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Capítulo 12

—¿No harás nada?

—¿Y qué más puedo hacer? Ya no puedo huir.

Como recordatorio de mis palabras, siento cómo el fuego ahora arde más que nunca y comienza a cubrirme. El humo se siente tan caliente, que creo confundirlo con el mismo fuego. La vida de a poco se me es arrebatada. Es demasiado tarde como para querer huir o luchar, porque no me quedan fuerzas.

—¿Quieres morir?

Sopeso su pregunta por unos instantes.

—No. Pero ahora no importa lo que quiera.

Ya es demasiado tarde como para desear cosas tan simples como el seguir con vida. Ya es algo que, aunque no quiera verlo, es una imposibilidad.

—Di lo que quieres.

No abro los ojos, pero no es necesario. Solo arrugo el entrecejo, porque en verdad no lo entiendo. Aún así, respondo, quizás porque mi mente ni siquiera quiere o puede procesarlo.

—Quisiera que hubiera justicia —suspiro—, y que Carlos no pague por los errores que yo cometí.

Solo se oye como respuesta el fuego consumiendo el bosque, pero, por primera vez, César no ha tenido nada que decir.

Casi imperceptible, oigo un suspiro; y luego, nada. Silencio.

El rojo del fuego parece querer atravesar a través de mis párpados, por lo que los cierro con fuerza, tratando de en un ridículo intento no verlo más, de por un momento olvidar todo lo que tenga que ver con esta realidad. Y casi concediéndomelo, el rojo comienza a apagarse. Todo de a poco, hasta que llega a un negro llano. Extrañada y sin querer precipitarme a nada, abro los ojos. Acallo un grito al tiempo que comienzo a palpar lo que me rodea, pero solo siento el suelo frío y los bordes polvorientos de la cerámica. No comprendo… No puedo ver, todo está oscuro, completamente oscuro.

De a poco, la temperatura va bajando. Es extraño y confuso que de la nada, ahora solo vea negro ¿Qué sucedió con aquel árbol cubierto de llamas, los gritos, el fuego…? No comprendo. Y no solo que intento comprender y no puedo, sino que la temperatura ha bajado tanto que ahora los labios me tiemblan y no puedo sostener la barbilla, casi como si estuviera por largarme a llorar, pero solo es porque está helando. Repito, no comprendo, ¡¿Qué sucedió con el bosque?! ¡¿Ahora dónde estoy?!

—Este será un pequeño bono, un incentivo a continuar.

—¿A qué te…? —susurro, pero de inmediato continúa.

—Quieres justicia, y quieres que Carlos viva, ¿verdad? Pues aquí tendrás la respuesta. Dicen que la justicia es ciega, y que lleva un arco en mano dispuesta a disparar, aunque no ve bien hacia dónde. Ahora representarás la justicia. No verás nada… y deberás disparar.

—¿Disparar contra qué? —murmuro.

—Si vences, tus deseos serán cumplidos.

Sin más, como en las demás ocasiones, me deja para que lo averigüe por mí misma. Me siento más acobardada de lo normal, porque me sacó algo valioso que uso para defenderme y sobrevivir. Por primera vez estoy experimentando lo que una persona siente al no poder ver, aunque yo al menos tengo la esperanza de que no pasará mucho hasta que pueda de vuelta disfrutar de visualizar lo que me rodea —o eso quiero creer—. Debo concentrarme mejor en lo que oigo, en lo que palpo, en cualquier pista que se me presente por insignificante que sea.

Solo oigo mi respiración como predominante, y, casi imperceptible, el métrico sonar de una gota a la lejanía, a mi derecha. Algo que agradezco, es que ya puedo respirar con tranquilidad —aunque toso y inhalo grandes bocanadas de aire por el anterior humo que aspiré—, sintiendo el aire puro y fresco de vuelta. He pasado la anterior con relativo éxito, solo que como todas las anteriores, ahora tengo que enfrentar las secuelas que quedaron.

De a poco, comienzo a respirar con cierta normalidad, lista para lo que ahora tendré que enfrentar. Toso por última vez y empiezo a avanzar con lentitud, cuidando de recordar mis movimientos y de palpar antes por donde voy a ir. Como un niño aprendiendo a caminar, gateo, de a poco, sin apresurarme, sin saber bien qué hacer o qué va a ocurrir; lo único que sé, es que debo tener cuidado, en la oscuridad siempre hay más peligros ocultos.

—Ponte de pie.

Acato primero levantando levemente mis manos para comprobar que no haya nada encima, y como no lo hay, las bajo de inmediato.

Una luz se prende desde el suelo en lo que parece ser el centro de la habitación. Entrecierro los ojos por el cambio de la completa oscuridad a la luz. Cuando logro acostumbrarme y veo mejor, noto que algo se haya sobre ella, sobre la luz, pero no logro ver bien de qué se trata.

—Colócate sobre la zona iluminada.

Caminando con la vista fija a mi destino, en unos segundos llego hacia donde me manda. Con curiosidad, tomo lo que está sobre el cuadrado que a lo lejos solo distinguía como algo negro sin poder definirlo. Ahora, sé perfectamente lo que es, y temo la siguiente orden que pueda venir de César.

Veo a mí alrededor, y noto distintas figuras que antes no había logrado ver. Hay por lo menos ocho personas que me rodean, hombres —si deduzco por la contextura y corte— que permanecen estáticos. No comprendo ¿Qué está pasando? O más importante, ¿Qué es lo que va a pasar? Temo que las ideas que se están formando en mi mente se hagan realidad.



Chuxamia

Editado: 09.08.2020

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