Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 1. «Dos babosos y un idiota»

Música:  Diamonds by Rihanna

Dos babosos y un idiota

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EMMA

¿Qué hay de cierto en ese dicho que reza: «Escucha a tu voz interior»?

Para mí no es más que parte de esa psicología barata que nos venden en las propagandas de retiros espirituales, libros de autoayuda y sesiones terapéuticas.

«Basura»

O al menos eso creía hasta hace apenas unas horas, cuando escuché a la mía. Fue una simple advertencia: «Quédate en casa». Cosa que me hubiese ahorrado muchos problemas de haber decidido obedecerla, pero hoy, por primera vez, mande al diablo a mi lado sensato.

Y de no haberlo hecho, no estaría ahora aquí, sintiendo como el calor se apodera de mi cuerpo, asqueada por las gotas de sudor que se deslizan entre mis pechos, tambaleándome con cada embestida que impacta contra mi anatomía, gimiendo cada cinco segundos por el dolor que me producen, y rezando para que todo esto acabe pronto.

Porque cuando Lisa me dijo que esta noche iba a ser inolvidable no me mentía. Jamás podré olvidaré como estos animales que caminan en dos patas y osan llamarse civilizados, frotan sus sudorosos cuerpos contra el mío, propinándome un par de codazos, empujones y al menos cinco pisotones en menos de media hora, ¿y si quiera lo notan? No, porque están demasiado ocupados disfrutando como locos de la música, el alcohol y el ambiente que nos auspicia este electrizante y excitante lugar.

Y que conste que no hay ironía en nada de lo que digo.

Me siento dividida entre la decisión de quedarme un rato más o largarme de una jodida vez. Medito un poco, y me decido por alejarme un poco del estruendo que producen los altavoces. Necesito entrar en un lugar en el que al menos pueda escuchar mis propios pensamientos, porque incluso haber mantenido el trasero adherido a mi colchón, leyendo un Fanfic de Harry Style habría estado mucho mejor que esto.

Y eso ya es exagerar.

—Oye, Lis, necesito ir al baño —prácticamente grito sobre el oído de mi amiga y me mantengo cerca esperando un: «Vale, te acompaño» que nunca llega.

Porque realidad es que las amigas no son como las pintan en las novelas y no siempre vamos al baño en combo.

O al menos Lisa Jones no es de esa clase de amigas, ella es de las que las que me obliga a venir bajo la amenaza de que mis braguitas de gatito, mi melena de Mérida —la princesa Disney de Valiente—, y mi escasa dentadura de cuando tenía cinco años, terminaría en su cuenta de Instagram con más del millón de seguidores —porque subir fotos en lencería definitivamente da resultados—, para luego ignorar mi existencia mientras baila como si nada, llevándose cada tanto un shot de tequila a la boca y mostrándole sus blancos y relucientes dientes al primer buenorro que le pasa por el frente.

Pese a ser consciente de que ella ya no es material disponible para mercadeo.

Como no me apetece rogarle, me doy media vuelta y la dejo vivir su momento de adolescente hormonal en paz. Estoy segura que si me quedo más tiempo voy a terminar sufriendo un ataque de ansiedad, y el último que tuve fue un jodido infierno por el que no pienso volver a pasar.

Me abro paso entre la gente hasta dar con la puerta que muestra a la mujer con falda atrapada en un cuadrito, la empujo con fuerza y al hacerlo escucho a una voz femenina chillar del otro lado.

«Dios ¿¡Acaso no hay otro lugar para hacer esas cosas!?»

—Busquen un hotel —le sugiero a la pareja a la que acabo de golpear con la puerta.

La chica de inmediato se estira el vestido rojo por sus muslos y el hombre alto y despeinado se da vuela para subir la cremallera de su pantalón. O al menos eso intenta.

No me tomo la molestia ni siquiera de disculparme por haber arruinado sus once minutos de placer. Tampoco es como si hubiera tenido tiempo porque ambos salen a toda prisa. Apostaría a que su siguiente destino es el baño de caballeros.

Niego, apoyando ambas manos sobre uno de los lavados. Veo mi rostro reflejado en el espejo frente a mí.

Un segundo después entran un par de chicas riendo y hablando como si a todo el mundo le interesara lo que ellas tienen para decir. Sus voces son tan agudas que ocasionan una punzada de dolor en mi cabeza. A través del espejo las observo acomodarse los senos para que estos luzcan más pronunciados sobre sus escotes.

—Lo que no se exhibe no se vende, querida. ¿Te lo quieres llevar a la cama o no? —escucho como la rubia anima a la morena para que sea más provocativa. Porque llevar unos shorts donde se le ven la mitad de las nalgas y un minúsculo top no parece ser suficiente.

—¡Por supuesto que quiero! —resalta la chica con indignación, cómo si ponerlo en duda fuera una falta de respeto—. Es más, ya ese bomboncito es mío —se regodea con una sonrisa risueña—. Oh, por Dios, ¿te fijaste sus ojos? 

—No —responde la rubia peli teñida con una mueca—, lo único que le vi fue su reloj. Se nota que está forrado. Niño de papi y mami, seguro. Se ve demasiado joven para ser dueño de un imperio como Christian Grey. Eso solo pasa en las novelas. —Y aunque la chica no sea de mi agrado, al menos en eso lleva la razón.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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