Llegan al nuevo instituto a estrenar una pareja con dos personitas de 6 años.
Este centro estudiantil estaba destinado a alumnos que no encajaban en el sistema educativo convencional. La institución era impecable, levantada desde los cimientos en un blanco absoluto que lo cubría todo. Parte del techo de la segunda planta era de vidrio y, en uno de los sectores, había un telescopio.
Eran dos niñas gemelas idénticas, preciosas, con una inteligencia fuera de escala, clavada en un coeficiente intelectual de 189.
Tenían una mirada sumamente suave, unos ojos turquesa claros, dulces y curiosos, bien abiertos, acompañados de una expresión de sorpresa y emoción. Absorbían el entorno con una calma impropia de su edad.
El complejo había sido diseñado y construido exclusivamente para ellas y para un grupo de niños con capacidades similares. Sus propios padres, junto con un grupo de amigos de la universidad —científicos como ellos—, habían llevado adelante el proyecto.
El impulso era proteger a los niños.
Sabían que mentes así no pasarían desapercibidas y temían que el gobierno pusiera los ojos sobre ellos otra vez, para reclutarlos, manipularlos o utilizarlos como si fueran robots, miedo justificado de padres primerizos.
Aquel lugar sería su refugio perfecto: un espacio donde pudieran aprender y desarrollarse sin convertirse en objetos de estudio ni quedar a merced de intereses externos. Un entorno diseñado para garantizarles un futuro a su medida, rodeados de un equipo que cuidara su integridad en todos los ámbitos.
Para sus seis años, el lugar era un verdadero paraíso de aprendizaje temprano.
No había juguetes comunes.
A su disposición tenían áreas enteras equipadas con instrumental científico adecuado para su estatura, mesadas adaptadas y materiales con los que podían experimentar jugando.
Al crecer rodeadas de adultos científicos y de mentes brillantes que hacían las veces de maestros y profesores, las niñas devoraban el conocimiento a una velocidad pasmosa.
A través del juego, de las preguntas constantes y de observar trabajar a quienes las rodeaban, su capacidad hizo que el tiempo convencional se desmoronara.
Mientras una persona normalmente terminaba una carrera universitaria alrededor de los veinticuatro o veinticinco años, ellas, con apenas trece, ya se estaban graduando de la universidad y tenían sus carreras completamente definidas.
Aquel instituto de paredes blancas, construido para mantenerlas a salvo, vio cómo crecían jugando a investigar y experimentando sin prisa.
Con los años, ya en la adolescencia, cada una tomó su propio rumbo y eligió especialidades diferentes.
Por separado, cada una creaba cosas ingeniosas y brillantes.
Pero la verdadera magia ocurría cuando volvían a juntarse.
Sus dos mentes fusionadas trabajaban como un solo engranaje perfecto, formando una potencia creativa inigualable.
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9 AÑOS MAS TARDE:
Aquellas niñas de ojos turquesa hermosos que habían llegado con sus padres a los seis años al instituto que habían creado para su seguridad ahora tenían quince.
Ambas estaban súper emocionadas.
Faltaban pocos meses para que cumplieran dieciséis y el proyecto que llevaban varios meses desarrollando junto con un equipo técnico estaba prácticamente terminado.
Una de las hermanas se encargaba de indicarles a los ingenieros cómo debía verse la máquina que estaban ensamblando y cuáles eran los últimos detalles que todavía faltaban.
La estructura era bastante compacta.
Tenía una base circular, similar a las plataformas que se utilizaban en los salones donde vendían vestidos de novia. Ellas habían tomado aquella idea y habían hecho una plataforma hueca en el centro.
Allí iba un círculo grueso de vidrio, como un plato giratorio de vidrio de gran espesor. En su centro se encontraba un eje, incrustado en la estructura.
A ambos lados de la plataforma se levantaban dos columnas de metal de unos diez centímetros de ancho. Si las hermanas estiraban los brazos, podían tocar ambas con las puntas de los dedos.
En las caras exteriores de aquellas columnas se encontraba el sistema de teclas numéricas, acompañado por una pequeña pantalla que se extendía a lo largo.
Las columnas también tenían pequeñas luces que establecían una conexión con el cuerpo de la persona que se encontrara en el centro de la máquina. Aquellas luces indicaban dónde debía pararse y cómo debía posicionarse.
Fuera lo que fuese que colocaran allí, tenía que quedar perfectamente centrado.
La pieza que debía ir dentro de ese círculo era una piedra.
Sus padres la encontraron al excavar el terreno para construir la institución, donde aprendieron jugando, el mismo lugar donde las dos hermanas habían estudiado y aprendido todo lo que sabían hasta ese momento.
Cada vez que recordaban aquello, no sentían otra cosa que agradecimiento por sus padres.
La emoción de ver finalmente cómo funcionaría aquel aparato, sabiendo que solo faltaban los últimos detalles, podía con Alexandrite, la menor de las hermanas.
Esta fue hasta el sector donde se encontraba Topacio y le informó.
—Ya está prácticamente todo listo.
Topacio levantó la mirada y sonrió.
—Cuando quieras, le pido al equipo que coloque la piedra.
Todos estaban al tanto del movimiento, estaban preparados para hacerlo.
Debía ser movida con sumo cuidado.
La emoción las pudo, así que inmediatamente se pusieron manos a la obra.
Entre todos, cargaron la piedra y la llevaron hasta la máquina.
Pero al ver esa base, descubrieron un problema.
El eje que se encontraba allí ocupaba justamente el lugar donde debía quedar la piedra.
Así que no podían ponerla.
Los ingenieros se enteraron en ese instante de qué era exactamente lo que debía colocarse en aquel espacio y miraron a Alexandrite.
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manipulacion genetica, misterio de identidad, misterio conspirativo
Editado: 24.09.2026