Grietas en la Niebla

Primera Parte: Capítulo 9

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¡Hola, gente! Espero que disfruten el capítulo. Si es así, no olviden guardar la novela en sus bibliotecas, dar like y comentar. 

Solo quería decirles que este mes voy a estar corrigiendo un poco los capítulos que ya están subidos. No va a haber cambios grandes, sólo un par de cosas de estilo y coherencia. Pero en fin, quería comentarles por si releen y ven que hay algo diferente.

¡Nos leemos!

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Raul no podía dejar de pensar en su conversación con Mike y Kath. Hasta hacía unos pocos meses ni siquiera sabía que tenía poderes y ahora de repente descubría que aquello era más común de lo que había supuesto. Que no era el fin del mundo, que todavía se podía tener amigos siendo un fenómeno. Que existía gente que había lidiado con esto desde siempre.

Le hubiera gustado charlar con ellos el día anterior, pero Mike se había esfumado en cuanto terminaron las clases y Kath ni siquiera pisó el colegio en primer lugar, así que tendría que esperar. Tampoco estaba muy seguro de exactamente qué les diría. ¿Cómo retomar casualmente una conversación sobre habilidades sobrenaturales con dos perfectos desconocidos? Ni siquiera sabía qué era lo que quería de ellos. ¿Que le explicasen cómo funcionaba ese lugar disparatado y aterrador que ellos llamaban La Niebla? ¿Que le enseñasen a usar su estúpida telequinesis, que empezaba a volverlo loco? ¿O quizás simplemente alguien que comprendiera lo ridículo que era todo de repente? ¿Un amigo?

Su terapeuta le había repetido incansablemente que los amigos eran fundamentales para superar el trauma. Que no debía aislarse y que debía tratar de hablar con otras personas, además de ella y sus abuelos. Esta podía ser su oportunidad.

Raul nunca había sido precisamente la persona más sociable del mundo. No era tímido, tampoco demasiado conversador, pero tenía un grupo pequeño de amigos en Phoenix que aún le escribían de tanto en tanto para darle sus condolencias y preguntarle cómo estaba. Rara vez recibían respuesta.

Parecía tan tonto, tan injusto… La idea ridícula de entablar charlas casuales con alguien como si el mundo fuera el mismo que hace tres meses, como si su vida todavía tuviera sentido, como si sus padres y su hermana no hubieran sido masacrados en su propia casa hace exactamente noventa y siete días.

Como si los asesinos no anduvieran sueltos aún por las calles, porque la estúpida mente de Raul se negaba a recordar nada más que trozos inútiles de aquella noche.

Respiró hondo. La doctora Feller le había dicho que tenía que cortar con esos pensamientos. Que no tenía que forzarse a recordar. Que él no tenía la culpa.

¿Pero cómo podía no ser su culpa? Los asesinos lo habían dejado vivo a él. A él de entre todos. ¿Por qué? ¿Por qué había sobrevivido? ¿Qué querían de Raul? ¿Por qué no lo habían lastimado como a los demás?

¿Para guardarlo para después, quizás, como un perro que entierra un hueso?

Raul miró con ojos desorbitados hacia la cortina cerrada de la habitación. Su respiración empezaba a acelerarse.

No. Se dijo con firmeza. No te están espiando, Raul. No te obsesiones. No están allí.

¿Pero cómo podía saberlo? Estaban libres. Podían estar en cualquier parte del mundo, podían estar justo en la acera de enfrente. Podían estar planeando el asesinato de sus abuelos para aquella misma noche.

Quizás lo habían dejado libre para que pudiera guiarlos hasta ellos.

Quizás los estaba poniendo en peligro, como había hecho con sus padres y con Brianna.

Ahora estaba jadeando. Las manos le sudaban y su visión empezaba a emborronarse. No. No están allí, Raul. No lo hagas.

Pero lo necesitaba. Necesitaba comprobar que estaban a salvo, que no había peligro, que vivirían un día más.

Abrió el cajón de la mesa de luz y rebuscó a ciegas hasta encontrar el cuchillo de cocina que había escondido allí sin que sus abuelos lo supieran. Solo para estar completamente seguro, miró debajo de su cama y dentro del armario. Detrás de la puerta y en cada uno de los rincones sombríos del dormitorio. Entonces se dirigió hacia la ventana y corrió la cortina lentamente. No había nadie afuera. Suspiró de alivio y volvió a cerrarla.

Por ahora, estaban a salvo.

Decidió que lo mejor sería distraerse. No podía dejar que aquellas ideas lo dominaran, siempre que entraba en crisis las cosas de su habitación empezaban a flotar.

Volvió a chequear que todo estuviera en orden, solo una vez más, antes de guardar el cuchillo y sacar su tablet. Hacía bastante que tenía un comic inconcluso que quería terminar.

Pero una vez que estuvo acostado en la cama, con la espalda apoyada sobre los cojines y la banda sonora de Narnia brotando de los parlantes, con la tablet y la plumilla en las manos, no se le ocurrió nada para dibujar.

Generalmente dibujaba sus sueños. Era a la vez entretenido y catártico, lo ayudaba a pensar en algo más que en la inminencia de su muerte y su terapeuta decía que podría resultar útil. Pero no lo hacía porque fuera útil, simplemente era una buena forma de arrancarse las pesadillas de adentro, de volverlas tangibles e inofensivas. Simples personajes en un trozo de papel. Simples figuras en una galería de imágenes.



L.M. Halley

Editado: 01.03.2021

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