Grisel terminó de guardar sus últimas pertenencias.
La habitación estaba casi vacía.
Sobre una de las camas había dejado una libreta.
No era un regalo.
Bueno... quizás sí.
Era una lista.
Ámbar la tomó y comenzó a leerla mientras Zafira y Olivia se acercaban por encima de su hombro.
—¿Qué es esto? —preguntó Olivia.
—Instrucciones.
—¿Instrucciones? —repitió Zafira.
Grisel asintió, intentando mantener una expresión seria.
—Como no voy a estar, alguien tiene que ocuparse de ciertas cosas.
Ámbar pasó la primera página.
Había anotaciones sobre pequeñas cosas que Grisel consideraba importantes.
No quedarse pegadas al teléfono todo el día.
Contarle cómo habían sido sus jornadas.
Avisarle si ocurría alguna novedad.
Y, sobre todo, no olvidarse de contarle qué estaban viviendo mientras ella estuviera afuera.
Después había una lista de canciones.
—¿Qué es esto? —preguntó Zafira.
—Canciones que descubrí.
—¿Y nos estás dejando tarea?
—Les estoy haciendo una recomendación musical.
—Ajá.
—Escúchenlas. Están buenísimas.
Olivia sonrió.
Más adelante había otra indicación.
Grisel quería que continuaran contándole sobre las series que acostumbraban ver.
No porque ella las mirara.
Grisel no tenía paciencia para sentarse a seguir una serie capítulo tras capítulo.
Pero quería saber qué estaban viendo.
Quería que le contaran qué había ocurrido, qué les había parecido y, sobre todo, qué les había dejado cada historia.
No quería perderse sus conversaciones.
No quería quedarse afuera de aquello que las otras tres seguirían viviendo mientras ella no estuviera.
La libreta era, en realidad, una manera de permanecer cerca.
De saber cómo evolucionaban.
De seguir formando parte de sus vidas aunque ya no compartieran aquella habitación.
Grisel cerró la mochila.
—No quiero perderme nada —dijo.
Las otras tres dejaron de bromear.
Ámbar fue la primera en abrazarla.
Después Zafira.
Después Olivia.
Y finalmente las cuatro quedaron abrazadas.
Hubo risas.
Hubo promesas.
Y, como era inevitable, también hubo lágrimas.
—Nos vas a hacer mucha falta —murmuró Olivia.
Grisel la apretó con fuerza.
—Ustedes también a mí.
—Pero no te vas a librar de nosotras —dijo Zafira—. Vamos a estar ahí.
—Aunque sea desde lejos —agregó Ámbar.
—Y aunque sea solamente para escucharte quejarte —dijo Olivia entre lágrimas.
Grisel soltó una pequeña carcajada.
—Eso sí que no cambia.
Se separaron.
Las tres sabían que no tenía sentido acompañarla hasta la puerta.
Si lo hacían, probablemente ninguna conseguiría contener las lágrimas.
Así que Grisel tomó sus cosas y salió sola.
Caminó por el pasillo hasta la dirección.
La Institutriz ya la estaba esperando.
—Grisel.
Ella entró.
—Sentate.
Grisel ocupó la silla del otro lado del escritorio.
La Institutriz tomó una carpeta y la dejó frente a ella.
Mientras la acercaba, Grisel levantó la mirada.
Entonces vio la fotografía.
Estaba colocada sobre uno de los muebles detrás del escritorio, en un ángulo que podía verse perfectamente desde donde estaba sentada.
Sus abuelos prestados.
Ágata y Tisha.
Ya no estaban abrazados como en aquella última salida.
Grisel los observó durante unos segundos.
Y sonrió.
Recordó aquella tarde.
Los dos caminando con ella.
Las conversaciones.
Las pequeñas atenciones.
Todo aquello que habían hecho para que nunca sintiera que estaba completamente sola.
Había crecido.
Ahora lo comprendía.
Durante años había pensado en el día en que tendría que abandonar aquel lugar.
Ahora ese día había llegado.
Iba a extrañarlos muchísimo.
Y también iba a extrañar a la Institutriz.
La respetaba profundamente.
Todo lo que sabía.
Todo lo que había aprendido.
Buena parte de la mujer en la que se había convertido se la debía a aquella persona que había estado allí durante tantos años.
Grisel bajó la mirada hacia la carpeta.
—¿Qué es?
La Institutriz apoyó una mano sobre ella.
—Alguien dejó esto para vos.
Grisel frunció el ceño.
—¿Para mí?
—Sos la primera en salir.
La carpeta tenía varios documentos.
—Yo, si fuera vos, leería atentamente todo lo que hay ahí.
Grisel levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque no dudaría demasiado en aceptar la propuesta.
Eso consiguió despertar todavía más su curiosidad.
La Institutriz continuó:
—Allá afuera no es lo mismo que acá adentro. Necesitás un lugar donde dormir, dinero para vivir y una manera de empezar. Con las manos vacías, el mundo puede ser bastante cruel.
Grisel abrió la carpeta.
Leyó.
Sus ojos se fueron abriendo poco a poco.
El documento era un contrato.
La propuesta era sencilla de entender.
Le proporcionarían un apartamento que quedaría destinado a las cuatro.
Grisel sería la responsable del inmueble por ser la mayor.
Pero había una condición.
Debía comprometerse a ir a buscar, al año siguiente, a Ámbar y Zafira Montiel al orfanato y llevarlas a vivir con ella.
Y, un año después, las tres deberían regresar para buscar a Olivia.
Las cuatro terminarían viviendo juntas.
Grisel siguió leyendo.
El apartamento tenía cocina, living, comedor, balcón, zona de lavado, baño de visitas y cuatro dormitorios.
Cada dormitorio contaba con baño privado y espacio de guardado.
Estaría amueblado con lo necesario.
También se le proporcionaría un depósito de cincuenta mil dólares para afrontar ese primer año.
Alimentos.
Ropa.
Calzado.
Transporte.
Cualquier necesidad que apareciera mientras comenzaba su nueva vida.
Grisel dejó escapar el aire lentamente.
Todavía no terminaba de comprenderlo.
Había más.
Una tarjeta bancaria.
Una cuenta ya preparada.
Y una tarjeta con los datos de un laboratorio.
Un lugar donde la estaban esperando.
Como ayudante de laboratorista.
La propuesta no había aparecido al azar.
El laboratorio conocía sus capacidades, la manera en que trabajaba y el área que le interesaba.
Grisel volvió a mirar el documento.
Por primera vez en mucho tiempo, su cabeza dejó de pensar en el problema y comenzó a pensar en la posibilidad.
¿Quién había hecho aquello?
¿Y por qué?
Su primera idea fue inevitable.
Sus padres biológicos.
Bueno... los padres biológicos de alguna de ellas.
Y entonces pensó en Olivia.
Quizás eran ellos.
Quizás habían descubierto el vínculo que las cuatro habían construido.
Quizás sabían que Olivia no quería separarse de las otras.
Y, en lugar de buscar solamente a su hija, habían decidido asegurarse de que las cuatro permanecieran juntas.
Que Grisel pudiera salir primero.
Que tuviera una casa.
Un trabajo.
Dinero.
Que pudiera recibir a Ámbar y Zafira al año siguiente.
Y que después las tres pudieran volver por Olivia.
La idea tenía sentido.
Al menos para ella.
Grisel volvió a leer el contrato.
No había una fecha límite para hacerse cargo de ellas.
No decía que después de cierto tiempo tendría que abandonar el apartamento.
El compromiso era claro:
cuidarlas,
reunirlas,
y hacerse responsable de que las cuatro pudieran construir una vida juntas.
Levantó la mirada.
—¿Esto es real?
La Institutriz sonrió.
—Sí.
Grisel volvió a mirar los documentos.
Durante más de un mes había estado pensando en lo peor.
Había imaginado salir de allí sin nada.
Sin casa.
Sin comida.
Sin ropa suficiente.
Sin trabajo.
Sin un currículum que pudiera presentar en cualquier lugar.
Sabía hacer muchas cosas.
Había recibido una formación extraordinaria.
Pero saber hacer algo no significaba necesariamente saber cómo empezar una vida en una ciudad que no conocía.
Había pasado noches enteras pensando en aquello.
Y ahora alguien había abierto una puerta.
No le habían regalado una vida.
Le habían dado la posibilidad de construirla.
Y, además, había algo más.
Las otras tres estaban incluidas.
Grisel sonrió.
—Yo pensé que me iban a dar un monoambiente.
—Era una de las posibilidades.
—¿Y las chicas?
—No iba a dejar que salieras de acá para terminar en la calle.
Grisel soltó una risa nerviosa.
—Entonces tenía dos opciones.
—Exactamente.
—Un monoambiente, buscar trabajo, ver cómo comía...
—O aceptar esto.
Grisel volvió a mirar la carpeta.
La Institutriz se recostó ligeramente en su silla.
—Por eso te dije que, si fuera vos, no lo pensaría demasiado. Lo que yo puedo ofrecerte es limitado. Esto te permite mucho más.
Grisel bajó la mirada.
Tomó la lapicera.
Firmó.
Después de hacerlo, recibió las llaves del apartamento, la documentación correspondiente y la tarjeta bancaria.
Las sostuvo entre los dedos.
Todavía parecía imposible.
—Gracias.
La Institutriz la observó en silencio.
Grisel se puso de pie.
Miró una última vez la fotografía de Ágata y Tisha.
Esta vez sonrió más ampliamente.
Después abrazó a la Institutriz.
—Gracias por todo.
Se separaron.
Grisel tomó sus pertenencias.
Y salió.
Apenas estuvo en el pasillo, sacó el teléfono.
Abrió Google Maps.
Introdujo la dirección del apartamento.
La pantalla mostró el recorrido.
Grisel miró el mapa.
Después miró las llaves.
Volvió a mirar el mapa.
Y finalmente sonrió.
Una sonrisa enorme.
Por primera vez desde que había comenzado a pensar en su salida, no estaba imaginando cómo sobrevivir.
Estaba pensando en cómo empezar.
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Editado: 24.09.2026