Una semana.
Siete días enteros encerrada en la opulencia asfixiante de la mansión Rossi. Siete días de mirar por los ventanales polarizados cómo el mundo seguía girando allá afuera, ajeno al infierno silencioso en el que Elena se encontraba atrapada. Durante ese tiempo, las reglas del juego tácito entre ella y su captor se habían vuelto una rutina extraña y tensa: Dante le permitía moverse por el ala este, usar la biblioteca, caminar por los pasillos custodiados, pero existían líneas rojas que nadie se atrevía a cruzar. Una de ellas, la más sagrada e inviolable, era el ala oeste, el santuario privado del patriarca de la Ira; una zona donde ni los sirvientes se atrevían a limpiar sin autorización expresa.
Y, sin embargo, a las doce de la noche de un viernes lluvioso, Elena había cruzado esa línea.
La curiosidad —o tal vez la desesperación por encontrar un documento, una pista, un teléfono satelital, cualquier cosa que le devolviera el control de su vida— la había empujado a salir de su habitación. Había recorrido los pasillos oscuros alfombrados con terciopelo burdeos, guiada únicamente por el parpadeo de una luz tenue que se filtraba bajo la puerta doble del despacho privado de Dante.
El despacho no era solo una oficina; era el centro de operaciones del imperio. Expedientes sobre contrabando, listas de cuentas offshore, mapas con rutas marcadas en rojo y el pesado olor a tabaco caro y pólvora impregnaban el ambiente. Elena había estado revolviendo los cajones de la enorme mesa de caoba, con los dedos temblando y el corazón golpeándole las costillas como un martillo hidráulico.
Pero encontró algo peor: una fotografía antigua de los cinco líderes de las familias criminales tachados con una equis roja de tinta carmesí. Y, junto a ella, una libreta con anotaciones que mencionaban un nombre en clave: Nero.
El sonido de unos pasos pesados y decididos resonando en el pasillo exterior hizo que el alma se le cayera a los pies.
Elena contuvo el aliento, dejó caer la libreta de golpe sobre el escritorio y corrió hacia la salida con la adrenalina disparada a niveles letales. Apenas cruzó el umbral y empujó la puerta doble para cerrarla a sus espaldas, una figura imponente emergió de las sombras del corredor.
Dante se detuvo en seco.
La medianoche parecía condensarse alrededor de él. Llevaba la chaqueta del traje abierta, la camisa negra con las mangas remangadas hasta los codos dejando a la vista los oscuros tatuajes que trepaban por sus antebrazos, y la corbata completamente desatada colgando al cuello. Venía de una de sus reuniones clandestinas con los jefes de las otras familias, y su semblante era el de una tempestad contenida a punto de estallar.
Al ver a Elena salir de su espacio más privado, prohibido y sagrado, el aire de la mansión pareció volverse de plomo.
Los ojos grises de Dante se oscurecieron de inmediato, adquiriendo el brillo metálico y mortífero de una navaja recién afilada. No dijo una sola palabra. Su mandíbula se contrajo con tanta fuerza que los músculos de sus mejillas se marcaron rígidamente.
Elena dio un paso atrás, con la espalda chocando de inmediato contra la fría madera de la puerta que acababa de cerrar. Abrió la boca para inventar una excusa, para balbucear cualquier mentira piadosa sobre haberse perdido en la inmensidad de la mansión, pero las palabras murieron en su garganta al ver la velocidad aterradora con la que él se movió.
En una sola fracción de segundo, Dante cruzó el pasillo.
No hubo advertencia. No hubo negociaciones. Su cuerpo chocó contra el de ella con una fuerza brutal pero perfectamente medida, atrapándola entre su pecho duro como el hierro y la superficie de la puerta. El impacto le robó el último rastro de aire a los pulmones de Elena, obligándola a jadear.
Antes de que pudiera reaccionar, la mano derecha de Dante —grande, áspera y con una callosidad de arma de fuego— se cerró con firmeza implacable alrededor de su garganta.
No era un estrangulamiento homicida; era un agarre de dominación absoluta, posesivo y carnal, que obligó a Elena a levantar el rostro de golpe. Sus dedos largos rodearon su cuello con la precisión milimétrica de quien sabe exactamente cuánta presión ejercer para doblegar sin destruir.
—¿Qué diablos hacías dentro de mi despacho, Elena? —la voz de Dante brotó directamente desde el fondo de su pecho, un susurro ronco, áspero y temible que vibraba a milímetros de los labios de ella.
—Yo... yo me perdí... —mintió ella, con la voz ahogada por la presión en su cuello, sintiendo el pulso acelerado de Dante contra su palma.
—Una mentira patética, viniendo de alguien tan inteligente —espetó él, inclinándose aún más, reduciendo la distancia hasta que sus respiraciones se fundieron en una sola—. Te advertí que hay lugares a los que no puedes entrar. Te advertí que mi paciencia tiene límites. Y, sin embargo, te atreves a meter las narices donde nadie más se atrevería ni a mirar en sueños. ¿Crees que eres intocable, preciosa? ¿Crees que porque me he demorado en romperte las alas tienes derecho a desafiarme en mi propia casa?
—No te tengo miedo... —susurró Elena, aunque la mentira temblaba patéticamente en sus labios, traicionada por el temblor de su cuerpo y el calor febril que comenzó a irradiar entre ambos.
—Mientes —la interrumpió Dante, y su mirada descendió fugazmente hacia los labios levemente abiertos de ella antes de volver a clavarse en sus ojos con una ferocidad ardiente—. Estás temblando. Pero no es por miedo. Es porque sabes exactamente lo que estás provocando al jugar con fuego en la oscuridad.
La tensión entre ellos dejó de ser fría hostilidad para transformarse en una corriente eléctrica, densa y pesada, cargada de una química tan violenta que quemaba la piel. Durante una semana, Dante se había mantenido a distancia, vigilándola como un carcelero distante. Pero ahora, con el cuerpo de Elena pegado al suyo, aprisionado contra la puerta, la fachada de control absoluto comenzó a agrietarse.
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Editado: 01.08.2026