El edificio se alzaba imponente, completamente negro por fuera, con una modernidad que contrastaba con la época. Era un laboratorio enorme, de dos plantas, con paredes laterales hechas de ventanales kilométricos que iban desde el piso de la planta baja hasta el techo del segundo piso, dejando entrar la luz a borbotones sobre un interior inmenso y perfectamente sectorizado, donde había espacio para desarrollar prácticamente cualquier cosa.
Por fuera, aquel lugar era conocido como el Diamante Negro.
En la entrada principal, el protocolo era estricto. Por cuestiones de seguridad y por la sensibilidad de las investigaciones —donde cualquier mínima pieza metálica o incluso una moneda podía arruinar un experimento—, el personal indicó a los recién llegados que debían pasar primero por el vestíbulo.
El par de gemelas caminó hacia allí.
Tenían apenas quince años. Eran idénticas, de piel clara y luminosa, con unas cejas de castaño oscuro bien definido que resaltaban de manera casi irreal sobre un cabello completamente blanco, níveo, y unos ojos de un violeta tan intenso que resultaba imposible dejar de mirarlas.
Nadie podía apartar los ojos de ellas.
Parecían salidas de una fábula literaria.
Mientras se despojaban de todo en el vestíbulo —aros, anillos, cadenitas y cualquier otro rastro de metal—, cada objeto quedó guardado de forma segura dentro de un locker. Después se cambiaron de ropa.
Se pusieron un uniforme compuesto por un pantalón cómodo y una casaca y, por encima, la clásica túnica de laboratorio.
En una habitación contigua, bajo las mismas reglas, sus padres hicieron lo mismo.
Mientras se abrochaban las túnicas, las dos chicas no paraban de hablar, conteniendo los nervios y la emoción que tenían a flor de piel.
—Tenemos que hacerlo bien —le decía Tanzanita a su hermana en un susurro cómplice—. Queremos hacer avanzar al mundo, pero no tenemos un peso y tampoco le vamos a pedir nada a nuestros padres.
Amatista asintió mientras terminaba de vestirse.
—Así que lo resolvemos nosotras —continuó Tanzanita—. Crearemos algo revolucionario y listo.
—Perfecto —respondió la otra entre risas nerviosas—. Yo me encargo de toda la parte técnica y física. Vos concentrate en los componentes e investigá todo lo que podamos.
Acuerdo cerrado.
Cuando los cuatro salieron del vestuario ya cambiados, el personal del laboratorio los recibió con aplausos y felicitaciones cálidas.
Para las chicas era un honor absoluto estar allí, rodeadas de mentes brillantes que ya habían realizado grandes descubrimientos y que ahora iban a guiarlas.
El recorrido continuó hasta mostrarles las instalaciones.
Detrás del edificio principal estaban las habitaciones de los jóvenes talentos que vivían allí. En ese momento, contando a Tanzanita y Amatista, eran apenas cuatro en total los jóvenes que desarrollaban sus creaciones dentro del complejo.
La regla era clara: de lunes a viernes vivían y dormían en el Diamante Negro. Solo los fines de semana volvían a sus casas.
El primer día prometía ser largo.
El verdadero problema iba a ser convencerlas de que se fueran a dormir, porque tenían la cabeza explotando de ideas.
Fue entonces cuando las recibió un hombre joven, un poco mayor que ellas, de porte imponente, presencia fuerte y una personalidad que llamaba la atención de inmediato.
Pero, más que nada, llamaban la atención sus ojos.
Tampoco era algo común, heterocromía.
Sin embargo, ambas dejaron de verlo como algo extraño casi de inmediato. Ellas sabían perfectamente lo que se sentía recibir esa clase de miradas.
Al verlo, las dos pensaron exactamente lo mismo, en silencio:
Este tipo es muy particular.
El saludo respetuoso que sus padres le ofrecieron al joven, acompañado además de un afectuoso recibimiento, hizo que ambas se miraran sin entender absolutamente nada.
Pero no hubo tiempo para distracciones.
A su alrededor se extendía un universo infinito de herramientas, tecnología de punta y especialistas listos para colaborar.
El entusiasmo de las chicas era absoluto.
El futuro, literalmente, empezaba ahí adentro.
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Editado: 24.09.2026