Elvis y Luna

BF

No recuerdo a la perfección lo que hice luego de ver a Elvis de la mano de una chica, pero conociéndome lo más seguro es que haya forzado una sonrisa y fingido que no ocurría nada.

Me levanté del banco donde me había sentado para recibir a mi amigo y a la muchacha con la que venía, la cual tenía una pinta de trola que se le notaba a cuatro cuadras. Al parecer no se había maquillado sino que había puesto la pintura en una escopeta y se habían dado un tiro de maquillaje en la cara; el pelo se lo notaba quemado, enmarañado y súper mal cuidado por la tintura barata que usaba de un color pelirrojo tan feo que parecía una peluca vieja y la ropa que tenía puesta era más apropiada para una prostituta veterana y de mala muerte que para una chica de diecisiete años (si es que tenía diecisiete años).

La sonrisa en mi rostro empezaba a peligrar y la marca en medio de mis cejas que aparecía cada vez que estaba de malhumor, heredada de mi papá, amenazaba con hacer acto de presencia en cualquier momento. “Que se suba un taxi a la vereda y la atropelle”, pensé.

-Por fin-exclamó Elvis cuando me vio; la chica obviamente estaba tan al tanto de la situación como yo por la cara de culo al ver que “nuestra” cita iba a ser triple.

-Hola-saludó de mala forma la muchacha.

-Lluna, ella es Marcela-agacháte y conocéla, pensé-Marce, ella es Luna, la amiga de la que te hablé.

-¿Cómo estás?-evidentemente a las dos nos importaban tres carajos si la otra estaba bien o no porque fue el saludo más indiferente en la historia de los saludos.

-Bien, bien…

-Me enteré de lo que le hiciste a Iuri. Tienes cojones, Lluna. Yo no lo habría hecho mejor.

-¿Ella es la que dejó en evidencia a un pedófilo?-preguntó Marcela, estaba a punto de decir que no, que sólo había dejado salir mi frustración de todo un año para con ese profesor, sumado a la actitud de mierda de su novio y la de mi propia familia, pero Elvis me interrumpió antes que pueda decir nada.

-La misma, te dije que todos esos colegios son un nido de pederastas y oligarcas-masculló con cara de asco-¿Queréis un helado, mujeres? Yo invito.

-Preferiría una birra-dijo Marcela.

-Me leíste el pensamiento-reconoció mi amigo, yo pasé a segundo plano. Mientras Elvis iba a comprar una cerveza, Marcela y yo nos quedamos sentadas en el banco sin dirigirnos la palabra, yo fingí que estaba revisando mi celular para evitar una conversación con ella, y ella estaba muy concentrada sacando un cigarrillo y encendiéndolo como para prestarme atención a mí. Seguramente los besos de esa mina debían tener gusto a camionero… No, a cenicero de abuela fumadora mojado con cerveza caliente. Se me revolvió el estómago de solo imaginarme que Elvis ya se la había comido; imaginé miles de cuchillos apuntando directamente a su cabeza.

Vi como mi amigo volvía con una botella de cerveza Salta en la mano; evidentemente él no recordaba que no me gustaba la birra.

-Sólo tenían esta basura-masculló mientras destapaba la cerveza con su llavero-Vaya… Sí que es útil, tenías razón, Marce.

-Te dijo, gordo. Regalo de primer mes-siseó Marcela. Sin que me vieran hice el ademán de vomitar. Mi amigo se sentó en el extremo derecho del banco quedando Marcela al medio y yo recluida en el otro extremo.

-Lluna, ¿quieres hacer los honores?-Elvis me acercó la cerveza. Estaban tan cagada de odio con él que no lo pensé dos veces y le di un gran sorbo a la botella-¡Hala! ¡Pero bueno, niña! ¿Desde cuándo te convertiste en la encarnación de una vikinga?

“¡Desde que me decís que me querés ver y caés con la Tigresa del Oriente, infeliz!” pensé.

-Supongo que estoy creciendo-mascullé.

-Molt be, así se hace.

-¡Ay, me enferma que hablés en catalán! ¡No te entiendo nada!-despotricó Marcela y empezaron a discutir. Yo ya conocía muy bien a Elvis como para saber que su idioma no se tocaba, ni tampoco su devoción ciega hacia la estrella roja, pero esta… señorita… recién hacía uno o dos meses que estaba con él, yo hacía un año que venía preparando el terreno para que otra venga a usurpar lo que era mío por derecho.

Dejé pasar media hora y me excusé.

-Perdón, ya me tengo que ir-le dije a mi amigo. Elvis me miró sorprendido.

-¿Tan pronto?

-Tengo dentista-dije y me señalé los malditos brackets que aún llevaba en la boca.



Sol Cánaves Díaz

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Editado: 22.09.2019

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