Esa noche volví a tener un sueño extraño...
Estaba en el baño de una casa y el ambiente se sentía pesado.
La niña de cabello morado estaba al frente de mí. Se miraba al espejo y tocaba su ojo hinchado.
Estaba herida por un golpe fuerte y su cabello estaba desordenado.
No vestía como debería hacerlo una niña de su edad.
Me acerqué.
-Oye, necesitas ponerte hielo en ese ojo.
La voz de un hombre se sintió.
-Niña, tienes otro cliente. Apúrate y ven rápido.
La niña no quería salir.
Pasaron unos minutos, hasta que un grupo de matones entraron para llevársela a la fuerza.
Intenté detenerlos, pero mi cuerpo era intangible, como si fuera un fantasma observando desde la oscuridad.
-No... No se la lleven, solo es una niña.
Todo se volvió oscuro.
Me desperté de un salto.
Pregunté.
-Esa niña...
De repente, escuche gritos en el departamento de al lado.
-¡Tranquila, Ambar, estoy aquí!
Me vestí y salí a inmediatamente.
Julieta abrió la puerta y saco a Ambar a tomar aire.
-¡Respira!
Pregunté preocupado.
-¿Tiene uno de sus ataques de pánico?
Julieta me miro.
-Si... ayúdame a tranquilizarla.
La pequeña Ambar se agarraba el pecho.
Me senté en el piso al lado de ella.
-Ambar, estamos aquí, respira hondo.
Julieta miraba como su hija se calmaba. Poco a poco dejo de tener pánico.
-Ya está mejor, gracias, Gabriel.
Pregunté.
-¿Que provoca los ataques de pánico?
-Ella es claustrofóbica, y el departamento nuestro es demasiado chico, por eso a veces dejo la puerta abierta todo el rato.
Se agarró la cabeza.
-Dios mío, soy una mala madre.
Ella confiesa.
-Estoy endeudada con la dueña del edificio. Nos podria mandar a la calle.
Le agarré el hombro.
-No eres mala madre. Buscaste la solución e intentas hacer lo mejor. El dinero no te hace mejor o peor madre.
Sonrió.
-Gracias, Gabriel.
Confesó.
-¿Sabes algo?, tuve un sueño muy raro. Un niño que recibía todo lo que quería, excepto la atención de sus padres que trabajaban todo el dia.
Hizo una pausa.
-El papá era una especie de militar exigente, y la mamá era una artista.
-Mis padres son eso, militar retirado y profesora de artes.
Confesé.
-Yo sueño constantemente con una niña tatuada y de cabello morado, a la cual los adultos le hicieron mucho daño.
Nos quedamos mirando un momento en silencio.
Ella se incomodó y cambio de tema.
-¿Cuándo empezamos con el karate y la defensa personal?
-Hoy a la tarde...
Entendí que no quisiera hablar de eso.
Julieta era frágil como una copa de cristal, y cualquier cosa que yo diga podría quebrarla.
La dueña del edificio subió por el ascensor.
Ambos la vimos llegar. Era una mujer obesa y de cabello desordenado.
Sin decir nada, le acerco unos papeles a Julieta.
Ella los miro con detenimiento.
-¿Deudas?
La dueña del edificio hablo con voz alta y grave.
-Me debes dos meses de renta. Si no puedes pagar, te tendre que largar a la calle y no me importa que tengas una hija.
Julieta se quedó paralizada. La idea de ser una vagabunda la aterraba.
Respondí por ella.
-Le va a pagar cuando pueda... no se preocupe...
La dueña dijo.
-No te metas. Esto es entre ella y yo.
Respondí.
-No le hable de mala manera. Ella no merece ser tratada así.
La mujer no dijo nada más, solo se fue.
Julieta se fue a trabajar y a dejar a Ambar al jardín de niños.
Yo no tenía clases ese día, así que me decidí ir al supermercado del señor Heredia a comprar uno de sus sandwiches para el desayuno.
El me recibió.
-Hola, Gabriel, ¿cómo va la medicina?
Mencioné.
-Todavía no empecé las clases presenciales, pero estuve leyendo sobre anatomía y se me hace fácil.
Miró a su alrededor.
-¿Como vas con Julieta?
Respondí con timidez.
-Bien, me invito a comer a su casa como agradecimiento por haberle dado algo de dinero.
-Si una chica tímida te invita a su casa así de rápido...
Lo interrumpí.
-Julieta es linda y tierna, pero no sé si saldría con ella. Tiene muchas responsabilidades, una vida de adulta, y yo recibo todo de arriba.
El señor Heredia contestó.
-Te voy a contar una historia. Tu padre antes de unirse a la milicia era solamente un boxeador amateur, y tu madre ya era maestra de artes. Era más grande que tu padre y se enamoró de el al verlo pelear.
Hizo una pausa.
-Obviamente, tuvieron citas y se conocieron mucho.
Me quede pensando en eso toda la tarde.
Habían muchas casualidades en mi vida.
Las clases de karate comenzaron en el patio del edificio esa tarde.
Estaba vestido con el karategui que usaba para entrenar.
Julieta tenía la misma remera blanca y el short negro deportivo.
Ambar tenía una remerita rosa y un pantalón largo oscuro.
La niña pregunto.
-Aqui esta sucio.
Respondí.
-Lo se, pero es el unico lugar que tengo para enseñarles. No puedo llevarlas al dojo de mi maestro.
Julieta se levanta y me mira fijo con una leve melancolía.
-Puedo entrenar aquí, mientras pueda aprender a defenderme de los acosadores de la plaza y de la terminal.
Respondí.
-Bien, es hora de ver los golpes básicos.
Lance tres puñetazos al aire. Golpe a la cara, al pecho y al estómago.
Ellas me imitaron.
Ambar era la más descoordinada, pero era normal en una niña de cinco años.
Corregí a ambas.
-La negativa siempre a la altura de las costillas y detrás de todo, que no se vea. Ocúltala para lanzar el proximo golpe con mas fuerza.
Miré a Ambar.
-El puño bien cerradito, y usa el pulgar para apretar los dedos.
Empezaron a lanzar golpes al aire. Yo corregía su postura.
Julieta aprendía rápido, y su hija Ambar lo hacía muy bien a pesar de su corta edad.