La mansión guardaba un silencio sepulcral cuando Elena bajó las escaleras a media mañana, con el estómago encogido y los pasos medidos. Tras la advertencia de Dante de que no dudarían en dispararle si intentaba huir, había decidido que lo más inteligente era tantear el terreno. Tenía que entender dónde estaba parada, quiénes eran los monstruos que tiraban de los hilos de la ciudad y, sobre todo, qué papel jugaba ella en esa partida de ajedrez mortal.
El vestíbulo principal no parecía una casa familiar; era la antesala de un imperio criminal. Las paredes estaban adornadas con cuadros oscuros de la vieja escuela italiana y vitrinas que exhibían armas antiguas y monedas con emblemas extraños: una serpiente enroscada, un cráneo coronado de espinas.
Al doblar hacia el ala oeste, el murmullo de voces graves la detuvo en seco. Se ocultó tras la pesada columna de mármol que flanqueaba la entrada al salón privado de Dante. La puerta de doble hoja estaba entreabierta.
Dentro no solo estaba el "Rey de la Ira". Había otros hombres sentados alrededor de una mesa de caoba cubierta de mapas y expedientes. Eran los rostros de las familias que gobernaban el inframundo tras la muerte del Capo Supremo.
—Dante, estás perdiendo el tiempo con una niñata mientras las otras facciones huelen la sangre en el agua —la voz que habló primero era suave, casi aterciopelada, pero destilaba una elegancia tan peligrosa como el veneno.
Elena se asomó con cautela. Sentado en el brazo de uno de los sillones, con un traje de sastre impecable y una copa de vino borgoña entre los dedos, estaba un hombre de sonrisa perfecta y ojos calculadores. Era Valerio, el príncipe de la Avaricia. El hombre que no mataba por placer, sino por números, y que compraba jueces y políticos con la misma facilidad con la que compraba un traje a medida.
—Mi casa, mis reglas, Valerio —respondió Dante desde la cabecera, con la mandíbula tensa y los brazos cruzados sobre el pecho—. El dinero de su padre aparecerá. Y el traidor que filtró la ruta de los cargamentos también. No necesito tus consejos de contable.
Valerio soltó una carcajada baja, divertida, sin inmutarse por la hostilidad en el aire.
—Solo te recuerdo que la Avaricia siempre calcula los daños colaterales. Y esa rehén tuya está empezando a atraer demasiadas miradas. Especialmente de alguien a quien le importa muy poco el dinero y mucho el orgullo.
Dante se levantó de la silla con una lentitud que heló la habitación entera. La temperatura pareció descender diez grados. Los ojos grises de Dante se clavaron en el con una furia contenida tan violenta que hizo que Valerio levantara una mano en señal de paz, disfrutando del espectáculo desde la barrera.
—Nadie toca a lo que está bajo mi techo —sentenció Dante, cada palabra pesando como una losa de plomo—. Mi autoridad en la familia de la Ira no se discute. Si alguien quiere probar mi paciencia, que intente cruzar mis puertas sin mi permiso.
Desde su escondite tras la columna, Elena sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. El miedo inicial comenzó a mezclarse con una revelación abrumadora: Dante no era solo un carcelero sádico que la retenía por dinero. Estaba en el ojo de un huracán donde sus propios aliados y familiares eran depredadores acechando en las sombras, esperando el momento exacto para devorarse unos a otros.
Y de alguna manera absurda y aterradora, el "Rey de la Ira" acababa de trazar una línea de sangre alrededor de ella frente a su propia familia.
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Editado: 01.08.2026