En la mañana del siguiente día, me cruce hasta el supermercado del señor Heredia.
El creador de los mejores sandwiches de Nueva York y mi concejero personal.
Entre a su negocio rápidamente.
Él sonrió al verme.
-¿Como va tu chica?
Mire confundido.
-¿Mi chica?, ¿usted sabe que ya somos pareja?
-¿Son pareja?, te felicito, Gabi.
Me tomó de la mano para felicitarme.
-Yo sabía que esa chica era para ti.
Asentí y decidí cambiar de tema.
-Escuche que usted mismo hace los mejores sandwiches de Queens.
El respondió negando con el dedo.
-No... es un secreto, pero tu novia Julieta los hace a cambio de que le pague algo de dinero para la renta.
-¿En serio?
-Y así de bien me fue... los mejores sandwiches de Queens.
Tal vez ella no lo menciona para mantener alejada a la gente de su pasado. Los sandwiches del señor Heredia son una sensación para turistas.
Sería lógico que, si Julieta quiere mantenerse lejos de su pasado no trabaje en algo que le de mucha fama.
Podrían encontrarla...
En el camino de regreso pensé en la vision que tuve. Yo estaba muerto y Julieta estaba siendo separada de Ambar por unos matones.
Era como verlo en tercera persona, como si fuera una pesadilla.
Llegué al edificio y pasé al frente del departamento de Julieta.
Iba a tocar la puerta.
Me agarré la cabeza y las imágenes vinieron a mí.
Estaba en una especie de discoteca perversa donde todos se manoseaban.
Parecía una red de explotación.
Me disparaban en el pecho al frente de todos, pero no le tomaron mucha importancia, como si fuera algo que sucede todos los dias.
Julieta estaba con un uniforme provocativo de sirvienta y con lencería negra. Era una víctima.
Abrazó a su hija, pero las separaron unos hombres con traje.
Dijieron cosas horribles sobre Ambar.
-Va a terminar como la madre.
Todo se volvió de color negro.
Volvi a la realidad en poco tiempo.
Julieta abrió la puerta con una sonrisa, y salto a abrazarme.
-Gracias por estar para mí...
Le devolví el abrazo.
Mencionó.
-Soñé con que te perseguía ese chico que molestabas. Fue perturbador.
Respondí.
-Hoy soñé con tu pasado y tus gritos. ¿Hoy me lo vas a contar todo?
-Todo...
Nos separamos y nos agarramos de la mano.
Ambar salió y me abrazo.
-Hola, papá.
Ella me decía así con cariño, pero no me molestaba.
A la noche, ella salió conmigo a un restaurante.
Julieta usaba un top negro, una falda del mismo tono, unas botas góticas hasta sus rodillas y mangas transparentes.
Ambar usaba una ropa urbana negra, con una campera rosa.
Yo usaba mi ropa casual, blanca y negra.
No tenía mi ropa formal. La había dejado en casa de mis padres.
Pedimos una mesa al costado y pedimos una pizza.
Ella sonreía. Era divina y etérea.
-Adivina... Conseguí trabajo como cocinera en la cafeteria a la que fuimos en nuestra primera cita.
-Te felicito, de verdad. Eres excelente cocinando todo.
Pregunte.
-¿Como te imaginas en diez años?, yo me imagino siendo doctor, con una dulce esposa, una linda hija, un perro, y luego en un pueblo pequeño.
Ella siguió lo que estaba diciendo.
-Yo quiero lo mismo, un pueblo pequeño donde nadie nos conozca.
Estábamos muy ilusionados.
Senti que todo iba demasiado rápido. Solo íbamos dos días siendo novios.
Julieta tomó una rebanada de pizza y empezó a comer.
-¿Te gustaría que antes de eso rentemos un departamento juntos?
Respondí.
-Claro, uno más grande.
Pregunté.
-¿Qué tipo de vida quieres darle a Ambar?
-Quiero que sea mejor que yo y lo está siendo. Te comenté que tiene el habito de leer y estudiar.
Ambar respondió mientras comía.
-Tengo cinco años y se sumar y restar.
Julieta le sonríe.
-Va adelantando lo que va a ver en la primaria. Con el nuevo trabajo voy a poder mandarla a una buena escuela primaria.
Cuando terminamos de comer, la vi fijo.
-Creo que es hora de hablar del pasado...
Julieta se puso seria y asintió. Vio unas máquinas de juegos.
Le dio una moneda para que la insertara en el videojuego.
-Ambar, ve a jugar por el lugar. Nosotros tenemos que hablar.
La niña corrió al costado y empezó a caminar por el restaurante, viendo las máquinas de juegos.
Quedamos a solas.
Primero preguntó.
-Me dijiste que el pasado no importa.
Contesté.
-No importa, a menos que hayas sido un monstruo.
Julieta empezó a hablar.
-Antes de mis trece añitos, yo vivía con mi abuela, ya que mis padres vivían viajando. No sabía para que, pero ellos iban a todas partes.
Segui escuchando detenidamente.
Sonrió al recordar a su abuelita.
-Ella me enseñó a cocinar de todo desde los cinco añitos, lo mismo que estoy haciendo con Ambar.
Hizo una pausa.
-Lastimosamente, mis padres llegaron para llevarme. Querían que viviera con ellos. Era una mentira, descubrí que ellos se dedicaban a la explotación de mala manera. Yo fui una víctima.
Las lágrimas empezaron a correr por su rostro.
Pregunté.
-Exprésate hasta donde puedas.
Ella continuo mientras intentaba limpiar sus lágrimas.
-Habían unos clientes habituales, te puedo decir sus nombres y sus profesiones. Paulo Benetti, un fisicoculturista, Tadeo Martinez, un tatuador, el me hizo estos tatuajes horribles para experimentar.
Hizo una pausa.
-El más peligroso de todos, Angel Brown, un senador estadounidense. Mis verdugos eran tres.
Pregunte manteniendo la calma, escondiendo mi miedo.
-¿Por qué no los denunciaste a la policía?
-¿Crees que alguien como Angel Brown cae denunciándolo a la policía?, borran evidencia, sobornan, amenazan y manipulan los medios.
-Julieta... eso no puede quedar así. Debe de haber más niñas sufriendo eso.