El Rey de la Ira

Capítulo 9: El fuego y el acero

El pasillo oscuro y silencioso dejó de existir en el instante en que Dante rompió el último atisbo de distancia. Sus labios, duros, exigentes y sedientos de posesión, no buscaban un acuerdo, sino una rendición absoluta. Elena sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies; la fuerza de sus brazos al sostenerla en el aire, con las piernas de ella enredadas firmemente alrededor de su cadera, era una demostración física de que ya no había escapatoria.

El peso de su cuerpo contra el de ella era abrumador, un muro impenetrable de músculos tensos y calor febril.

Dante interrumpió el beso con un gruñido ronco, la respiración pesada y entrecortada golpeando directamente en su boca. Sin apartar las manos de su cintura —apretando la carne a través de la tela con tanta fuerza que dejaría marcas—, dio media vuelta y comenzó a caminar con paso firme y decidido hacia su propio santuario. Hacia su habitación.

La puerta de su dormitorio se abatió hacia adentro con un golpe seco cuando él la empujó con el hombro. La oscuridad de la estancia solo era rota por la luz de la luna que se filtraba a través de los ventanales polarizados, dibujando sombras alargadas sobre las sábanas negras de la enorme cama tamaño king.

No hubo suavidad. No hubo pausas ceremoniales. Dante la arrojó sobre el colchón con una precisión brutal pero controlada. El cuerpo de Elena rebotó levemente contra la seda, y antes de que pudiera siquiera incorporarse o buscar una vía de escape, él ya se había cernido sobre ella, bloqueando cualquier intento de huida con el peso de su cuerpo.

—¿Querías respuestas, Elena? ¿Querías hurgar en mis secretos? —su voz era un susurro áspero, destilando una autoridad tan fría como el acero, mientras sus manos se posaban a ambos lados de su cabeza, aprisionándola contra las sábanas—. Aquí tienes mi único secreto: desde el primer momento en que te vi temblar en esa maldita cocina, no he querido otra cosa que destruirte y poseerte al mismo tiempo.

—Dante... —el nombre se deslizó de los labios de ella como un suspiro ahogado, una mezcla de protesta y un deseo abrasador que le quemaba la garganta.

—Mírame —ordenó él con una ferocidad inquebrantable, obligándola a mantener los ojos fijos en los suyos, donde el gris habitual se había vuelto negro por la intensidad del fuego interno—. En este mundo tú no eres la rehén de una deuda. Eres mía. Y vas a aprender lo que cuesta desafiar al Rey de la Ira.

Con movimientos rápidos, deliberados y despiadados, Dante comenzó a deshacerse de los obstáculos. Sus manos expertas rasgaron la blusa de Elena con un tirón seco, haciendo saltar los botones que tintinearon al caer contra el suelo de madera. El aire fresco de la noche acarició la piel caliente de su pecho descubierto, provocando que los pezones se endurecieran al instante bajo la brisa y la mirada hambrienta de él.

Dante emitió un sonido gutural de aprobación al verlos tensarse. Bajó la cabeza con voracidad, atrapando uno de los senos en su boca ardiente, succionando con fuerza mientras sus dientes rozaban la carne sensible. Elena exhaló un gemido agudo, arqueando la espalda de manera instintiva, con los dedos enterrados en el cabello oscuro de Dante, empujándolo más contra su pecho mientras el placer se convertía en una descarga eléctrica que le recorría todo el cuerpo.

—Por favor... —suplicó ella sin saber muy bien si pedía que se detuviera o que acelerara el paso.

—Las súplicas no sirven de nada conmigo, preciosa —murmuró él contra su piel, su respiración quemándole la clavícula antes de volver a capturar sus labios en un beso salvaje que le robó el último rastro de pensamiento racional.

Dante se despojó de la camisa con un movimiento brusco, dejándola caer al suelo junto con los tirantes rotos. Su torso esculpido, surcado por la sombra de los tatuajes oscuros y la tensión de cada músculo, se cernió sobre ella como una tormenta a punto de desatarse. Con una mano firme, inmovilizó las muñecas de Elena por encima de su cabeza, sujetándolas con un solo puño contra las sábanas de seda con la fuerza de un tornillo de banco.

Con la mano que le quedaba libre, Dante agarró la hebilla metálica de su propio cinturón. El sonido del metal deslizándose y abriéndose resonó en la habitación silenciosa como una sentencia. Desabrochó los pantalones y la cremallera con total frialdad, liberando su miembro erecto, grueso y palpitante, un recordatorio físico y abrumador del poder y el tamaño de su deseo.

Elena tragó saliva con dificultad, con los ojos fijos en la erección imponente que se alzaba ante ella. Dante acarició su propia masculinidad con una lentitud deliberada antes de deslizar los dedos hacia el centro del cuerpo de ella, encontrando la zona baja ya completamente húmeda, empapada por la anticipación y el calor del momento. Al introducir un dedo en su vagina, explorando su estrechez con firmeza, Elena soltó un grito ahogado contra su boca, convulsionándose ante el tacto experto y rudo.

—Estás ardiendo por mí, Elena —susurró Dante contra sus labios, con una sonrisa fría y triunfante en el rostro—. Mojada y lista para recibirme.

Con una mano firme, el pulgar y los dedos de Dante ascendieron por su costado, subiendo por su garganta hasta cerrar los dedos con firmeza alrededor de su cuello.

El agarre fue preciso, dominante y absolutamente posesivo. No la ahogaba, pero le recordaba con cada latido de su pulso bajo su palma quién mandaba, quién tenía el control absoluto y quién poseía el timón de ese naufragio.

—D-Dante... —jadearon sus labios, con los ojos muy abiertos, fijos en la mirada animal y calculadora de él.

—Dime a quién perteneces, Elena —exigió él entre dientes, su voz un rugido bajo que vibraba directamente en el pecho de ambos, mientras su pulgar acariciaba con rudeza la comisura de sus labios—. Dímelo o te juro que haré que esta noche sea la más larga de su vida.

—A ti... —gimió ella, el orgullo desmoronándose por completo ante la ola febril de deseo que la consumía, entregándose al dominio absoluto del monstruo.




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