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Capítulo 8

Luego de todo, de pasar por la mitad de la ciudad, soportar los claxon, recorrer veinte kilómetros por la ruta hacia donde el GPS me indica, por fin todo parece indicar que estoy llegando. Los árboles cada vez son más numerosos, con todos los colores ocres del otoño que con la luz de la luna les dan un toque tétrico debido a las muchas hojas esparcidas y los árboles pelados. Todo, para mi mala suerte, crea un escenario favorable para César, para que todo tenga un mal resultado —para mí, obviamente—. La muerte me rodea en todas sus formas, y el entenderlo mejor, al estar tan cerca, crea ese pavor natural y humano de alejarnos del peligro. Pero ya estoy aquí, y no sé si es por el aire helado que cala los huesos o ese miedo interno que hace que todos mis poros estén abiertos, algo que detesto, y por más que tengo mi abrigo y bufanda no puedo hacer nada.

El cartel de aviso que el bosque Horbs está cerca provoca que de inmediato suelte el acelerador para de a poco ir frenando y apreciando los detalles de la arboleda, que junto con el intenso lodo y la tenue luz de la luna dan un resultado desalentador.

A los pocos metros, un último cartel me recibe diciendo: “Bienvenido al bosque Horbs“, y agrega: “Prohibida la entrada”. Hay varios rumores sobre eso. Algunos dicen que fue por un suceso que ocurrió aquí hace por lo menos diez años, pero por eso mismo ya hay distintas versiones del mismo suceso. Todo en algún momento se deforma, se bifurca, y sobre todo con algo así que deja mucho a la imaginación. Pero, la versión más dicha o reconocida como verdad, habla sobre una familia de las muchas que vinieron aquí a pasar un tiempo con la naturaleza, donde la pequeña niña, separándose de sus padres que habían venido a pasar la tarde, se tropezó con un tronco que no había podido ver por el lodo, y así cayó hundiéndose irremediablemente en un charco profundo, donde por la inconsciencia se ahogó. Los padres, cuando fueron a buscarla luego de varios minutos —de que ya la pequeña había perdido la vida—, la encontraron, con la mayor parte de su cuerpo enterrada, ahogada en el lodo y su quijada sangrante, descolocada por el golpe. Eso los marcó de por vida, haciendo que la madre al poco tiempo cometiera suicidio, y que de el padre se desconociera el paradero, hasta el nombre. Con los años ha quedado en el olvido.

La desgracia siempre es la que más nos marca, nos condena, y solo es cuando uno se cansa de caer, que se acostumbra y aprende cómo hacerlo, o que dé igual. Es así, y creo que estoy llegando —si es que no he llegado— a eso, a ese punto del que luego es casi imposible remontar.

Desganada, estaciono el coche y me decido por esperar dentro por el frío que está haciendo. Froto mis manos entre sí y recorro la mirada por todas las ventanas para ver el panorama. No hay nada. Pasan los minutos de manera lenta y pesada, pero todo parece tener cierta normalidad. Sigue sin haber nada.

Una idea vaga cruza mi mente, quizás de que todo esto haya sido planeado, que, el fantasma no aparezca, sino que está preparando algo mayor. Es algo vago y un poco ridículo, pero el simple hecho que sea posible logra aterrarme. Pueden pasar tantas cosas mientras yo estoy aquí haciendo nada, eso es increíble, aunque queramos detenernos y detener las cosas, no podemos detener lo que nos rodea, y siempre en algún momento seguirá el mismo ruedo.

Mi aliento logra empañar un poco los vidrios, cosa que logra desesperarme un poco más. Es tan fría la noche, tan oscura e impiadosa, con su color azul destacado, la luna que crea y borra figuras en el bosque, con esas sombras que pareciera reencarnar mis más grandes miedos, que pareciera que en cualquier momento pueda lograr ver entre ellas la aparición de César; o de esa niña, la pequeña de la que han rumoreado ver, con su vestido y cabello lleno de lodo, con la quijada salida y sangre cayendo de ella, y, esas palabras que salen ininteligibles de su garganta, distorsionada por su boca maltrecha que siempre permanece abierta; esa niña que, ahora al recordarla, logra hacer crecer mis miedos. Si bien siempre ha sido una historia urbana, un cuento para asustar a los niños, nadie se ha atrevido a volver al bosque, un lugar que siempre permanece cubierto de lodo, intacto, como rememorando el terrible escenario. Y si nadie se ha atrevido a volver, es porque aunque lo nieguen, tienen miedo.

Pensando en todo esto, a lo lejos me parece ver la figura de una niña. A duras penas logro visualizar la silueta, negra y misteriosa a varios metros. Parece que está bailando, una melodía que logra colarse por las ventanillas del coche. Solo puedo quedarme mirándola.

La melodía es dulce. Me hace acordar a las nanas que mi madre de pequeña me cantaba, y se me hace un poco conocida. La repite, es corta, pero tan melódica que da un gran contraste con la situación, volviéndola por ende algo tétrica. Se detiene, ya no se mueve al ritmo de su melodía, y, puedo sentir su fija mirada. Su mirada… en mí.

Siento cómo mi cuerpo se tensa olvidándose del frío y todo lo demás, solo concentrándome en la niña entre las sombras. No puedo pensar en nada, es como si mi mente se quedara en blanco olvidándome de todo lo que pasó antes y lo que me trajo aquí; solo puedo pensar en la silueta de la niña que me observa con fijeza. Vuelve a entonar su canción. Vuelve a mecerse mientras canta. Sigue mirándome.



Chuxamia

Editado: 09.08.2020

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