Exmar: El despertar.

IV. El cuarto miembro.

Brian se quedó inmóvil ante la amenaza de Gorand. Su último encuentro acabó gracias a Dalhila, pero esta vez estarían solos. Aunque su dominio de los elementos había mejorado no estaba preparado para una lucha. Además, la falta de experiencia de las hermanas les jugaba en contra frente al número de sus oponentes.

—Vamos Anghell –soltó Gorand, disfrutando de la situación–. Sé que cuatro contra tres no es una pelea justa, así que voy a dejar que lances en primer golpe. Sorpréndeme.

Ante el nerviosismo del joven, la satisfacción del General crecía cada vez más. Estaba tan concentrado en Brian que apenas tuvo tiempo de evadir la enorme roca que voló hacia él. Cuando recuperó su posición, estalló en una estruendosa carcajada y luego volvió a hablar:

— Anghell, el gran guerrero, líder del ejercito de las sombras, ¿necesita ser protegido por una mujer? –nuevamente se oyó su risa.

Carla, que por primera vez había usado sus poderes bajo control, avanzó hasta colocarse delante de sus compañeros y, dejando fluir hasta la última gota de furia que corría por sus venas, repitió su movimiento, esta vez, con dos rocas. El suelo tembló mientras las grandes piedras brotaban de sus entrañas. La joven miró a los ojos del hombre que acababa de destruir su hogar, su vida. Sin dudar un segundo más, impulsó los bloques hacia adelante con todas sus fuerzas.

Gorand, divertido por el inútil intento, evitó con facilidad el ataque. Uno de sus soldados, sin embargo, no fue lo bastante rápido y recibió el impacto, aterrizando adolorido a unos cuantos metros. El General aplaudió a la chica, que lo miraba sorprendida por su destreza. «Mi turno» –pensó, y extendió sus manos hacia los lados, haciendo surgir las mismas varas de fuego que había intentado usar con Brian. Sus guerreros tomaron esto como una señal de batalla y lo imitaron.

Frente a ellos, los jóvenes, asustados, observaban a su alrededor en busca de algo que les sirviera para defenderse. Dudando de si lo lograría, Valentina estiró su brazo hacia el incendio que consumía su casa. Una pequeña llama se desprendió y se dirigió veloz a su encuentro, transformándose en el camino en un látigo de fuego. La joven lo miró sin creer que ella lo hubiera hecho.

Sus oponentes se acercaban y aun no sabían cómo protegerse. Siendo la única arma que conocía, Carla intentó elevar otra roca, pero, en su lugar, un largo bastón de piedra se erigió ante ella. Lo observó curiosa un momento, pero el grito de ataque de la mujer guerrera la obligó a reaccionar. Tomando el bastón en el último momento detuvo el golpe que intentó asestarle su adversaria. Empujando hacia arriba la hizo retroceder, pero perdió la estabilidad en el proceso y cayó. Intentó levantarse rápidamente pero su rival, aprovechando la ventaja, le propino una fuerte patada en el costado que la tumbó nuevamente. Desde el suelo pudo ver a Gorand sonriendo satisfecho mientras los rodeaba, observando cada batalla individualmente.

A unos pocos pasos de distancia, Valentina agitaba violentamente su látigo de fuego impidiendo el hombre que intentaba atacarla se acercara. Su rostro reflejaba el temor que sentía. Molesto por la absurda defensa de la joven, su oponente cerró la mano en un puño y, dando un salto para tomar impulso, golpeó con fuerza el suelo causando un intenso temblor que acabó por desestabilizar tanto a la chica como a Brian, que se encontraba a apenas unos metros forcejeando con el tercer guerrero.

Al verlos en el suelo, tan débiles y asustados, Gorand no pudo evitar una mueca de decepción. A pesar del tiempo, recordaba a los siete líderes del clan de la oscuridad. Eran capaces de librar, sin apoyo, una batalla memorable contra un ejército numeroso. Pese a ser enemigos, los respetaba como guerreros. Ahora, sin embargo, no eran más que unos niños temerosos que apenas podían defenderse. Matarlos era demasiado sencillo.

— Esperaba más de ustedes –dijo, demostrando su desilusión en cada palabra–. No están a la altura de su destino. Ni siquiera merecen la oportunidad de luchar.

Al oírlo, Brian, que se encontraba en suelo inmovilizado por la rodilla del hombre con el que peleaba momentos antes, sintió la desesperación y la cólera brotar de sus entrañas. Usando todas las fuerzas de las que disponía, se deshizo de su adversario y embistió con ferocidad a Gorand. A cada paso que daba, una furia dormida crecía en su interior. Pequeños fragmentos de piedra dispersos durante la batalla comenzaron a adherirse, uno por uno, a su brazo, formando el duro guante con el que asestó un poderoso golpe al General. Sin perder el impulso, agitó el brazo lanzando una lluvia de rocas contra los tres oponentes restantes, que cayeron al suelo adoloridos y astillados.

Carla y Valentina aprovecharon la situación para levantarse y acercarse rápidamente al joven. A pesar del miedo que sentían, el fragor de la batalla comenzaba a despertar sus antiguos instintos. Con los elementos que ya conocían, forjaron nuevamente sus armas en un ligero movimiento. Sus atacantes comenzaron a ponerse de pie con dificultad, mirándolos con odio. Lentamente comenzaron a rodearlos, esperando el mejor momento para atacar. Los jóvenes se colocaron espalda con espalda para cubrir toda la zona, atentos a cada movimiento a su alrededor.



E. D. Laurent

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Editado: 25.07.2018

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