El portazo resonó en el pasillo como un disparo sordo. Los hombres del consejo de la Cosa Nostra se dispersaron minutos después, abandonando el estudio de Dante en un silencio tenso y calculador. Valerio fue el último en salir, ajustándose los puños de la camisa con una sonrisa indescifrable pintada en los labios, lanzando una última mirada divertida hacia la columna donde Elena permanecía oculta.
Cuando los pasos se desvanecieron en la planta baja, Elena dio un paso atrás, con el corazón martillándole el pecho. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar de una forma que la aterraba aún más que el secuestro en sí. No era una simple rehén de un criminal común; estaba atrapada en el epicentro de una guerra dinástica donde la traición flotaba en el aire como gas acumulado.
—¿Te divierte el espectáculo de los lobos, Elena?
La voz ronca y profunda rompió la penumbra del pasillo a sus espaldas. Elena dio un salto, ahogando un grito, y giró sobre sus talones.
Dante estaba de pie junto al marco de la puerta del estudio, con la chaqueta del traje colgada del hombro y la corbata ligeramente floja. Sus ojos grises la examinaban con una furgidez quirúrgica, sin una pizca de sorpresa por encontrarla allí espiando. Sabía que ella estaba desde el principio.
—No me divierte estar en medio de una jauría de monstruos —respondió ella, obligándose a mantener la barbilla en alto a pesar de que el temblor en su voz la traicionaba—. Aunque supongo que en esa familia encajas a la perfección.
Dante dio un paso lento hacia ella, reduciendo la distancia con la paciencia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde huir.
—Los monstruos no nacen, Elena. Los fabrican las circunstancias de este mundo —murmuró él, deteniéndose a menos de un palmo de distancia—. Y lo que viste hace un momento no es más que la superficie. Mis hermanos, mis aliados... todos creen que pueden controlar el tablero tras la muerte del patriarca. Pero ignoran una regla fundamental: la Ira es la fuerza que destruye todo lo que se interpone en su camino.
—Incluso a mí —susurró ella, sintiendo el calor magnético y peligroso que irradiaba el cuerpo de Dante.
Dante levantó una mano, rozando con el dorso de los nudillos la mejilla de Elena. El contacto fue tan repentinamente suave que contrastaba de forma brutal con la violencia latente de sus palabras.
—Especialmente a ti, si vuelves a dudar de lo que soy capaz de hacer para proteger lo que considero mío —sentenció él, su voz bajando de tono hasta volverse un susurro áspero y directo a su oído—. Entra a la habitación.
Sin esperar su réplica, Dante se adelantó y le abrió el paso, recordándole que, aunque el palacio era grande y los enemigos acechaban en las sombras, la jaula seguía perteneciendo por completo al Rey de la Ira.
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Editado: 01.08.2026