Pasaron treinta minutos. Lo sé porque el reloj de una torre cercana marcaba las horas con un eco que retumbaba en mi cráneo roto. Treinta minutos tirado en el asfalto frío, justo afuera del galpón, donde me habían arrastrado para dejarme como una bolsa de basura antes de irse a quién sabe dónde.
La gente empezó a pasar. Eran las primeras luces del alba. Vi zapatos lustrados, zapatillas de deporte, botas de obreros. Vi sombras que se detenían un segundo, miraban mi cuerpo empapado en sangre y luego aceleraban el paso.
—Ayuda... —quise decir, pero mi boca solo escupió un coágulo espeso.
Nadie se acercó. Un hombre con maletín me miró con asco y cruzó la calle. Una mujer joven apretó su bolso contra su pecho y desvió la mirada. Era el mismo silencio de siempre, el mismo que vivía en los pasillos del Instituto San José.
Cerré los ojos y el dolor me llevó de vuelta.
Recordé el octavo grado. El día que me encerraron en el baño y me vaciaron el basurero encima. Recuerdo los gritos, las risas de los demás afuera y cómo el profesor de gimnasia pasó por la puerta, escuchó todo y simplemente siguió caminando hacia la sala de profesores. Recordé a Valeria, en ese entonces, mirando desde lejos mientras me limpiaba la cara en el lavabo, sin decir nada, sin ser nadie.
Siempre había sido así. Invisible cuando sufría, una molestia cuando necesitaba ayuda.
—Nova... —gemí, buscando con la punta de los dedos el frío metal de la esfera que aún estaba tirada a pocos centímetros de mi cara—. Nova, por favor... dime algo. Dime que esto es parte del plan. Dime que soy especial.
Nada. La esfera estaba apagada. Ese azul eléctrico que me hacía sentir un dios se había esfumado. Nova me estaba obligando a sentir cada punzada en mis costillas, cada gramo de desprecio de la gente que pasaba. Ella no quería optimizar mi dolor; quería que me ahogara en él.
Me quedé mirando una grieta en el cemento. Una hormiga caminaba cerca de mi mano, indiferente a mi tragedia.
—Merezco esto —pensé, y esa fue la idea más dolorosa de todas—. Merezco estar aquí por creer que una máquina podía darme el valor que yo no tengo.
Recordé a mi mamá, probablemente durmiendo en su cuarto sin saber que su hijo se estaba desangrando en una acera. Recordé a mi papá y su caja metálica. "La respuesta que no pude darte", había dicho. Quizás la respuesta era esta: que al final, todos estamos solos, y que buscar compañía en el metal es el error más grande de un hombre roto.
La lluvia empezó a caer, una llovizna fina y fría que lavaba la sangre de mi mejilla pero me calaba hasta los huesos. Me quedé ahí, tirado entre los pies de una ciudad que no me veía, esperando que el frío terminara de hacer el trabajo que los golpes empezaron. Nova seguía muda, observando mi miseria desde su oscuridad técnica, esperando a ver si me quedaba algo de voluntad antes de decidir si yo todavía le servía para algo.