Fría como el hielo

Capítulo 42

Skay

Siempre había considerado a mi padre como a un hombre sabio. Había vivido situaciones que algún día yo también viviría y esperaba que me convirtiesen en lo que él era hoy en día. La conversación que habíamos mantenido hacía ya media hora no la olvidaría nunca, ya que me había abierto los ojos. Si los Dioses eran capaces de equivocarse y aun así seguían siendo perfectos, ¿qué era realmente la perfección? Tal vez era tan solo una visión subjetiva de la realidad… ¿qué hacía a alguien perfecto? Había tantas formas posibles de perfección, que acababa preguntándome si acaso existía la perfección tal y como la conocíamos. Creí que iría a explotarme la cabeza al reflexionar sobre este tema tan peculiar y complicado cuando, de repente, un soldado llamó a la puerta de mi habitación.

Creí que ya no podía tener más problemas y que la situación actual no podía complicarse más, pero me equivocaba.

- Alteza, acaban de informarme de que han visualizado a su prometida cruzando la ciudad entera e internándose en el bosque sola. – me informó el soldado, con el semblante preocupado.

- ¿Qué? – logré preguntar, sin poder salir de la perplejidad que esas palabras creaban en mí. Me encontraba boquiabierto y no pude evitar parpadear varias veces seguidas para comprobar que aquello no era una pesadilla o una broma de mal gusto.

- Mi alteza… lo que quiero decir es que han visto a la señorita Diana cruzando la barrera de la ciudad para salir al bosque. – repitió el soldado, igual de perplejo que yo.

- ¡¿Es que se ha vuelto todo el mundo completamente loco?! – grité exasperado, llevándome las manos a la cabeza.

El soldado permaneció impasible ante mi reacción y preguntó:

-¿Cuáles son sus órdenes, señor?

- Quiero a los cinco mejores soldados preparados, justo al amanecer, por si Diana todavía no ha regresado. Sé que no puedo arriesgar sus vidas partiendo ahora mismo. Espero que esa insensata haya regresado ya o que al menos permanezca todavía con vida cuando amanezca.

Y con un poco de suerte, tal vez me llevara hasta Alice, otra imprudente que se había negado a que la ayudara. ¿Qué había hecho para merecer a dos mujeres tan insensatas en mi vida?

Suspiré profundamente y me dispuse a entrar de nuevo en la habitación, con la intención de poder dormir algunas horas. Sin embargo, me fue imposible hasta cerrar los ojos. ¿Cómo iba a poder dormir con Alice y Diana allí fuera? No conseguía quitarlas de mi cabeza y con razón, ya que puede que en esos momentos en los que yo me encontraba tranquilamente en mi enorme cama, alguna de ellas o ambas estuviera a punto de morir.

¿Qué motivos podría tener Diana para salir al bosque de noche, si no era para suicidarse? Mi prometida nunca había mostrado ser de esa forma, siempre la había visto tranquila, obediente, silenciosa… perfecta para la sociedad de hoy en día. Ella era el digno ejemplo a seguir de todas las mujeres. Por eso, no podía salirme de mi asombro por lo que acababa de hacer, ya que se había puesto en peligro de muerte, sin aparente motivo. ¿Acaso pretendía ir en busca de Alice para salvarla o para matarla y matar así todos los problemas que ella le suponía? Por culpa de la llegada de Alice, la probabilidad de que Diana se casara conmigo y llegara a ser reina, se había reducido considerablemente. Aunque a pesar de que lo más lógico habría sido que Diana matara a Alice, sabía que ella sería incapaz de hacerlo, por muy parecida que pudiera ser a los fríos. ¿Significaba entonces que había ido en busca de Alice para salvarla? Pero eso no tenía ningún sentido tampoco. No lo entendía, mi prometida tenía más motivos para matarla que para salvarla.

Me pasé la noche despierto, incapaz de alejar este tipo de pensamientos de mi mente. Quizá incluso fuera mejor no dormir, ya que no quería ni imaginar el tipo de pesadillas que me habrían asolado.

Justo cuando empezaron a visualizarse rayos luminosos en el horizonte, escuché que picaron a mi puerta. Normalmente habría entrado una criada para ver si estaba ya despierto, pero supuse que aquel no iba a ser un día normal y corriente. Me dispuse a abrir la puerta y me sorprendió ver a mi padre. Se encontraba tan serio que incluso me temí lo peor. ¿Y si había aparecido Diana muerta?

- Por favor, ten cuidado. – dijo mi padre solemnemente, tras unos segundos que dedicó a observarme la cara, muy probablemente con largas ojeras.

Aquella afirmación me sirvió para comprender que Diana todavía no había vuelto y que mi deber era ir a buscarla antes de que fuera demasiado tarde.

No era la primera vez que saldría fuera de la barrera, lo había hecho tantas veces que incluso había perdido la cuenta. Sin embargo, mi padre parecía leerme el pensamiento y sabía tan bien como yo, que aquella no sería una misión como las demás, porque lo más probable era que Diana hubiera ido a buscar a Alice, quien resultaba ser ni más ni menos que nuestra única soberana legítima. ¿Dónde estarían ya? Muy probablemente cerca de territorio enemigo. Estas dos chicas serían mi ruina.



Emma Aguilera

#15791 en Fantasía
#33509 en Novela romántica

En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 16.09.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar