El olor a salitre, cloro y sangre diluida aún parecía adherido a la piel de Dante cuando cruzó las pesadas puertas de caoba de la mansión. No había rastro del horror del muelle en su postura; caminaba con la rigidez de un general que acababa de aplastar una revuelta menor con la fría eficiencia de una máquina bien engrasada. Se despojó de la chaqueta del traje en el recibidor, arrojándola sin cuidado sobre el respaldo de un sillón de terciopelo, y se frotó la nuca con una mano enguantada de tensión.
Arriba, en la suite del segundo piso, Elena permanecía sentada en el borde de la cama, con los brazos rodeando sus propias rodillas y la mirada perdida en el ventanal polarizado.
Las horas desde su partida habían sido un ejercicio de asfixia mental. No había podido dejar de pensar en las palabras de Dante, en el tono casual con el que había ordenado la ejecución de aquellos hombres, en la certeza absoluta de que el monstruo con el que compartía lecho y pasillos no vacilaría ni un segundo en aplicar la misma medicina si ella cruzaba la línea definitiva. Sin embargo, lo que más le aterraba no era el peligro externo, sino el vacío que sentía en el pecho al notar que, a pesar del miedo visceral, una parte enferma de su mente empezaba a justificarlo.
La puerta de la suite se abrió con un chasquido seco.
Dante apareció en el umbral. Llevaba la camisa negra arrugada en las mangas, el primer botón desabrochado y la mandíbula tan tensa que los músculos de su rostro parecían esculpidos en piedra. Al verla allí sentada, esperando como una prisionera obediente, sus ojos grises se detuvieron en ella con una intensidad opresiva.
—Veo que seguiste mi consejo —dijo Dante, su voz ronca rompiendo el silencio sepulcral de la habitación con la fuerza de un latigazo—. Te dije que el patio trasero iba a estar ruidoso. Me alegra ver que tienes el instinto de autoconservación intacto.
Elena se puso de pie lentamente, con el cuerpo aún sensible y dolorido, fulminándolo con una mirada donde el terror competía de igual a igual con una rabia sorda.
—Eres un sádico —espetó ella, dando un paso al frente, sin importarle la proximidad del peligro—. Los mataste... ¿Qué clase de enfermo hace algo así y luego regresa a casa como si nada?
Dante no se inmutó. No gritó, no dio un golpe contra la pared; simplemente avanzó con paso lento, felino y aplastante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aroma a tabaco frío y mar llegó hasta ella, un recordatorio nauseabundo de lo que había ocurrido hacía apenas una hora.
—En mi mundo, Elena, la traición no se negocia ni se discute en los tribunales; se elimina de raíz —murmuró él, con una calma glacial que helaba la sangre—. Esos hombres sabían las reglas del juego. Apostaron contra la familia de la Ira, y la casa siempre gana. Si esperabas encontrar a un filántropo o a un alma caritativa detrás de estas puertas, te equivocaste de dirección desde el momento en que tu padre decidió robarme.
—¡Mi padre robó el dinero, no yo! —gritó ella, estallando de frustración, golpeando con ambas manos el pecho firme de Dante—. ¡Deja de cobrarle sus culpas a alguien que no tiene nada que ver! ¡Mándame a matar a mí también si tanto te estorbo!
Las manos de Dante se cerraron de inmediato alrededor de las muñecas de Elena, inmovilizándola con una fuerza de acero que no le causaba daño físico pero le negaba cualquier intento de escape. La bajó con brusquedad hacia su cuerpo, obligándola a sentir el calor pétreo de su torso.
—No vuelvas a pronunciar esa palabra —ordenó él con voz de trueno, un susurro tan letal y oscuro que hizo que el corazón de Elena diera un vuelco espantoso—. No voy a matarte. Ya te lo dije, y odio repetirme: eres mía. Y en el momento en que tu padre aparezca —si es que le queda un ápice de decencia antes de que lo encuentre primero—, saldarás la cuenta con tu presencia. Hasta entonces, vas a aprender a vivir bajo mis condiciones.
—Prefiero morir antes que seguir siendo tu rehén... —susurró ella, con los ojos ardiendo de lágrimas contenidas que se negaba a derramar frente a él.
Una sombra extraña, un destello indescifrable y peligroso, cruzó la mirada gris de Dante. Durante una fracción de segundo, la máscara de hielo pareció resquebrajarse, revelando un abismo de obsesión tan profundo que asustaba más que su propia violencia.
—La muerte es demasiado fácil para ti, Elena —respondió él en voz baja, rozando con el pulgar la línea temblorosa de su labio inferior con una rudeza posesiva—. Ayer demostraste de qué estás hecha cuando te abriste para mí en esta misma cama. No finjas ahora que eres una damisela indefensa atrapada en el castillo del ogro. Disfrutas del borde del abismo tanto como yo.
Antes de que Elena pudiera replicar a semejante acusación, un sutil sonido metálico y un destello lejano llamaron su atención a través del ventanal polarizado que daba al jardín lateral de la mansión.
No era el viento. Ni el movimiento de los guardias del perímetro.
Era el reflejo de una lente. O el brillo metálico de un cañón apuntando directamente hacia el balcón de la suite.
El instintos de supervivencia de Dante se activaron con la velocidad de un rayo. Sin soltarla, en un movimiento sincronizado y brutal, la tiró al suelo, protegiendo su cuerpo con el suyo propio justo en el instante en que un estruendo ensordecedor rompió los cristales del ventanal.
¡Bang!
El impacto de una bala de alto calibre atravesó el vidrio polarizado, astillando la madera del cabecero de la cama y llenando la habitación de esquirlas de cristal y polvo.
—¡Al suelo! ¡Maldita sea! —rugió Dante, cubriendo la cabeza de Elena con su propio cuerpo mientras rodaba hacia la zona ciega de la pared, fuera del ángulo de tiro del francotirador exterior.
El corazón de Elena latía a mil por hora contra las costillas de Dante. El terror helado volvió a congelarle las venas, pero esta vez no provenía del hombre que la aprisionaba, sino del mundo exterior. Alguien los había encontrado. Alguien acababa de disparar contra la guarida del Rey de la Ira.
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Editado: 01.08.2026