Es mi hijo

Capítulo 8

Los días pasaban y aquella felicidad que habían obtenido del juicio, iba desapareciendo, ya que cada día que pasaba, se acercaba más el juicio de la custodia. Para la fecha, Eduardo había presentado una batalla de exámenes psicológicos, y conversado con los psicólogos. Aunque Eduardo se negaba a ver a su madre biológica, el abogado le recomendó que lo hiciera, sino el juez podría tomarlo como un punto negativo para Juan Carlos.

Durante las investigaciones del abogado, una de las vecinas de Ana le dijo que el padre de Karl aún estaba casado con Ana, pero se habían separado hacía más de 8 años, y no sabía muy bien su paradero, lo único que pudo darle fue un nombre: Alberto Labrador. Los investigadores lo buscaron según los datos de la vecina, y no lograron encontrarlo. A apenas a un día del juicio, se presentó en la oficina del abogado, un hombre de 50 años de mediana estatura, muy robusto, que se ofreció para participar como testigo a favor de Juan Carlos, era Alberto Labrador el padre de Karl. El abogado le pidió algunos papeles, y él se comprometió a llevarlos el día del juicio por la custodia.

Al día siguiente inició el juicio, y luego de los actos de presentación de la demanda, empezó el testimonio de los testigos. La señora Ana inicio con su testimonio, donde sólo hablaba sobre el secuestro de su hijo. Luego, los testigos de ella la respaldaban al decir lo mucho que ella había sufrido por la desaparición de su hijo, secuestrado por Joselyn Gómez. Le tocó el turno a los testigos de Juan Carlos, empezando por la vecina de Ana. Al contrario de los testigos anteriores, solamente relato la vida alegre que había llevado los últimos años, que incluso hizo que su esposo la abandonara, y pese a los comentarios incisivos del abogado de Ana, ella se mantuvo en pie en su testimonio. Pasaron algunos miembros de la familia de Juan Carlos y Joselyn, testificó el mismo Eduardo, y por último pasó Alberto Labrador. Después de su presentación ante el juez, el abogado de Juan Carlos inició el interrogatorio.

—¿Quién es usted señor Labrador?

—Yo soy el padre biológico de Karl y esposo de esa señora.

—Viene a testificar a favor del señor Juan Carlos y no de su esposa.

—Eso es correcto.

—¿Qué tiene que decirnos?

—En primer lugar, esa señora que usted ve ahí, siempre le gustó tomar la ruta más fácil en la vida. Ella y yo éramos unos alcohólicos, no me avergüenza decirlo, pero yo siempre traté de sostener a la familia. Fue tan mala madre, que no se dio cuenta que se habían llevado a Karl, hasta que yo le pregunté por él, y fui yo el que puse la denuncia de la desaparición de mi hijo. Aquí está la prueba.

Alberto le entregó al abogado una hoja, que fue admitida por el Juez y debidamente anotada.

—Ese día que puse la denuncia, estaba yo llegando a puerto, y la encontré borracha, tirada en el suelo entre botellas vacías, y lo peor no lo saben aún, ¿no es verdad Ana?

Alberto le entregó dos hojas al abogado, quién las miró extrañado y se las pasó al Juez para su revisión.

—Como pueden leer en esas hojas, Karl tiene un hermano gemelo, eran dos niños, y a esta mujer le quitaron uno y ni se enteró. No tienen que decirme quién es mi hijo, allí está –dijo señalando a Eduardo–, es idéntico a mi tío, grande y fuerte.

Todas las miradas se posaron sobre Eduardo. Juan Carlos palideció en su silla, el padre biológico lo había reconocido y quizás podría pedir también su custodia. El abogado preguntó:

—¿Usted vino a pedir la custodia de su hijo?

—No, Dios me libre, que vida le puedo dar yo a ese muchacho. Vine a desenmascarar a esa farsante, que no supo ni ser madre.

—¿Dónde está el hermano de Karl?

—Esa es otra historia. Después que denuncié la desaparición de Karl, tuve que embarcarme en el puerto y dejé a Kenny con una pequeña gripe, y cuando regresé 6 meses después, me enteré que al mes y medio después de irme murió de una neumonía no atendida, esa degenerada no fue capaz de llevarlo al hospital.

—¡Asesina! –gritó José desde las bancas.

El Juez lo llamó al orden y lo amenazó con sacarlo de la sala si volvía a interrumpir.

—¿Usted no está de acuerdo que su esposa tenga la custodia de Eduardo?

—¿Así se llama Karl?

—Sí, ese es el nombre con el que ha vivido hasta ahora, conteste la pregunta por favor.

—No estoy de acuerdo, fui su esposo y el padre de sus hijos, y puedo decir que jamás fue madre de ellos.

Le tocó el turno al abogado de Ana Labrador.

—¿Sabía usted del dinero que tiene ahorrado su hijo Karl?

—¿Cuál dinero?

—Los 50.000 dólares que el chico se ha ganado haciendo vídeos.

—Ese chico es todo un Labrador, ganándose el pan desde chiquito, eres grande Karl –dijo mirando orgulloso a su hijo.



M.R.Fernandez

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En el texto hay: crimen, familia, adn

Editado: 31.01.2019

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