Futuro incierto

Capítulo 1


Desperté en un lugar frío cuyo ambiente era envuelto por un incómodo olor a medicamentos que no lograba reconocer. Notaba una ligera molestia en la nariz y un carraspeo en la garganta. La luz que desprendía la habitación me producía un fuerte dolor de cabeza, lo que me dificultaba abrir los ojos por completo. Debajo notaba un duro pero cómodo colchón; puesto que reconocía mi cama al instante por su dureza e incomodidad, estaba claro que no estaba en casa. Las sábanas calientes revelaban que llevaba mucho rato allí y, a pesar de echar en falta el calor de mi pijama bajo aquella fina tela, notaba que otra ropa, aunque no mucho más gruesa, me envolvía.
Los párpados me pesaban toneladas, pero poco a poco fui logrando abrirlos. Empecé a visualizar una figura que me resultaba conocida, en la parte derecha de la habitación, muy cerca de mí. Cuando esta reparó en mis movimientos, se levantó con rapidez del asiento en el que estaba acomodada, acercó la mano a un aparato situado detrás de mí y que yo no podía ver, y se acercó a mi rostro.
―¿Mamá…? 
Apenas conseguí que mi voz se escuchara.
―Sí, cariño. 
Su voz sonaba preocupada, pero a la vez aliviada.
―¿Dónde estoy? 
Esta vez conseguí pronunciar todas las palabras con un tono más elevado. Intenté mirar a mi alrededor para averiguar dónde me situaba y, aunque mi visión se iba aclarando poco a poco, no conseguía reconocer nada. En la pared de enfrente se sostenía un televisor sobre una estantería, una cama vacía a mi lado izquierdo, y la luz que tanto me molestaba procedía de una puerta de cristal a mi derecha, cubierta por cortinas blancas. ¿Un hospital?
―¿Qué… qué ha pasado?
―Ssshh. Tranquila, ya ha pasado todo ―dijo mientras me ponía la mano en la frente y me acariciaba la cara.
Ese gesto me hizo saber que lo que me molestaba en la nariz eran unos finos tubos que se introducían por ella; al notar cómo sus dedos los rozaban, me producía un hormigueo por los orificios. 
Acto seguido, una mujer de bata blanca entró a la habitación. La puerta estaba oculta en un rincón por la pared del cuarto de baño.
―Por favor, llame al doctor ―le ordenó mi madre.
―¿Se ha despertado?
―Sí.
La mujer dio media vuelta y desapareció tras la pared. 
Estaba desconcertada, no sabía qué estaba haciendo ahí y mucho menos el porqué. Además de notar que todos mis músculos pesaban toneladas, el dolor de cabeza se intensificaba.
―Mamá… ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué estoy haciendo aquí?
―No hables. El doctor tiene que estar a punto de llegar.
―Sí, pero…
―¿Dónde está la bella durmiente?
Una voz masculina, grave y con alegría entró por la puerta como Pedro por su casa. Era un hombre mayor, alto y robusto, con todo el pelo y la barba blanca, con gafas y bigote espeso. Al principio me recordó a la típica imagen que se le daba al Papá Noel, pero, en vez de su traje navideño, este se encontraba con una larga bata blanca en cuya parte superior mostraba el nudo de su corbata de rayas azules y grises, dejando visible el cuello de su camisa azul. Alrededor de su nuca llevaba colgado un estetoscopio. 
―Vamos a ver… ―se puso a mi lado―. ¿Cómo te encuentras? 
―No lo sé… ¿Pesada…? Apenas puedo moverme…
Se sentó en la cama y sacó un tensiómetro colgado por encima de mi cabeza.
―Bueno, eso es normal. Llevas un mes en coma. 
Me colocó en el brazo el aparato, que empezó a inflarse automáticamente después de manipular los botones correspondientes.
―¿Un mes en coma? 
La goma empezaba a apretarme.
―Sí. Has tenido mucha suerte de que la bala no tocara ningún punto vital. 
El aparato paró de inflarse y el doctor prestó atención a mi tensión.
―¿Una bala?
―Cariño, ¿no recuerdas nada? ―me preguntó mi madre, pero mis ojos desconcertados le respondieron enseguida.
―Alguien te disparó a la cabeza y la bala penetró hasta el lóbulo temporal ―aclaró el doctor como si fuera una historia más para él.  
Se levantó y empezó a recoger el tensiómetro. 
―Bueno, estás bien. De todas formas, tendremos que hacerte unas pequeñas pruebas más. Sigue mi dedo. 
Ubicó su dedo a una distancia prudencial y me hizo seguirlo con la vista de derecha a izquierda, arriba y abajo. 
―Bueno, estarás en observación y veremos cómo respondes a las pruebas. Tenemos que asegurarnos de que no tienes nada dañado. Ahora descansa, dentro de un rato vendremos a por ti para hacerte esas pruebas.
Llevaba poco rato despierta, pero aun así mis párpados volvían a pesar. El tacto de la mano de mi madre cogiendo la mía me reconfortaba, y apenas vi cómo el doctor salía de la habitación me quedé profundamente dormida.

 

Había pasado todo un mes de pruebas y rehabilitación antes de conseguir llegar a casa. Al parecer era todo un milagro seguir viva, pero lo era todavía más no tener secuelas. Según palabras textuales del doctor, era yo «un milagro andante». De todas formas, seguía necesitando las muletas para ayudarme a andar, pues todavía no había recuperado la totalidad de mi fuerza muscular.
Estaba sentada en el coche, esperando a que mi madre pudiera abrirme la puerta y ayudarme a salir. Me coloqué las muletas bajo las axilas mientras ella cerraba la puerta tras de mí, y después abrió la trasera para coger la mochila con todas las pertenencias que había necesitado durante todo este tiempo en el hospital. 
Durante mi estancia allí recibí unas visitas inesperadas por parte de la policía, que tenía intenciones de tomarme declaración respecto al día que me dispararon, pero, puesto que no conseguía que mi memoria recordara ese fatídico día, poco les pude ayudar. Me dijeron que podía estar sufriendo un shock postraumático pero que, con el tiempo y con ayuda psicológica, podría conseguir recordar. No estaba segura de si eso era lo que quería El miedo a recordar algo que estuvo a punto de acabar con mi vida no era una de mis prioridades en aquellos momentos.
Miré la entrada de la casa y me pareció que había estado toda una eternidad fuera. No conseguía concretar la última vez que había estado allí. 
Al entrar se percibía el poco tiempo que había dedicado mi madre a la casa pues, aunque las cosas estuvieran recogidas, se podía ver el polvo por encima de los muebles y el suelo ligeramente opaco ante su fina suciedad Me esperaba que a mi retorno hubiera hecho cambios en el amueblado. Normalmente, cuando tenía alguna preocupación, se dedicaba a cambiar las cosas de sitio y a tirar los trastos viejos para cambiarlos por los nuevos. Pero todo seguía en su sitio: el comedor, a la izquierda, conservaba los muebles de siempre, y la cocina, a la derecha, acumulaba platos por fregar en el fregadero. Le había robado mucho tiempo en el hospital y había descuidado todo lo demás por mí
Mi madre, con la mochila a cuestas, se encaminó hacia las escaleras situadas enfrente de la entrada y que conducían a las habitaciones del segundo piso. Aun así, notaba la ausencia de algo o, mejor dicho, de alguien. Alguien que siempre me había dado la bienvenida cuando llegaba a casa.
―¿Y Lucky?
―Lo dejé en casa de tu tía Rosalía. No podía cuidar de él estando en el hospital.
Lucky es mi perro y, aunque no es de raza pura, es el mejor perro que he tenido nunca, mi mejor amigo desde que nos trasladamos a este pueblo: Ejea de los Caballeros, en Zaragoza. Mi tía Rosalía vivía a tan solo tres manzanas de aquí y, después de que mi madre se divorciara de mi padre, nos vimos obligadas a trasladarnos. ¿Y qué mejor sitio que un lugar muerto del aburrimiento, alejado de todo y con una tía que ni siquiera conoces?
―¿Podrás subir sola?
―Sí. Con calma y buena letra algún día conseguiré llegar…
―Bueno, mira el lado positivo: por una temporada faltarás a las clases. 
Su sonrisa se me contagió. Mi madre, una persona que no aceptaba la ausencia escolar a no ser que fuera irremediable, se permitió bromear sobre ello con tal de subirme la moral. 
Ella ya había llegado arriba cuando todavía pisaba el quinto escalón. Me costaba acostumbrarme a mis piernas de refuerzo. Cuando al fin conseguí llegar, me adentré a mi habitación, que seguía exactamente igual, como todo lo demás.
―Eso del centro habrá que pensárselo ―comenté.
―¿Qué quieres decir? 
Mi madre empezó a sacar las cosas de la mochila, colocando colonias, desodorantes y ropa interior en sus respectivos lugares. 
―Que vaya con muletas no significa que esté en cama ni que esté inválida… Puedo ir perfectamente.
―Pero, hija, todavía no estás suficientemente fuerte para poder ir. Necesitas descansar.
―Creo que ya he descansado suficiente, ¿no te parece?
Un mes en coma y otro mes en cama había acabado con mi necesidad de descansar por años. Mi madre se detuvo un momento, me miró y se quedó unos segundos en silencio, pensativa.
―Como tú veas, pero creo que deberías quedarte en casa. Al menos durante un tiempo.
―Mamá… ―suspiré. No podía pretender encerrarme para siempre con intenciones de protegerme de los peligros―. Ya he faltado suficiente a clase y si sigo así, el año que viene tendré que repetir, y lo cierto es que eso no está en mis planes. ¿No eras tú la que siempre decía que hay que seguir adelante pasara lo que pasara?
―Eso fue antes de que pasara… todo esto
Su gesticulación de manos y brazos, que a veces hacía cuando estaba a la defensiva o intentando razonar en voz alta, me sacaban una sonrisa, pues la mayoría de las veces lo hacía para exagerar la situación y para que la otra persona se acobardara. Me relajé y se me escapó una leve sonrisa. No quería enfrascarme con ella pero tampoco que ganara esa conversación, así que con mi silencio conseguí también el suyo. Miró la mochila ya vacía, pensativa. 
―Está bien… 
Hizo una pausa para coger la mochila del asa y devolverla donde siempre había estado, al lado del somier. Luego se volteó hacia mí y continuó:
―Pero sigue mi consejo cuando te digo que no te des prisa en volver. No pasa nada por atrasar las cosas un tiempo. Podrías tomártelo como un año sabático… 
Se acercó y me besó en la mejilla. 
―Te quiero, mi niña.
―Y yo a ti…
Salió de mi habitación, cerrando la puerta tras ella. Me dirigí a la puerta de mi armario, la abrí y miré el espejo de cuerpo entero que se escondía pegada detrás de ella. 
Tenía una pinta pésima. Mi piel se había vuelto pálida, lo que pronunciaba las ojeras. Levanté la muñeca derecha donde se me notaba el pinchazo en el que había estado situado el catéter para introducirme el suero, lo toqué con el dedo índice y todavía me parecía notarlo. 
Me acerqué todavía más al espejo para poder observar aquella cicatriz circular y con piel mal recreada cerca de la sien, aquella que se podía ocultar bajo un pequeño flequillo con facilidad, pero con la que tenía que convivir el resto de mi vida recordándome constantemente lo cerca que había estado de la muerte. Estaba claro que alguien me había disparado con intenciones de matarme. Podría haber sido producto de un atraco que salió mal, pero la policía había descartado esa posibilidad pues no faltaba nada en mi cartera ni nada que llevara de valor. ¿Quién querría matar a una chica de diecisiete años? Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Que yo sepa, no estaba metida en ningún lío, pero había muchos indicios que apuntaban a la venganza. ¿Qué había hecho yo para que alguien quisiera vengarse de mí?



Esmeralda Muñoz

Editado: 18.03.2018

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