Las horas posteriores a la llegada a la mansión de Valeria transcurrieron bajo una atmósfera de plomo. La habitación del ala oeste que les había sido asignada estaba decorada con la misma opulencia oscura que el resto de la propiedad: cortinajes de terciopelo burdeos, muebles de caoba tallada y una cama king size que parecía burlarse de la tensión acumulada en el ambiente.
Dos horas después de haber cruzado el umbral, el sonido sordo de motores pesados deteniéndose en el exterior rompió el silencio.
Dante, que se encontraba de pie junto al ventanal mirando hacia los jardines vigilados por los hombres de Valeria, se giró con brusquedad. Se ajustó los puños de la camisa negra y se pasó una mano por el cabello corto, con el rostro convertido en una máscara de fría hostilidad.
—Ya llegaron —murmuró, más para sí mismo que para Elena.
Dio un paso hacia la puerta, pero antes de girar el picaporte, se detuvo y miró por encima del hombro a Elena, quien lo observaba desde el borde de la cama con el corazón en la garganta.
—Quédate aquí, Elena. Bajo ninguna circunstancia abras la puerta ni bajes al salón principal —ordenó Dante, su voz baja y tajante, con ese tono de dominio absoluto que no admitía réplica—. Esta noche los lobos van a verse las caras en la misma mesa. Y no quiero que estés expuesta cuando empiece el baño de sangre si las cosas se salen de control.
—¿Y si intentan atacarte aquí también? —preguntó ella, traicionada por un atisbo de preocupación que intentó ocultar sin éxito.
Una sombra fugaz cruzó la mirada gris de Dante. Por un segundo, la dureza de su rostro pareció suavizarse antes de volver a endurecerse como el acero.
—Nadie entra a esta mansión sin que Valeria y yo lo sepamos. Estás segura aquí —sentenció él antes de abrir la puerta y desaparecer por el pasillo oscuro.
Abajo, en la amplia sala de juntas revestida de paneles de madera noble y presidida por una imponente mesa rectangular, el aire era tan denso que costaba respirar.
Valeria ya estaba sentada en la cabecera opuesta, con su copa de champaña y una expresión de absoluta neutralidad felina. A los lados de la mesa, ocupando sus respectivos lugares asignados por el peso de sus imperios criminales, se encontraban los jefes de las otras dinastías de la Cosa Nostra.
Cain, el líder de la Envidia, con la mandíbula tensa y una cicatriz pálida contrastando con su piel oscura, cruzó los brazos sobre su pecho con desprecio al ver entrar a Dante. Junto a él estaba Valerio, el príncipe de la Avaricia, el mejor amigo y aliado más cercano de Dante, quien giraba un anillo de oro entre sus dedos con una calma calculadora, evaluando la situación como si se tratara de un balance financiero. Y finalmente, ocupando el último asiento, se encontraba el patriarca de la Soberbia, un hombre mayor de mirada altiva y silenciosa que rara vez ensuciaba sus manos, pero cuyo poder económico financiaba la mitad de los puertos de la costa.
Dante caminó con paso firme y se dejó caer en el asiento libre frente a Cain. Ninguno de los dos saludó al otro. La hostilidad entre ellos era una carga eléctrica lista para saltar en cualquier momento.
—Vaya, qué conmovedor —rompió el hielo Valerio, esbozando una sonrisa cínica mientras tomaba un sorbo de su vaso de whisky—. Reunidos todos los reyes en el patio de recreo de Valeria. Faltaba el circo completo.
—Menos bromas, Valerio, que a uno de nosotros le acaban de volar el ventanal de la recámara a balazos —espetó Valeria con voz gélida, apoyando los codos sobre la mesa y mirando a los rostros presentes—. La razón por la que están aquí no es para medir quién la tiene más grande. Anoche atacaron la mansión de Dante. Y quiero saber cuál de ustedes decidió saltarse las reglas de la tregua.
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Cain apretó los dientes, clavando sus ojos oscuros en Dante con una furia contenida.
—Ya te lo dije por teléfono, imbécil —le soltó Cain directamente a Dante, sin importarle las formalidades—. Por más que aborrezca tu existencia y quiera verte enterrado, no mandé a ningún francotirador a tu casa. Tengo suficiente con mantener a flote mis propios cargamentos como para andar jugando a la guerra clandestina.
—¿Y por qué deberíamos creerte? —replicó Dante con voz sorda, inclinándose hacia adelante, apoyando las palmas sobre la madera—. Eras el único que sabía de la ruta de los contenedores del mes pasado.
—Porque a mí me pasó exactamente lo mismo hace tres días, idiota —espetó Cain, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¿Creías que eras el único al que le habían tocado las narices? Intentaron emboscar uno de mis convoyes principales en la autopista del norte. Murieron cuatro de mis mejores hombres. Y para colmo, pensé que habías sido tú intentando debilitarme.
En ese instante, el patriarca de la Soberbia levantó la mirada lentamente, rompiendo su silencio con una voz ronca y cargada de una fría revelación.
—A mí también me sabotearon las cuentas de ultramar la semana pasada... —murmuró el anciano, arrugando la frente—. Al principio creí que era una jugada sucia de la Avaricia para quedarse con mis acciones.
Todos las miradas convergieron de inmediato en Valerio. El jefe de la Avaricia dejó de girar el anillo de oro entre sus dedos. Su sonrisa cínica se desvaneció, dejando paso a una expresión de genuina y helada perplejidad.
—No me miren a mí —dijo Valerio, levantando las manos con falsa inocencia, aunque su tono se había vuelto afilado—. Mis contadores llevan tres días intentando rastrear una brecha informática masiva en nuestros servidores offshore. Alguien robó códigos de acceso que creíamos inviolables. Y no fui yo quien los vació.
La sala entera enmudeció. Los cinco líderes, los depredadores más peligrosos de la ciudad, se miraron los unos a los otros con una creciente sensación de vértigo.
#4788 en Novela romántica
romance mafia drama, novela dark romántica, enemies to lovers dark romance spacy
Editado: 01.08.2026