Samantha Reyes siempre había creído que las personas normales resolvían sus problemas matrimoniales con una buena conversación, una cena tranquila o, en el peor de los casos, un portazo seguido de un silencio incómodo de dos días. Lo que jamás imaginó era que ella terminaría gritando en medio de su sala, con las manos temblando y el corazón a punto de salírsele por la boca, mirando el cuerpo inerte de su esposo tendido en el suelo de la cocina.
-Dios mío... Dios mío... ¡DIOS MÍO! -Su voz se quebró en un chillido que hizo que el loro, posado en su percha junto a la ventana, aleteara nervioso-. ¡He matado a mi marido!
Rodolfo, el loro -porque sí, Samantha le había puesto nombre de abuelo a un ave, y no pensaba dar explicaciones al respecto- repitió con su vocecita aguda y burlona:
-¡He matado a mi marido! ¡He matado a mi marido!
-¡Cállate, Rodolfo, esto no es momento de repetir cosas! -Samantha se llevó las manos a la cabeza, girando en círculos sin saber qué hacer.
Todo había comenzado, como casi todas las catástrofes en su matrimonio, con una discusión aparentemente insignificante. Sander había llegado tarde. Otra vez. Como piloto comercial, sus horarios eran un caos permanente, pero esta vez no había avisado, no había llamado, y para colmo había olvidado -por tercera semana consecutiva- que era el aniversario de cuando se conocieron, no el de la boda, sino el de cuando ella lo atendió en la clínica veterinaria después de que su perro, Bruno, se tragara medio calcetín.
-¡No puedo creer que lo hayas olvidado otra vez! -le había gritado Samantha esa tarde, con el delantal de la cocina todavía puesto y una vela a medio derretir sobre la mesa, testigo silencioso de una cena romántica que jamás sucedió.
-¡Samantha, tuve una emergencia en el aeropuerto, no es que decidiera "olvidarlo" a propósito! -respondió Sander, dejando su maleta de piloto junto a la puerta con más fuerza de la necesaria.
-¡Siempre tienes una excusa! ¡Siempre el trabajo, siempre el avión, siempre alguna emergencia convenientemente ubicada justo el día que algo me importa a mí!
-¿Convenientemente ubicada? ¿Estás insinuando que invento emergencias aéreas para no cenar contigo? -Sander se cruzó de brazos, con esa sonrisa torcida que sacaba de quicio a Samantha porque, aunque estuviera furiosa, seguía pareciéndole irritantemente atractivo-. Samantha, soy piloto, no mago. No puedo controlar el clima ni los desperfectos técnicos.
-¡Lo que puedes controlar es avisarme con un mensaje de texto! ¡Uno solo, Sander! ¡"Voy a llegar tarde" no son palabras tan difíciles de escribir!
Y así había continuado la discusión, subiendo de tono, repitiendo viejos reclamos -los celos de Sander cuando ella pasaba tiempo con sus colegas veterinarios, la manía de Samantha de organizar hasta el último detalle de la casa, la costumbre de él de dejar sus uniformes tirados por todas partes, la costumbre de ella de sermonearlo como si fuera uno de sus pacientes peludos- hasta que Sander, exasperado, soltó las palabras que encendieron la mecha final:
-¿Sabes qué? A veces creo que sería más fácil vivir solo con Bruno que contigo.
Silencio.
Un silencio tan denso que hasta Rodolfo dejó de moverse en su percha.
Samantha sintió que algo dentro de ella se quebraba, no de tristeza, sino de una furia fría y calculadora que solo las mujeres verdaderamente enamoradas -y verdaderamente hartas- pueden sentir.
-Perfecto -dijo, con una calma que asustó más a Sander que cualquier grito-. Entonces vive con Bruno.
Y se fue a la habitación, cerró la puerta con seguro, y no volvió a salir en toda la noche.
A la mañana siguiente, Sander se había marchado temprano a un vuelo de tres días a Europa. Samantha, todavía dolida, decidió que había llegado el momento de darle una lección que jamás olvidara. Habló con su mejor amiga, Valentina, quien -como buena cómplice de travesuras desde la universidad- sugirió el plan perfecto: cuando Sander volviera, Samantha fingiría haberse marchado. Maletas hechas, closet vacío, una nota fría sobre la mesa. Nada de gritos, nada de dramas. Solo el silencio de una casa vacía para que él, por primera vez, sintiera lo que era llegar y no encontrar a nadie esperándolo.
-Le va a doler el orgullo más que el corazón -había dicho Valentina, sirviéndose una copa de vino mientras ayudaba a Samantha a vaciar el clóset-. Pero funcionará. Sander te ama demasiado como para no darse cuenta de lo que perdió.
El problema fue que Sander, quien conocía a su esposa mejor de lo que ella imaginaba, sospechó del plan en el instante en que entró a la casa y encontró la maleta de Samantha -la vieja, la que ella nunca usaba porque tenía una rueda rota- apoyada estratégicamente junto a la puerta, como si hubiese sido colocada ahí para ser vista y no para ser usada.
Así que decidió jugar su propia carta.
Cuando escuchó que Samantha llegaba de la clínica esa tarde, se tiró al suelo de la cocina, fingiendo un desmayo dramático, con un frasco vacío de aspirinas junto a su mano y una expresión de sufrimiento digna de telenovela.
Su plan era simple: asustarla un poco, hacerle sentir el miedo de perderlo, y luego, cuando ella corriera desesperada a auxiliarlo, él abriría los ojos con una sonrisa y le diría "¿ves? esto se siente horrible, ¿cierto? Ahora imagina cómo me sentiría yo si de verdad te hubieras ido".
Un plan brillante.
Excepto por un pequeño detalle que Sander no consideró: Samantha, antes de llegar a casa, se había topado con Valentina, quien -presa de un ataque de nervios totalmente innecesario- le había advertido que "los hombres a veces hacen locuras cuando se sienten heridos" y le había contado la historia de un primo lejano que casi se intoxica por accidente después de una discusión con su esposa.
Entonces, cuando Samantha entró a su casa y encontró a Sander tirado en el suelo, pálido -porque efectivamente se había puesto un poco de talco en la cara para parecer más dramático-, con el frasco de aspirinas junto a él, su mente no procesó "mi esposo está fingiendo una broma". Su mente procesó, directamente, "MI ESPOSO SE INTOXICÓ POR MI CULPA".