El Rey de la Ira

Capítulo 13: Refugio de seda y veneno

La mansión Rossi ya no era un santuario; se había convertido en una zona de impacto. El olor a pólvora quemada, los cristales rotos de los ventanales y la sangre de los mercenarios tirados en el pasillo principal dejaban una verdad indiscutible que Dante admitió apretando los dientes con furia ciega: quedarse allí significaba firmar su propia sentencia de muerte. El perímetro había sido vulnerado. El enemigo conocía los puntos ciegos.

—Recoge lo necesario. Nos vamos en diez minutos —ordenó Dante con voz gélida, arrojando una bolsa de lona oscura sobre la cama mientras terminaba de limpiar su arma en silencio.

Elena, aún con el eco de los disparos retumbándole en los oídos, no protestó. Sabía que el "Rey de la Ira" no huía por cobardía, sino por estrategia. La guerra fría entre las cinco familias de la Cosa Nostra acababa de estallar en mil pedazos.

Tres horas más tarde, el auto blindado de Dante se deslizaba por las calles desiertas de la ciudad hasta detenerse frente a una propiedad que desafiaba cualquier concepto de clandestinidad: una mansión de estilo modernista, rodeada de altos muros de piedra negra y custodiada por hombres con trajes impecables y miradas letales.

Era el territorio de La Lujuria.

Las pesadas puertas se abrieron de par en par. En el vestíbulo iluminado con luces tenues y cálidas los esperaba Valeria, la reina indiscutible de esa dinastía. Con veintisiete años recién cumplidos, un vestido de seda escarlata que se ceñía a su silueta con insultante elegancia y una copa de champaña en la mano, Valeria no parecía la jefa de una organización criminal sanguinaria; parecía una diosa dispuesta a devorar el mundo. Todos creían que había conseguido el poder acostándose con hombres, pero la realidad era mucho más oscura: los había asesinado a todos uno por uno, dejando que sus prejuicios fueran su tumba.

—Vaya, vaya... el intocable Rey de la Ira pidiendo asilo en mi puerta. ¿A qué debemos el honor, Dante? ¿Se te inundó el sótano con sangre o es que ya no sabes cuidar de tus mascotas? —dijo Valeria con una sonrisa felina, deslizando su mirada hacia Elena, quien bajaba del auto con el rostro pálido y la tensión a flor de piel.

—Guarda tus bromas para los funerales ajenos, Valeria —espetó Dante con la mandíbula contraída, empujando suavemente a Elena hacia adelante para mantenerla protegida a su espalda—. Atacaron mi mansión.

El rostro de Valeria perdió la sonrisa burlona de inmediato. Comprendió la gravedad de la situación.

—Pasen. Mis hombres se encargarán del perímetro —indicó ella, haciéndoles señas para que entraran a un salón privado decorado con terciopelo rojo y maderas oscuras—. Tienen refugio aquí. Pero más vale que me digas quién fue el imbécil que se atrevió a encender esta mecha en plena tregua.

Dante se dejó caer en un sillón de cuero, con los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La furia contenida en su interior amenazaba con hacer estallar la habitación entera.

—Fue la familia de la Envidia —espetó Dante, con un tono de veneno puro—. Ningún otro idiota tiene la obsesión patética de intentar volar mi cabeza con un francotirador a distancia. Son ellos. Voy a ir a sus muelles y los voy a arrancar a todos del mapa.

Valeria levantó una mano con elegancia, tomando un sorbo de su copa antes de mirarlo con fijeza.

—No hables sin pruebas, Dante. La ira te está nublando el cerebro, y en este juego un paso en falso es lo único que necesitan los demás para despedazarte —reprendió ella con autoridad, sin inmutarse ante la mirada asesina de su aliado—. Si fue la Envidia, necesitamos pruebas irrefutables. Y si no fueron ellos, significa que hay un tercer jugador operando en las sombras, riéndose de ustedes mientras se matan entre sí.

—No necesito pruebas para saber quién huele a carroña —rugió Dante, levantándose de golpe, con los ojos grises brillando con una hostilidad salvaje.

—Pues vas a tener que conseguirlas, porque no voy a permitir que conviertas mi territorio en un matadero por un arrebato de soberbia —lo cortó Valeria, sacando su teléfono satelital con total tranquilidad—. Vamos a salir de dudas ahora mismo.

Sin esperar su aprobación, Valeria marcó un número directo. Puso el altavoz y dejó el aparato sobre la mesa de centro de caoba.

El tono de llamada sonó tres veces antes de que una voz grave, fría y cargada de burla respondiera al otro lado:

—¿A qué se debe el gran honor de tu llamada, Valeria? Estaba ocupado intentando adivinar si los fuegos artificiales de esta noche en la mansión Rossi venían con música o solo con cenizas.

El rostro de Dante se desfiguró por completo. La rabia pura le recorrió las venas. Antes de que Valeria pudiera mediar palabra, Dante se abalanzó sobre la mesa, arrebató el teléfono y rugió hacia el altavoz:

—¡Ven a decírselo a mi cara, maldito cobarde! ¡Sé que fuiste tú!

Al otro lado de la línea, la voz de Cain, el jefe de la Envidia, se endureció de inmediato.

—¿Dante? Vaya, veo que sobreviviste a tu propia tumba. Si hubiera sido yo quien mandó al francotirador, te aseguro que no estarías al teléfono ladrando como un perro rabioso. Estarías frío en una zanja. No fui yo. Por mucho que desee ver tu imperio reducido a polvo, no soy tan patético como para atacar a escondidas.

—¡Mientes! ¡Te voy a arrancar la cabeza con mis propias manos! —bramó Dante, perdiendo el poco control que le quedaba, dispuesto a destrozar el aparato contra la pared.

—¡Basta los dos! ¡Se acabó el circo de machos alfa por hoy! —intervino Valeria con voz de trueno, arrebatándole el teléfono de las manos a Dante con una velocidad pasmosa y cortando la llamada de un solo golpe.

Dante respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta, los músculos de los brazos tensos al límite.

Elena, que había permanecido en silencio junto al marco de la puerta, dio un paso al frente. Sin pensarlo demasiado, superando el terror que le inspiraba el monstruo en el que se había convertido, se acercó a él y posó una mano temblorosa sobre su antebrazo marcado por los tatuajes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.