Grietas en la Niebla

Primera Parte: Capítulo 10

 

Era más de medianoche y Kath no podía dormir. No era realmente una novedad, rara vez conseguía dormir a esa hora. Tampoco le molestaba; mientras menos durmiera, menos probable era que la atacasen los entes de la Niebla. Y además su creatividad fluía mejor durante la noche.

Rasgó una nota desafinada en su guitarra y sus manos empezaron a tensar las cuerdas casi de forma autónoma. Kath repasó la melodía en su cabeza, mordiéndose el labio con concentración. Le faltaba algo, aunque no estaba segura de qué. Había modificado ligeramente los acordes, que antes sonaban demasiado coloridos para su gusto, pero aun así quedaba algo que no terminaba de gustarle. Algo que no estaba en su lugar.

Kath suspiró y se recostó sobre la cama. Quizás debería llevarla así al siguiente ensayo de la banda y preguntarles qué opinaban. Necesitaban nuevas canciones urgentemente. El señor Sanders, dueño del pequeño bar en que trabajaba Zac y que les permitía tocar de vez en cuando, les había dicho que tenían que llevar algo nuevo. Su clientela era bastante regular, no podía hacerlos escuchar lo mismo todos los fines de semana. Así que durante todas las vacaciones de verano se habían dedicado a componer nuevos temas para el repertorio. Los hermanos Cooper-Santianello eran sorprendentemente veloces para eso, y entre los dos habían escrito al menos una canción cada semana. Seguramente podrían ayudarla con esta. Zeke, el mellizo de Zac, era un genio con las letras.

Kath apoyó la guitarra sobre su vientre y comenzó a tocar libremente. Un poco torpes por la posición, pronto sus dedos hallaron el rastro del hábito y siguieron las notas conocidas de su canción favorita.

I’m so happy ‘cause today I found my friends, they’re in my head –cantó Kath en un susurro, los ojos cerrados. Quizás incluso podría dormirse antes de las tres de la mañana–. I’m so ugly, but that’s okay, ‘cause so are you…

Un grito proveniente de la habitación contigua la arrancó de su placidez y la hizo pegar un salto. La guitarra resbaló de su pecho y cayó sobre la cama con un golpe sordo. Kath se levantó en el acto y salió al pasillo. Becca.

El dormitorio de su hermana estaba a oscuras, pero un rayo de luz caía justo sobre la cama donde Becca se revolvía sin parar, gimiendo y murmurando en sueños. Se había arrancado la sábana de encima y las almohadas estaban esparcidas ilógicamente por el suelo. Sus párpados se movían como si estuviera tratando de abrirlos pero estuvieran pegados. Kath se sentó a su lado y le puso una mano sobre la frente. Becca se la sacudió.

–No, no, ¡no! –siseaba angustiada, y Kath vio que sus mejillas estaban húmedas del llanto–. Déjenme en paz, por favor, déjenme.

–Becca –la llamó su hermana, sujetándola de los hombros–. Rebecca, es una pesadilla. Despierta.

–¡No! ¡Suéltenme, suéltenme! –chilló Becca. Estaba jadeando, agitaba los brazos y las piernas de arriba abajo, forcejeando con seres que sólo ella veía. Kath la sacudió con fuerza–. Monstruos, monstruos. Déjenme en paz. Por favor, por favor. ¡Basta!

–Becca… –susurró Kath. Pero no estaba funcionando, no podía escucharla, estaba demasiado adentro del sueño como para ser consciente de cualquier otra cosa.

–No sé nada, por favor déjenme, no sé nada. No, no, no. Basta… –Chilló otra vez, aterrada, y comenzó a sollozar–. No sé nada, se está rompiendo todo. Por favor, ayuda, por favor.

Kath la miró. Era un solo un sueño, sí, pero los sueños no eran lo mismo para los duales, eran mucho más reales y aterradores. Y Becca estaba allí sola. No le pasaría nada, claro, apenas despertara estaría como nueva. No hacía falta ir a buscarla… Pero los gritos y el llanto eran demasiado para Kath. Era evidente que la estaba pasando muy mal. Era evidente que las grietas estaban haciendo de las suyas.

Kath suspiró y fue a sentarse a la silla del escritorio. Respiró profundo, como le había enseñado Maggie, y se concentró en su conexión con la Niebla.

No es necesario estar dormido para soñar.

La sensación de asfixia fue lo primero que la golpeó en cuanto supo que lo había conseguido. Tosió y su visión se llenó de estrellas. No entendía por qué últimamente le costaba tanto respirar en sueños, como si sus pulmones ya no pudieran asimilar el aire de la Niebla, como si su cuerpo no estuviera hecho para aquella atmósfera.

Como si realmente fuera una invasora, como decían los entes.

Jadeó, luchando por recuperar el aliento, y cuando finalmente pudo abrir los ojos para ver dónde estaba, casi se despierta de la impresión. Era mucho peor de lo que había imaginado.

El cielo se estaba cayendo a pedazos, como retazos de un cuadro que alguien hubiera decidido arrancar. Todo temblaba violentamente, y de hecho a Kath le costó ponerse en pie, no sólo por su propia agitación. Apenas llegaba a distinguir algo de lo que la rodeaba, pues apenas quedaba algo de ello. Trozos de lo que quizás había sido un bosque, un par de árboles tambaleantes,  el graznido ahogado de los pájaros, alguna que otra estrella en el cielo roto.

Y los entes. Y los entes dándose un festín con los soñadores confusos e indefensos. Estaban por todos lados y no había dónde esconderse.

Antes de que pudiera digerir la escena, Kath apareció en otro paisaje. Y en otro. Y en otro. Los tejidos oníricos caían como lluvia a su alrededor, todo se estaba viniendo abajo. Los paisajes naturales se mezclaban sin sentido con las ciudades, con los pueblos, con el espacio. Nevaba y al mismo tiempo florecían los árboles. Los peces flotaban sin necesidad de agua, los zombies devoraban cerebros, sonaba música de algún lado, caía sangre y azúcar de las nubes, y, por grotesco que pareciera, Kath reconoció a varios personajes famosos a su alrededor: dibujos animados, payasos horrendos, monstruos de películas de terror. Los sueños estaban convergiendo. Todos gritaban y corrían desesperados, sin saber dónde meterse.



L.M. Halley

Editado: 01.03.2021

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