El Verano En El Que Nos Perdimos

Lujuria, una manta y palomitas.

El viaje de regreso al departamento transcurre en un silencio cómodo, con la radio encendida en una estación de jazz que parece acompañar perfectamente el ambiente. Kalix manejaba con una mano en el volante y la otra poyada en mi rodilla, ya era algo muy… común. Un contacto muy cálido.

Cuando llegamos a mi edificio, él aparca con cuidado frente a la entrada, pero no apaga el motor de inmediato. La luz se refleja en sus ojos color miel mientras se gira hacía mí.

— ¿Quieres que suba contigo? —pregunta en voz baja—. Por si acaso Eidan está rodando o algo así —movió un dedo de su mano izquierda en círculos—. No me gustaría dejarte sola.

Sonrío, sabiendo que su tono era irónico con una pizca de burla.

— Creo que estoy a salvo aquí —habló, pero me inclino hacia él hasta que nuestras caras quedan cerca—. Aunque… tal vez me gustaría que me acompañaras un rato. Solo para tomar algo. Tengo un buen vino en el refrigerador.

La sonrisa que aparece en su rostro deja en claro que aceptaba mi invitación.

— Cómo decirle que no a alguien como tú —contesta, apagando el motor y bajándose del auto para abrirme la puerta como siempre lo hacía.

Subimos los escalones juntos, y cuando llegamos a mi puerta, yo busco las llaves mientras él me mira desde atrás con sus manos en los bolsillos de su traje. Al abrir la puerta, la luz tenue de mi apartamento nos recibe: no era tan grande, pero era lo suficiente cómodo para una sola persona, con algunos libros en la estantería de la sala de estar.

— Es muy bonito —comenta Kalix, entrando con cuidado y cerrando la puerta detrás suyo—. Tiene tu aroma.

— ¿Mi aroma? —pregunto y el asiente.

— Si, a lavanda —contesta él.

No puedo evitar sonreír mientras camino hacia la cocina para buscar el vino. Mientras saco la botella y dos copas, oigo sus pasos por la sala de estar. Cuando vuelvo, lo encuentro frente a un cuadro cubierto, con la mano extendida como quisiera tocar la tela, pero se negará a hacerlo. Había olvidado que eso estaba ahí.

— ¿Puedo? —pregunta sin darse la vuelta, y yo asiento con la cabeza, aunque él no me vea.

Quito la tela con suavidad, y se revela un paisaje que pinté antes de que mi padre enfermara. Un atardecer sobre el mar con tonos naranjas y azules que parecían vibrar aún después de tanto tiempo. No tenía mucho trasfondo si lo mirabas, pero significaba mucho para mí. Kalix se queda mirándolo en silencio por un rato, y cuando finalmente habla, su voz está llena de admiración.

— Layla… esto es increíble —revelo, volviéndose hacia mí con los ojos brillantes— ¿Por qué lo tenías cubierto?

Me acerco hasta él, pasándole una copa de vino y llenándola con el vino.

— Porque me recordaba demasiado a él, aunque si soy sincera, me sorprendí de ver esto aquí —señalé el cuadro con la copa—. Pero ahora recuerdo que tenía mucho miedo de volver a verlo, me dolía, pero ahora, siento que es demasiado hermoso para estar escondido.

Kalix toca su copa con la mía en un pequeño brindis.

— Pues desde ahora, eso se vería hermoso colgado en alguna de estas paredes —expuso y luego se inclinó hacia mí hasta que sus estaban tan cerca de los míos—. Y tendrás que pintar más cosas así. Prométemelo.

— Te lo prometo —susurro, y él cierra la distancia entre nosotros, besándome con suavidad.

Es un beso lento, calmado, lleno de sentimientos que los dos no estábamos dispuestos a aceptar en voz alta. Él se separa por un segundo para tomar nuestras copas y dejarlas en la mesa más cercana, para después colocar sus manos en mi cintura, y las mías se enredan en su cabello mientras el mundo a nuestro alrededor desaparece de nuevo. Cuando no puedo aguantar más, él aprieta mi cintura con sus manos y profundiza más el beso y mis manos siguen enredadas en su cabello, sintiendo cómo sus mechones gruesos y suaves se escapan entre mis dedos, y noto como él emite un pequeño gemido entre mis labios.

Él quita una de sus manos de mi cintura para llevar su mano hasta mi mejilla, sosteniéndome con cuidado. Su pulgar acaricia mi mejilla mientras su lengua suavemente el contorno de mis labios, pidiendo permiso para entrar. Cuando yo respondo abriéndome un poco más y el beso se profundiza más y más intenso de lo que ya era. Sus dedos se enredan en mi cabello, tirándome un poco hacia atrás para poder besarme el cuello con suavidad, dejando un rastro de besos cálidos que hacen que me estremezca y que in pequeño gemido escape de mis labios.

— Dios… eres jodidamente hermosa —susurra contra mi piel con una voz ronca que hasta este momento no conocía en él—. Debería irme —vuelve a besarme esta vez con ternura y su mano aun sigue en mi cintura—. No quiero abusar de tu hospitalidad.

— Podrías quedarte —habló antes de pensar, y noto cómo sus ojos se abren un poco más de lo normal—. Solo para hablar. O para ver una película. Tengo una colección de clásicos que seguro te gustarán.

Sonríe y me da un beso en la frente.

— Me encantaría —contesta— pero mañana tengo que ir temprano a la oficina, y tú tienes que prepararte para la galería. Además, quiero que descanses. Necesitas conservar fuerzas para mañana.

— ¿Mañana? —pregunto sorprendida, aún sintiendo el cosquilleo en mis labios.




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