Epuyén: De nudos y máscaras

Capítulo 2

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Me encantaría decir que el primer día en mi nueva vida lo comencé con el sonido de las aves, con los rayos del sol calentando mi cara. Pero contrario a eso, la luz era gris. Incompleta. El día no decidía si empezar o no. Me quedé quieta. Escuchando. El bosque tenía un sonido distinto a esa hora. Más bajo. Más contenido. Como si respirara sin querer ser notado. Nada fuera de lugar. Nada evidente. Esperé escuchar algún ruido, no pasó. Recién entonces me incorporé, sintiéndome ridícula.

El agua congelaba mis pensamientos, eso siempre servía luego de una noche en la que los recuerdos torturaban mi descanso. El entumecimiento que produce el agua helada, volvió todo más lejano.

Me vestí con lo primero que encontré. Ropa neutra. Cómoda. Nada que llamara la atención. Nunca había sido difícil pasar desapercibida. A veces… era lo único que sabía hacer bien.

Salí sin desayunar. No tenía hambre. O tal vez no tenía ganas de pensar si la tenía. La panadería ya estaba abierta, su aroma fue lo primero que me alcanzó. Pan recién hecho. Café. Algo dulce que no supe identificar. Cálido. Familiar. Engañosamente seguro. Empujé la puerta. La campanilla sonó suave.

—Buen día —dijo Eva.

Le devolví una sonrisa leve.

—Buen día.

Ella ya estaba trabajando. Moviéndose con naturalidad, como si cada cosa supiera exactamente dónde debía estar.

—Pensé que ibas a llegar más tarde.

—Me desperté temprano.

Asintió.

No preguntó más. Nunca preguntaba demasiado. Y eso calmaba mi ser.

—Franz está atrás. Te voy a presentar, vení conmigo.

La cocina era otra cosa. Más calor. Más ruido. Más movimiento. Harina en el aire. Golpes secos de masa contra la mesa. El horno abriéndose con un sonido pesado.

Franz levantó la vista cuando entré. No sonrió. Pero tampoco fue hostil.

—Llegaste.

—Ella es Cassia, de quien te hablé.

Su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario.

No incómoda.

Pero tampoco distraída.

—Lávate las manos.

Asentí.

Aprender fue fácil. O eso pareció. Franz no explicaba demasiado. Mostraba. Esperaba. Corregía. Yo repetía. La masa bajo mis manos se sentía tibia. Cambiante. Como si respondiera a algo más que al movimiento.

—No la apures —dijo—. Si la forzas… se rompe.

Aflojé apenas. Sentí que no solo hablaba de la masa, aunque quizás era mi mente con sus teorías conspirativas que buscaba que no me sintiese cómoda.

—¿Así?

Asintió en silencio, pero no era un silencio vacío, era de esos que no necesitan llenarse.

Las horas pasaron sin que lo notara, armaron una rutina para mi. Cuando llegaba ayudaba a Franz en la preparación, y cuando teníamos adelantadas las cosas, ayudaba a Eva atendiendo. La gente entraba y salía. Voces. Risas suaves. Conversaciones que se mezclaban sin terminar de formar nada claro. Me mantuve ocupada. Eso ayudaba. Siempre ayudaba.

—¿Sos nueva?

La voz me sacó del ritmo. Me giré. Una chica de mi edad, más o menos. Sonrisa fácil, que le iluminaba el rostro. Energía que ocupaba espacio sin pedir permiso.

—Sí.

—Se nota.

No lo dijo buscando conflicto, sólo confirmó un hecho.

—Soy Lisa.

—Cassia.

Su sonrisa se amplió, deslumbrando, y tal acción hizo que me encontrara deseando poder hacer lo mismo un día. Poder brindar una sonrisa tan honesta que llene a alguien de calidez.

—Bienvenida al lugar más aburrido del mundo.

Exhalé una pequeña risa.

—No parece tan aburrido.

—Dale un par de días.

Se apoyó en el mostrador, observándome con una curiosidad sin disimulo.

—¿De dónde sos?

La pregunta quedó en el aire. Dudé. Apenas un segundo.

—De lejos.

Lisa rió.

—Eso no dice nada.

—Es la idea.

Se me escapó. Silencio. Breve. Después volvió a sonreír.

—Me caes bien.

Demasiado rápido. Demasiado fácil. Pero no dije nada.

Lisa hablaba mucho. Saltaba de tema en tema, como si el silencio fuera algo que necesitara evitar a toda costa. Yo escuchaba. Asentía. Respondía lo justo. Era suficiente.

—No la asustes el primer día —dijo Eva al pasar.

—Yo soy un encanto.

—Eso depende.

Se miraron. Había algo ahí, algo que no entendí. O que no quise entender.

El resto del turno fue tranquilo. Predecible. Casi cómodo.

Salí cuando el sol ya estaba alto. El aire era distinto al del día anterior. Más liviano. O tal vez era yo, a gusto con el resultado del día. Caminé despacio, disfrutando el paisaje, los árboles frondosos que se mecían con el viento. Sin apuro, necesito serenidad en mi vida y la voy obtener.

Hasta que algo pasó. El bosque tuvo una pausa, como si algo en el entorno se desacomodara por un segundo. Otra vez, respiré profundo y simulé fijarme en algo sin importancia. Nada, no había nada a mi alrededor. La calle seguía igual, vacía. Quieta. Una ventana que se cerraba a lo lejos. El viento, siempre el viento. Negué apenas. Seguí caminando, un poco más rápido, sin pensarlo demasiado.

Cuando llegué a la cabaña, el silencio me recibió antes que el resto. Entré. Cerré con llave. No porque fuera necesario, solo por si acaso.

Adentro todo estaba en su lugar.

Me acerqué a la ventana. No podía evitarlo, lo necesitaba. Aunque no sabía qué esperaba ver.

El bosque estaba quieto. Demasiado quieto. Como si algo estuviera esperando.

Dudé. Podría haber corrido la cortina, para mirar mejor. Pero no lo hice, me alejé y encendí la luz.

El silencio no era incómodo, tampoco tranquilo. Me senté y apoyé los codos en las rodillas, las manos juntas.

—Es solo un lugar nuevo… —murmuré.

La frase sonó débil. Como si no pudiera sostenerse sola. No me convenció. Y eso bastó para no apagar la luz el resto de la noche.

POV Desconocido




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