golpe, Elena se apartó de inmediato hacia el otro extremo de la cama, frotándose furiosa la muñeca enrojecida mientras lo fulminaba con la mirada.
—En mi mundo no existen las cárceles para los criminales como yo, Elena; existen los cementerios —murmuró Dante con una frialdad glacial, enderezándose lentamente—. Las esposas no eran para tratarte como a un perro. Eran una lección. Una advertencia de que cada vez que intentes escapar, las consecuencias serán peores.
—Prefiero morir intentándolo antes que pasar un solo día más encerrada aquí contigo —espetó ella, la voz quebrada por el coraje mientras intentaba ponerse de pie sin perder la poca dignidad que le quedaba.
Dante la miró fijamente, y por primera vez en todo el encuentro, una sombra de algo indescifrable cruzó sus ojos grises, un destello oscuro y posesivo que desapareció tan rápido como llegó.
—Baja a desayunar —ordenó él con voz de mando, dándose la vuelta hacia la salida—. Hoy saldré por negocios de la familia. Los guardias abajo tienen estrictas órdenes: si pones un pie fuera de esta mansión, no te detendré yo... lo hará una bala en el hombro. Elige sabiamente tus próximas horas, preciosa.
La puerta se cerró con un seco chasquido metálico. Elena se quedó sola en la habitación, con el eco de la amenaza resonando en sus oídos y un nudo en la garganta que no sabía si era de terror... o de una furia tan intensa que amenazaba con devorarla por dentro.
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Editado: 01.08.2026