La conversación terminó poco después.
No de manera brusca.
Simplemente…
se agotó.
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El rey volvió a tomar los documentos entre sus manos.
Como si aquello hubiese sido demasiado incluso para él.
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Leonel entendió la señal.
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Se inclinó apenas.
—Buenas noches, padre.
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El rey tardó un segundo antes de responder.
—Buenas noches, Leonel.
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Y aunque las palabras fueron simples…
hacía años que no sonaban así.
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Leonel abandonó el despacho en silencio.
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Los corredores del palacio estaban mucho más tranquilos a esas horas.
Las antorchas iluminaban apenas los muros de piedra mientras el eco de sus pasos lo acompañaba.
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Pero entonces—
escuchó ruido a lo lejos.
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Risas.
Voces.
Celebraciones.
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Leonel frunció apenas el ceño.
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Tardó poco en reconocerlo.
Los seleccionados.
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Se acercó lentamente hacia la entrada principal del palacio.
Y mientras más avanzaba…
más claro se volvía el sonido.
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Caballeros festejando.
Jóvenes gritando entre sí.
El golpe de las jarras chocando unas con otras.
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Cuando finalmente llegó a los enormes portones del castillo, los guardias cruzaron las lanzas frente a él casi por reflejo.
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—Alteza.
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Leonel no respondió.
Ni siquiera parecía molesto.
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Simplemente se quedó allí.
Observando.
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Las puertas permanecían abiertas apenas lo suficiente para permitir la entrada y salida de algunos soldados.
Y desde allí podía verlos.
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Los muchachos celebraban alrededor de grandes mesas improvisadas cerca de los establos exteriores.
Algunos bebían cerveza de raíz.
Otros discutían entre risas sobre quién había peleado mejor.
Incluso los heridos parecían felices de seguir en pie.
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Y por un instante…
Leonel los envidió.
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No por la arena.
No por las pruebas.
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Por la libertad.
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Porque ellos podían gritar.
Reír.
Equivocarse.
Caer.
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Mientras él…
seguía encerrado incluso dentro de su propia vida.
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El heredero del reino.
El príncipe.
El futuro rey.
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Y aun así…
incapaz siquiera de cruzar los límites del palacio sin permiso.
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Las lanzas seguían frente a él.
Firmes.
Silenciosas.
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Como un recordatorio constante.
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Leonel bajó apenas la mirada.
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Cada día sentía el palacio más pequeño.
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—¿Siempre observáis desde lejos?
La voz llegó desde atrás.
Calmada.
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Leonel no se sobresaltó.
Ya comenzaba a reconocerla.
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Se giró lentamente.
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Alexander estaba unos pasos detrás de él.
Con las manos apoyadas detrás de la espalda y una expresión curiosamente tranquila para alguien que acababa de sobrevivir a las pruebas.
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—No sabía que os permitían caminar solo por el palacio a estas horas —dijo Leonel.
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Alexander alzó apenas una ceja.
—No sabía que a vos os dejaban permanecer aquí sin escolta.
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Leonel soltó una exhalación leve.
Casi una risa cansada.
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—Técnicamente no me dejan.
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Alexander desvió la mirada hacia las lanzas cruzadas frente al portón.
Y entonces entendió.
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No dijo nada al respecto.
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Eso hizo que Leonel lo mirara un segundo más de lo necesario.
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La mayoría habría fingido no notarlo.
O habría sentido lástima.
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Alexander no.
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Solo observó el exterior nuevamente.
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—Parece que se están divirtiendo bastante.
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A lo lejos, uno de los caballeros casi cayó de una banca entre carcajadas mientras otro intentaba seguir cantando completamente desafinado.
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Leonel apoyó apenas una mano sobre la piedra fría del muro.
—Mañana probablemente volverán a odiarse entre ellos.
—Posiblemente.
—Y aun así celebran.
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Alexander tardó un momento en responder.
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—Supongo que cuando uno crece sabiendo que todo puede terminar rápido… aprende a disfrutar lo poco que tiene.
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La frase cayó suave.
Natural.
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Pero algo en ella hizo que Leonel sintiera un pequeño peso en el pecho.
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Porque Alexander hablaba de eso como alguien que realmente lo entendía.
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Leonel desvió apenas la mirada hacia él.
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—¿Y vos?
—¿Yo qué?
—¿Por qué no estáis allá con ellos?
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Alexander observó las celebraciones unos segundos antes de responder.
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—No soy demasiado bueno fingiendo entusiasmo.
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La honestidad de la respuesta tomó a Leonel desprevenido.
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—Eso no parece haber sido un problema en la arena.
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Alexander soltó una risa baja.
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—En la arena todos fingen algo.
Pausa.
—Algunos valentía. Otros orgullo. Otros miedo.
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Giró apenas el rostro hacia Leonel.
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—Yo solo intento salir vivo.
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El silencio cayó entre ambos nuevamente.
Pero esta vez…
no fue incómodo.
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A lo lejos, las risas continuaban llenando la noche.
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Y aun así…
por primera vez en mucho tiempo…
Leonel sintió que alguien estaba hablando con él como si fuera simplemente una persona.
No un príncipe.
No un heredero.
Solo alguien más atrapado en algo que no eligió.