Help me

Capítulo 20

Un saludito a Andrea Condori Cari y a los bellos helpiers que me apoyan, como lo es Lucy del Aire que me ha animado y emocionado con sus palabras. Espero que disfruten el capítulo.

 

—¡Corre, Fiamma! Yo lo distraigo. Tú ve y encuentra la salida —ordena con una convicción que jamás había visto en él.

No entiendo bien qué es lo que está ocurriendo, porque acepto que no quiero entenderlo. Y aunque mil y un preguntas se juntan en mi cabeza, además de palabras para intentar persuadirlo y hacerlo entrar en razón, termino por voltear, con todas esas confusiones persiguiéndome y alentándome al mismo tiempo. No quiero gastar el tiempo en tratar de entender un por qué cuando por más que quiera y él llegue a confesarlo no sé si en verdad detenga este desastre del cuál fuimos encerrados hace ya tiempo.

Lo que ahora en verdad importa es largarnos de aquí y es en lo único que debo pensar.

Por eso mismo, con toda la velocidad que el cuerpo me permite, llego al extremo del pasillo donde los restos de cristal junto con varias gotas de sangre continúan esparcidos por el suelo. Giro a la derecha como debía hacer desde un principio y continúo de frente hacia mi destino. Sé que está allí, porque pude verla, solo que recién ahora puedo procesar con mayor claridad lo que vi en el momento donde jugaba entre la delgada línea de la inconsciencia.

 En ese momento, al estar presionada con violencia sobre el vidrio por César o uno de sus secuaces, fue cuando pude ver lo que parecía ser lo que tanto habíamos buscado y por lo que habíamos recorrido aquel intrínseco laberinto: La puerta de salida. Justo allí, donde se nos había indicado. Y así como la recordé, más nítida y deslumbrante incluso, se presenta ante mí ampliándose con cada paso que doy y otorgándome una sensación ligada con la felicidad y la desesperación que me hace girar la manecilla en un exagerado movimiento, sin detallar demasiado alrededor.

Pero como habría de esperarse, solo consigo agitarla un poco. Repito esto varias veces ahogando un sollozo para terminar de confirmar que, está cerrada.

Como respuesta a esto, observo a su costado donde un tablero con números en luces azules delata lo obvio: Cerradura electrónica. Solo podría desbloquearla con un código de varios números los cuales no tengo ni la más mínima idea, por lo que por eso mismo doy un grito de exasperación.

Golpeo la puerta en un arranque de rabia y decido no dedicarle más tiempo, tanto al berrinche como al seguir intentado algo que no va a funcionar para nada. En cambio, opto por—quizás  algo igual de inútil, pero es la idea más inmediata que viene a mi cabeza—  colocar códigos al azar en el tablero en búsqueda de algún desesperado avance, por más mínimo que sea, cosa que solo me revela el hecho de que se trata de una encriptación de seis cifras. Esto evidencia que hay casi un millón de posibilidades de combinaciones que jamás podría sacar con el actual método de intentar de forma inmeditada.

Escucho los esfuerzos que ambos hacen en una pelea que me llega a oídas sin poder deducir nada. Solo sé que debo apurarme por mi padre, porque Carlos tiene incluso una ventaja mayor que César, que no solo es que está armado, sino que tiene el suficiente vigor y fuerza como para ser un contendiente un tanto invencible para él.

Sintiendo la urgencia a flor de piel, trato de colocar los números que podrían encajar y tener cierto sentido como código de desbloqueo. Empiezo por la fecha en la que comenzó todo, el día en el que me crucé con aquel hombre de ojos tormentosos y ese mensaje que me haría cuestionar a mí misma como persona, debido a que hasta ese entonces tenía la opinión de que haría lo que fuera por ayudar a alguien que me lo pidiera. Sobre todo porque un día yo necesité que hicieran lo mismo por mí y solo me dejaron atrás.

Ironía o destino, pero fue lo mismo que hice por aquel joven. Cometí el mismo error.

Un estridente pitido junto con una luz roja me avisa que el código es incorrecto. El tablero vuelve a sus inicios para que pueda hacer otro intento y pensar en otro número de esa cantidad que tenga algún significado para mí —porque de César sería imposible—. Pero no consigo nada. Las ideas cada vez parecen más improbables y un grito desgarrador de mi padre empeora las cosas.

Sin mucha esperanza, coloco la fecha del día que fui citada por César en el bosque, temblándome las manos de la ansiedad por lo que ese simple número significa. Pero otra vez un sonido estridente acompañado de la luz roja me indica que tampoco es correcto y ahora la sangre de mis dedos entorpece la visión de las teclas. Reconozco que no estoy pensando bien las cosas, pero no sé qué más hacer siendo que ya han pasado varios minutos en esta ida y venida de números sin ningún resultado. Sé que mi padre ya no tiene más tiempo.

Iba a intentar otra cifra —de seguro también errónea—, cuando una voz me detiene en el acto.

—¡Once, once, cero dos! ¡Once, once, cero dos! —grita mi padre con esfuerzo.

Ni bien termina de hablar, presiono los números en el tablero sin pensar siquiera en qué se basa para creer que ese es el código de desbloqueo, ni mucho menos en cómo sabía que se trataba de una cifra de seis números. Una sensación de ciega esperanza me acompaña con cada cliqueo y fe en que vamos a escapar. Es lo único que importa.

Ni bien termino de apuntarlo, se hace una leve espera aumentando la tensión y provocando que retenga la respiración de forma inconsciente. Visualizo las teclas manchadas de sangre aguardando a la respuesta de la máquina y es entonces cuando una luz azul junto con un sonido diferente a los anteriores antecede a que la puerta por sí misma se abra. Un hilo de luz natural se cuela por el espacio y llorando de alegría es que tomo una vez más la manecilla.

—¡Ronald, se abrió! —exclamo fuera de mí.

Volteo tratando de percibir algo de lo que ocurre en el otro pasillo, de lo que ocurre con mi padre y Carlos, pero solo consigo oír un murmuro ininteligible que me hace fruncir el ceño.  No entiendo qué ocurre y aunque un deseo intenso me dice que abra la puerta y salga de aquí, no puedo abandonarlo sabiendo que llegamos ambos con vida hasta el final.



Chuxamia

Editado: 09.08.2020

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