El Rey de la Ira

Capítulo 12: Plomo y cenizas

El eco del disparo aún vibraba en las paredes de la suite cuando el pasillo exterior se convirtió en un campo de batalla táctico. Las botas de los guardias privados de la familia Rossi resonaban con una sincronización brutal, pisando fuerte sobre las alfombras de terciopelo, acompañadas por el chasquido metálico de los seguros de los fusiles de asalto al ser liberados.

—¡Intrusos en el sector oeste, perímetro exterior! ¡Tienen un francotirador en la colina arbolada! —gritó por la radio de comunicación uno de los jefes de seguridad, con la voz alterada por la adrenalina.

Dante no se movió de inmediato. Seguía cubriendo el cuerpo de Elena contra el suelo de madera, con el torso presionado firmemente sobre el de ella y la pistola Glock de polímero negro empuñada con una precisión quirúrgica en su mano derecha. Su respiración era profunda, controlada, ajena por completo al temblor del miedo. Para el "Rey de la Ira", el peligro no era una sorpresa aterradora; era un recordatorio constante de su trono.

—Mírame, Elena —ordenó él en un susurro grave, pegado a su oído, con los ojos grises fijos en los de ella, destilando una ferocidad magnética—. Quédate aquí. No te muevas ni un centímetro de este rincón ciego.

—Dante, no... van a matarte... —balbuceó ella, con las manos aferradas a las solapas de su camisa arrugada, sintiendo el calor del peligro impregnando el aire.

—Nadie me mata en mi propia casa —sentenció él con una frialdad absoluta.

Con un movimiento fluido, Dante se puso de pie, agachado para evitar la línea de visión del ventanal destrozado por la bala, y se deslizó hacia la puerta de la suite con la sigilosidad de un depredador al acecho.

Afuera, el infierno se desató.

Un segundo proyectil de alto calibre atravesó el marco de la puerta, haciendo saltar astillas de madera y plomo que se incrustaron en la pared contraria. Los hombres de Dante respondieron al fuego desde el pasillo. Las detonaciones ensordecedoras de las armas automáticas sacudieron los cimientos de la mansión, un estruendo seco y violento que ahogaba cualquier intento de pensamiento racional.

Elena se encogió en el rincón, tapándose los oídos con las manos, con el corazón golpeándole las costillas de forma desbocada. El humo de la pólvora comenzó a filtrarse por debajo de la puerta, trayendo consigo ese característico olor a quemado y muerte que ya conocía demasiado bien.

En el pasillo, la voz de Dante tronó por encima de las armas:

—¡Corten el suministro eléctrico del ala este y cieguen las cámaras del jardín! ¡Quiero a ese hijo de puta vivo o muerto, pero lo quiero dentro de mis muros antes de que termine la hora!

Se escuchó una ráfaga de disparos cruzados, gritos ahogados y el sonido sordo de un cuerpo cayendo pesadamente sobre el piso de mármol del recibidor inferior. La guerra entre las familias mafiosas había dejado de ser una amenaza silenciosa en los despachos; acababa de traspasar la puerta principal.

Dante irrumpió de nuevo en la habitación por una fracción de segundo, con el rostro endurecido por la furia de la batalla. Su mirada buscó instintivamente a Elena en el rincón. Al ver que estaba ilesa, un destello de alivio fugaz cruzó sus facciones antes de volver a endurecerse como el acero.

—La infiltración no viene sola —le soltó Dante con voz áspera, recargando el cartucho de su pistola con un chasquido metálico impecable—. Esto es una distracción coordinada. Alguien abrió la puerta trasera del perímetro.

—¿Quién? —preguntó Elena con la voz rota por el pánico.

—Los hombres de la Envidia o los leales al viejo consejo... da igual. Van a pagar caro el atrevimiento de pisar mi terreno.

Sin darle tiempo a responder, Dante giró sobre sus talones y se lanzó al pasillo para unirse al fuego cruzado, dejando la puerta entreabierta mientras los gritos de sus hombres y el estruendo de los disparos llenaban la planta baja.

Impulsada por una mezcla letal de adrenalina y el terror de quedarse sola en la línea de fuego, Elena se incorporó tambaleándose. Miró hacia los ventanales rotos. A través del cristal destrozado, la silueta oscura de los árboles del jardín se recortaba bajo la luz de la luna. Vio un destello metálico junto a la fuente central: un hombre vestido con táctico negro intentaba escalar la verja lateral portando un fusil con mira telescópica.

No lo pensó. Su instinto de supervivencia superó al miedo.

Dio un paso hacia el suelo cubierto de cristales rotos, buscando la segunda pistola que uno de los escoltas de Dante había dejado caer cerca de la cómoda durante el tiroteo inicial. Sus dedos temblorosos se cerraron alrededor del arma fría y pesada.

Al asomarse con cautela por el borde del ventanal roto, el francotirador del jardín giró la cabeza hacia su posición, levantando el cañón de su rifle.

—¡Mierda! —exclamó Elena.

Antes de que el intruso pudiera disparar, la puerta de la suite estalló hacia adentro. Dos hombres armados con pasamontañas negros y chalecos antibalas habían logrado colarse por el ala de servicio, apuntando directamente hacia el interior de la habitación. El primero de ellos fijó sus ojos en Elena, soltando una sonrisa torcida tras la tela.

—Vaya, la pequeña garantía del traidor... el jefe va a pagar una fortuna por tu cabeza —gruñó el mercenario, levantando el fusil de asalto.

El tiempo pareció detenerse. Elena levantó la pistola con ambas manos, los brazos temblando violentamente por el peso y la tensión, y apretó el gatillo sin saber realmente cómo funcionaba aquel mecanismo.

¡Bang!

El retroceso del arma le sacudió los hombros con una fuerza brutal, haciéndola dar un paso atrás. La bala impactó directamente en el hombro del mercenario, quien emitió un grito de dolor y cayó de rodillas, soltando el arma al suelo.

El segundo intruso reaccionó con furia, levantando su arma para ajusticiar a Elena.

Pero antes de que pudiera presionar el gatillo, una sombra imponente se abalanzó desde el pasillo como un rayo de oscuridad pura.




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