La casona del orfanato se alzaba imponente y triste, con sus tres pisos de estructura gastada. La pintura se caía a pedazos de las paredes y el revoque mostraba las cicatrices de la humedad y de los años. Era un edificio viejo, de esos que parecen abandonados incluso con gente adentro.
La entrada principal se elevaba sobre una escalinata flanqueada por puertas altas, enormes y pesadas, de madera antigua. Abajo, el patio ya no tenía juegos infantiles en funcionamiento; los viejos columpios y las estructuras metálicas seguían allí, convertidos en chatarra inútil, rodeados por un pasto largo, descuidado y amarillento por las fuertes heladas de la temporada.
Desde aquella puerta hasta los portones de la calle había un trecho largo que cruzar. El terreno estaba rodeado por muros altos de concreto que apenas podían verse: estaban completamente cubiertos por una maraña espesa de enredaderas secas que trepaban sin control.
Olivia, la última en salir, la que se había quedado sola todo ese año mientras las otras ya llevaban tiempo afuera —Zafira y Ámbar un año antes, Grisel dos años antes—, caminaba por aquel sendero de tierra fría.
A unos diez metros de llegar, cuando distinguió los portones herrumbrosos, de dos metros y medio de altura, el corazón le dio un vuelco y empezó a apurar el paso.
Ya no aguantaba más.
Quería cruzar ese límite y sacarse de encima, de una vez por todas, el encierro.
Del otro lado del portón la esperaban las tres.
Ámbar estaba parada firme, abrigada con una gabardina negra larga, lista por si empezaba a caer agua. Llevaba una boina en la cabeza y botas altas, y se ajustaba bien el cuello del saco contra el viento helado.
Grisel, a su lado, llevaba una gabardina gris de paño pesado que le llegaba hasta los tobillos, guantes oscuros y una bufanda larga. No llevaba gorro. Tenía la mirada fija en el camino.
Zafira, más impaciente, era la que peor llevaba el frío. Tenía puesta la campera, un gorro de lana y la bufanda bien enroscada. Se frotaba las manos desesperada y se soplaba los dedos, intentando devolverles el calor a las puntas, porque llevaban un largo rato esperando que Olivia apareciera.
Olivia empujó el portón.
Las bisagras viejas soltaron un chirrido espantoso, un sonido de metal contra metal desgastado que cortó el silencio de la mañana.
En cuanto el espacio fue suficiente, no esperó más.
Se tiró literalmente encima de las tres.
El abrazo fue un estallido de gritos entrecortados y risas. Se abalanzaron unas sobre otras, chocando hombros y sacudiéndose dentro de aquel montón de abrigos oscuros.
—¡Al fin, carajo! ¡Salimos todas! —soltó una entre risas, mientras los brazos se apretaban con fuerza.
Hubo un par de lagrimitas, sí. No gritos desesperados ni llantos largos, porque durante todo ese tiempo habían seguido hablándose y viéndose por videollamadas y mensajes de WhatsApp. El contacto nunca se había cortado del todo.
Pero tenerlas ahí, sentirlas de verdad, respirando al lado, era otra cosa.
Por un minuto entero, hasta el frío en la cara pareció desaparecer.
Cuando finalmente se separaron, con los ojos un poco húmedos, caminaron directo hacia el auto estacionado a unos metros.
Grisel abrió la puerta del conductor y se metió al volante. Las demás subieron rápido: dos atrás y una al asiento delantero.
El motor arrancó sin vueltas.
Y el auto se alejó de aquel portón viejo, rumbo al apartamento.
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El auto se detuvo y las cuatro subieron al edificio.
Mientras esperaban que el ascensor estuviera disponible en el lobby, la emoción de Olivia era imposible de contener. No paraba de toquetear a sus hermanas: a una le agarraba los cachetes, a otra le acariciaba el pelo, se le colgaba del brazo a la siguiente y repetía una y otra vez que no podía creer que, al fin, volvieran a estar juntas de verdad.
Cuando el ascensor llegó, entraron apretadas entre abrigos y risas. Una de ellas marcó el botón del piso diez.
—Vivimos en el décimo —dijo una con naturalidad.
Olivia abrió los ojos de par en par.
—¡Ah, como el mes de nuestro cumpleaños!
La sorpresa le duró apenas un segundo antes de acordarse de algo.
—¡Che! Mañana es el día en que nos toca festejar el cumple de todas juntas. ¿Qué tienen preparado? Díganme que vamos a seguir con la costumbre de festejar el mismo día. Ustedes no festejaron solas sin mí, ¿verdad?
Las otras tres se miraron y sacudieron la cabeza entre risas.
—No, estás loca. ¿Cómo vamos a festejar sin vos?
Olivia sonrió.
Pero ahora estaban allí, juntas, y eso lo cambiaba todo.
Zafira sonrió para sí cuando el ascensor comenzó a subir.
Ella recordaba perfectamente lo que había sentido el año anterior, cuando le tocó mudarse y descubrió que el número del piso coincidía con el mes de su nacimiento.
Diez.
Había amado aquel departamento antes siquiera de conocerlo por dentro.
Cuando las puertas se abrieron, las cuatro salieron entre risas y entraron al apartamento.
Lo primero que hicieron fue sacarse las camperas y las bufandas para ponerse cómodas.
En cuanto Olivia vio su habitación, salió disparada por el pasillo.
—¡Mi habitación!
Se tiró de espaldas sobre la cama y empezó a patalear de la emoción, moviendo las piernas para todos lados mientras gritaba de pura felicidad.
Estaba ahí.
Adentro.
Libre.
Desde el pasillo, las otras tres se miraron en silencio.
Una levantó los hombros.
Otra hizo lo mismo.
Y las tres terminaron sonriendo.
Se entiende.
Estuvo un año entero encerrada sola.
Miramos, pero no juzgamos.
A los pocos segundos, Olivia apareció nuevamente por el pasillo con los ojos bien abiertos.
—¿Qué hay para comer? Porque tengo un hambre que me muero.
Las otras tres estallaron en carcajadas.
—Cuando no vos —le dijo Grisel con una sonrisa de hermana mayor.
Eran apenas las once de la mañana, ni siquiera era el mediodía. Pero las tres sabían perfectamente lo que a Olivia le gustaba y la estaban esperando.
Antes de ir a buscarla al orfanato, ya habían dejado todo preparado.
—A mover las manos, criatura. No porque hayas salido te vas a salvar —le marcaron entre risas—. Los platos están ahí, los cubiertos allá. Andá poniendo la mesa para las cuatro.
Olivia agarró los cubiertos y empezó a colocarlos a las corridas.
Una de sus hermanas se encargó de los vasos y las bebidas.
Grisel agarró la fuente del horno.
Otra llevó la ensalada liviana de guarnición.
Todo terminó sobre la mesa, todavía humeante.
Cuando se sentaron y desplegaron las servilletas, le sirvieron a Olivia una buena porción de pechuga de pollo asado con la guarnición.
A Olivia se le hizo agua la boca.
Apenas apoyaron los platos, se lanzó a comer con desesperación.
Las hermanas empezaron a hacerle preguntas sobre cómo había pasado el último tiempo.
Pero Olivia tenía tanta hambre y tantos nervios acumulados que se atiborró de pollo de inmediato.
No podía articular palabra.
Con la boca llena y los cachetes abultados, solo atinaba a mover la cabeza de arriba abajo o hacia los costados para decir que sí o que no, mientras intentaba tragar entre risas y bocados.
Las otras tres se miraron.
Y volvieron a reír.
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Editado: 24.09.2026