Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 35. «Chica Roja»

Chica Roja

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OLIVER

Ver entrar a la salvaje por la puerta principal del hospital, vistiendo unos jeans sumamente ajustados, una camiseta con el logo de mi cadena cafetera favorita, y con su melena rojiza recogida en una coleta alta hace que mis ojos se iluminen en el acto.

Pero luego observo que tras de ella camina un tipo que logro reconocer fácilmente, y como no, si con esa barba ridícula es inconfundible. Que lleguen juntos me parece de lo más extraña.

Pero lo cierto es que ver a ese hombre me obliga de nuevo a recordar que todos mis intentos por contactar con tía Cristina estos últimos días han sido en vano. A recapacitar en el hecho de que quizás he debido prestar más atención a los detalles, en que he sido un estúpido desde que llegué al pueblo.

Luego de hablar con Kate hace pocos minutos y entender que hemos estado en peligro durante años, me hace temer por mi tía también. De haberlo sabido antes, su ausencia habría tenido un significado muy diferente para mí.

«¿Dónde estás, tía?»

Me pregunto mirando al agente y esperando que su aparición traiga consigo todas las respuestas que estoy necesitando.

Él se detiene a una distancia prudente, mientras yo me levanto de la silla en la que me encuentro y espero ansioso que ella elimine la distancia que nos separa. Entonces cuando finalmente se detiene justo frente a mí, se dispara una jodida tensión que no logro identificar. Como si tocarla me pudiera quemar. Así que me quedo quieto, en silencio, esperando mientras sus ojos y los míos se mantienen unidos.

Siento como si toda mi confianza se hubiera esfumado de pronto. No hago más que observarla mientras repaso una y otra vez las cosas que he estado pensando durante los últimos días. Las teorías que conectan todas las evidencias, las palabras dichas por Anny que ahora han cobrado un nuevo significado, la foto de nuestros padres, y los ojos de mi hermana.

Pero me niego, me niego a que todas esas locuras en las que he pensado sean una realidad.

La estúpida apuesta con Ed, esa ridícula obsesión por hacerla mía, por enamorarla, cuando irónicamente he sido yo quien acabó enamorándose —si es que así se le puede llamar a lo que siento—, todo eso sería una pesadilla si lo que he estado pensando cobrase vida.

Me he negado a creer y he buscado miles de alternativas viables que destrocen mis teorías, he actuado como de costumbre hasta hoy, hasta que tuve esa jodida conversación con Kate que solo me obligó a reafirmar todos mis miedos.

Es Emma quien se ha mantenido evasiva, quien ha estado distante y poco comunicativa, y no me sorprende, es la chica más inteligente que he conocido, y supongo que ha estado atando cabos incluso mucho antes que yo.

—Me alegra mucho... de verdad —rompe finalmente el silencio, lanzándose a mis brazos, que por obvias razones no se pueden negar a recibirla y apretarla con fuerza.

La levanto ligeramente del suelo y acuno mi rostro en ese espacio entre su cuello y hombro, donde encajo a la perfección como si hubiera sido diseñado exclusivamente para mí.

—Gracias —susurro sobre su oído. Y lo digo por todo, por el abrazo, por estar aquí, por ser la brujita que es, por sus salvajadas, por su humor negro, por hacerme sonreír... porque sin querer me hizo quererla y ahora forma parte de mí, ahora ella está tatuada sobre mi piel.

Nada podría apartarla de mí. Ni siquiera «eso».

—No tienes que agradecerme nada —dice una vez que rompemos el abrazo y sus pies vuelve a tocar el suelo, pasa una mano por mi mejilla y yo cierro mis ojos de forma automática mientras que con una de mis manos sostengo su muñeca y procuro dejar un beso en la palma de la mano con la que me acaricia.

—Si que tengo —difiero, la veo hacer eso que tan loco suele ponerme. Esa pequeña, pero tan condenadamente provocativa maña que tiene de morderse el labio inferior, y joder, yo no puedo resistirme más.

Me acerco a su rostro para tomar sus labios entre los míos y probar de nuevo ese sabor tan suyo que acaba con mi cordura y que ahora se me antoja prohibido, pero un carraspeo de garganta a nuestro lado me obliga a tenerme.

—Hey, hey, hey, estamos en un hospital, hermano —ambos volteamos en su dirección, sin pasar por alto que el «hermano» lo pronuncia con ese tono hippie que suele utilizar. Y toda la frase en general esta dicha como en cámara lenta.

—Que oportuno, Rob —pronuncio entre dientes. Él emite una risita de burla y la salvaje lo imita por lo bajo—. Supongo que debo presentarlos —ruedo los ojos—. Em, él es Robert Jackson, mi hermano, por desgracia —eso ultimo se lo digo en un susurro sobre su oído.

—Oye, te escuché —emite mi hermano en una queja divertida.

—Rob ella es Emma —se estrechan las manos y se sonríen mutuamente.

Mi hermano lleva puesta una camiseta de Bob Marley, como siempre. A su cabello castaño y ondulado, ahora va suelto y alborota, y lo único que le impide que las ondas caigan por su rostro, es esa cinta tricolor —verde, amarillo y rojo—, que lleva puesta.

Y aunque toda su apariencia grita «Vagabundo» él suele tener esa sonrisa que vuelve gelatina a las mujeres.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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