La luz del sol de la mañana se colaba a través de los ventanales de la mansión Rossi, pero dentro de los muros de piedra no había calidez, solo la densidad ominosa de un invierno perpetuo.
Elena bajó las escaleras con el cuerpo adolorido. Cada paso que daba le recordaba de manera implacable lo ocurrido la medianoche anterior: el peso del cuerpo de Dante sobre ella, el roce áspero de su piel, la fuerza de su mano oprimiendo su garganta y la manera en que su masculinidad la había llenado hasta despojarla de cualquier atisbo de orgullo. Se había repetido a sí misma que las cosas cambiarían, que tras una entrega de esa magnitud algo en la dinámica del carcelero y la rehén se suavizaría, que la trataría con un ápice de consideración o tregua.
Ilusa.
En el mundo del "Rey de la Ira", la noche anterior no había sido el nacimiento de un afecto, sino la confirmación de una posesión. Y las posesiones no reciben clemencia; solo órdenes más estrictas.
Al llegar a la cocina buscando un vaso de agua fresca para calmar el ardor en su garganta, Elena abrió la llave del grifo de acero inoxidable y llenó un vaso de cristal. Bebió con avidez, con el cabello castaño suelto cayendo desordenadamente sobre los hombros de su bata de seda. Estaba concentrada en recuperar el aliento cuando una presencia pesada, helada y repentina llenó el espacio a sus espaldas.
No escuchó sus pasos. Dante siempre se movía como un depredador desprovisto de fricción.
—Buenos días, preciosa —la voz de Dante brotó baja, ronca, con ese deje de burla glacial que le recorrió la espina dorsal.
Antes de que Elena pudiera girarse o exclamar una sola palabra, una mano grande, pesada y de dedos firmes impactó con una nalgada seca, resonante y perfectamente medida contra su cadera, haciendo que el agua del vaso se derramara parcialmente sobre el borde de la encimera.
—¡Ay! —exclamó ella, dando un salto y girándose de golpe con el rostro encendido de furia y vergüenza, sosteniendo el vaso como si fuera un escudo—. ¿Qué te pasa? ¡Estás loco!
Dante estaba de pie apoyado contra el marco de la puerta. Llevaba una camisa negra de cuello alto que estilizaba su imponente figura, y sus ojos grises la recorrían de arriba a abajo con una lentitud exasperante, evaluando los estragos de la noche anterior en su piel con una satisfacción fría y arrogante.
—Me pasa que te ves demasiado insolente para haber estado rogando bajo mi cuerpo hace apenas unas horas —respondió Dante, ladeando levemente la cabeza, esbozando una sonrisa de medio lado que no reflejaba la más mínima calidez, solo pura posesión—. Disfruta del agua, Elena. Porque a partir de hoy, las reglas cambian. Ya no eres solo la hija de un ladrón que espera el rescate. Eres mi propiedad oficial dentro de estas paredes.
—No soy propiedad de nadie, maldito enfermo —espetó ella, temblando de rabia, con los ojos brillando de furia contenida—. ¡Lo de anoche fue un error, un maldito momento de debilidad que no volverá a repetirse!
Dante soltó una carcajada seca, un sonido oscuro que retumbó en las paredes de la cocina. Dio dos pasos hacia adelante, reduciendo la distancia hasta acorralarla contra la isla de mármol, obligándola a arquearse hacia atrás para evitar el contacto directo con su pecho. Su mano se alzó, y con la yema de los dedos ásperos rozó con insolencia su labio inferior, apretando ligeramente.
—¿Un error? —murmuró él, su rostro a centímetros del de ella, destilando una autoridad tan aplastante que cortaba el aire—. Pregúntale a tu cuerpo si fue un error cuando te abriste para mí en mi cama, Elena. Te aseguro que tus piernas recuerdan exactamente a quién perteneces, aunque tu cabecita terca intente negarlo.
Antes de que ella pudiera replicar con un insulto o un golpe, el sonido estridente y monótono de un teléfono satelital rompió la tensión del ambiente.
Dante no apartó la mirada de los ojos de Elena ni un solo segundo mientras, con una lentitud deliberada, sacaba el aparato de bolsillo oscuro de su pantalón. Oprimió el botón de altavoz sin quitarle los ojos de encima, sabiendo perfectamente que la cercanía permitía escuchar cada palabra al otro lado de la línea.
—Patriarca —la voz de uno de sus subordinados más confiables sonó tensa, casi temblorosa, desde el altavoz—. Tenemos un problema en el muelle norte. Dos de los operarios de la línea de carga intentaron contrabandear contenedores de tabaco a espaldas de la familia de la Ira. Los atrapamos tratando de sacar la mercancía en camiones sin registrar.
El rostro de Dante no cambió un solo músculo. Su expresión se volvió de una piedra tan absoluta que parecía tallada en mármol negro. La temperatura de la cocina pareció descender de golpe.
—¿Los dos estúpidos que firmaron el contrato el mes pasado? —preguntó Dante, con una voz tan plana y helada que asustaba más que un grito.
—Sí, señor. Intentaron sobornar a los guardias de la garita, pero los detuvimos a tiempo. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los despachamos aquí mismo o los mandamos al tribunal de las familias?
Dante hizo una pausa deliberada. Su mirada gris se clavó en Elena, observando cómo la joven contenía la respiración, horrorizada ante la naturalidad con la que hablaban de la muerte de dos personas. Una sonrisa perversa y sombría cruzó los labios de Dante.
—No ensucien el muelle con basura barata —ordenó Dante con absoluta calma, girando el teléfono entre sus dedos—. Tráiganlos al almacén del muelle cuatro. Al de los tiburones. Diles que preparen el tanque grande y que limpien los ganchos. Voy para allá en veinte minutos. No dejen que se mueran de frío antes de que yo llegue; quiero que estén bien despiertos para la lección.
—Entendido, Patriarca. Voy para allá.
La línea se cortó con un zumbido sordo.
Dante guardó el aparato en su bolsillo, volviendo a centrar su atención absoluta en Elena, quien se había quedado pálida, con los nudillos blancos aferrados al borde de la encimera.
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Editado: 01.08.2026