Dylan
26 de marzo de 2006…
Mi respiración era irregular, pesada, como si cada bocanada de aire tuviera que abrirse paso a golpes dentro de mi pecho. Había recibido demasiado castigo en el segundo round.
“Ese bastardo no se cae… es muy resistente.”
—¡Escúchame, Dylan! Sigue así, mantén la distancia y recupérate. En el siguiente round lo noquearás —ordenó mi entrenador con esa voz que ya me estaba taladrando la cabeza—. ¡¿Me escuchaste, muchacho?!
Apreté la mandíbula con fuerza.
—Sí, entrenador —respondí, aunque el tono me salió más áspero de lo que pretendía.
“Claro… mantén la distancia”, pensé con desprecio. “Como si no estuviera viendo lo mismo que yo.”
Me puse de pie, sintiendo cómo cada músculo protestaba. Miré de reojo a ese idiota. Ahí estaba, tranquilo, seguro, como si no fuera yo el que estaba recibiendo los golpes.
“Si fuera por mí, lo habría noqueado en el tercer round en uno de esos intercambios.”
Pero no. Su maldito plan. Su estúpida estrategia de ir hacia atrás, de medir, de esperar, solo había conseguido que me desgastara round tras round.
“Y el que está ahí arriba soy yo, no tú.”
Round 5…
La campana sonó, y el ruido me atravesó el cráneo. Avancé, intentando mantener la media distancia, pero en cuanto di un paso, él ya estaba encima. Sus golpes llegaron como una ráfaga, obligándome a retroceder hasta las cuerdas. Cada impacto se hundía en mi cuerpo, arrancándome el aire, sacudiendo mis huesos.
“Maldito bastardo…” Apreté los puños hasta que me dolieron. Las palabras de mi entrenador resonaron en mi cabeza… y algo dentro de mí terminó de romperse. “¡Al diablo con el plan!” Levanté la guardia y me lancé al frente.
–¡Voy a matarte! –escupí entre dientes.
Entramos en un intercambio brutal. Cada golpe que lanzaba llevaba todo lo que tenía: frustración, rabia, orgullo. Solo deseaba verlo caer.
Entonces lo vi, su herida se abrió, una línea roja comenzó a correr por su rostro.
“Ahí… ese es el punto.” Me concentré en ese lado, golpeando una y otra vez, buscando cegarlo, obligarlo a retroceder. “¡Cae de una vez!”
En medio de un golpe, sentí algo extraño. Un hormigueo en mi brazo derecho. “¿Qué sucede?” Lo ignoré por un momento. Seguí golpeando. Otro intercambio.
Un golpe suyo conectó nuevamente en mi derecha y entonces… mi brazo cayó. Sin fuerza. Sin respuesta.
Lo miré de reojo, intentando moverlo, pero no reaccionó. “Mierda” Levanté la vista justo a tiempo para ver su gancho venir directo hacia mí…
—¡Maldito bastardo! —grité al incorporarme de golpe, mientras el aire regresaba bruscamente a mis pulmones y miraba alrededor, desorientado, con el corazón latiendo como si aún siguiera en plena pelea; parpadeé varias veces, intentando ubicarme entre las paredes, el pasillo y el ruido distante, hasta que finalmente lo reconocí—Estoy en el orfanato… —murmuré, comprendiendo casi de inmediato dónde me encontraba.
Todavía podía sentir la pelea en el cuerpo. La rabia seguía ahí, clavada bajo mi piel, sin salida.
Salí de mi habitación de mal humor. Apenas crucé la puerta, un grupo de niños pasó corriendo sin fijarse, y uno de ellos chocó conmigo y cayó al suelo.
—¡Tengan más cuidado! —solté, más fuerte de lo necesario, levantándolo con brusquedad.
El niño me miró con los ojos abiertos, asustado. Los otros se detuvieron apenas un segundo, tensos y luego siguieron corriendo.
Ese silencio momentáneo me golpeó más que cualquier puñetazo.
—Otra vez los asustaste.
La voz de mi madre llegó desde atrás.
Cerré los ojos un instante, irritado.
—Te dije que usaras un tono amable.
—Lo intenté —respondí, pasando a su lado sin mirarla, como si eso bastara para cerrar el tema.
Pero ella, como siempre, no se quedó atrás. Caminó junto a mí.
—Oh, entonces solo sigue practicando —dijo con una sonrisa suave, como si nada de eso fuera un problema.
Fruncí el ceño. “¿Cómo demonios puede estar siempre así…?” Metí las manos en los bolsillos, encorvando un poco los hombros.
—Creo que trabajar en el orfanato no es para mí —murmuré, más bajo esta vez, con un ceño de frustración que no pude ocultar.
No era solo por los niños, era esa sensación de no encajar, de volver a ser ese chico que no sabía cómo hablar, cómo acercarse, cómo no romperlo todo.
Ella no respondió de inmediato. Eso hizo que levantara la vista.
—No digas eso, hijo.
Ahí estaba esa palabra otra vez.
Hijo.
Todavía no terminaba de encajar del todo dentro de mí pero tampoco me era ajena.
—Solo practica, y verás cómo los niños empezarán a confiar en ti —continuó, con esa calma que parecía inquebrantable—. No olvides que tú también tardaste tu tiempo en confiar en mí.
Editado: 26.04.2026