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Capítulo 7.5

Mientras come, cada tanto sonríe a la nada, quizás porque le gusta, quizás porque está recordando algo gracioso. Me gustaría preguntarle por qué, pero no siento las fuerzas para hacerlo. Se acomoda el cabello detrás de la oreja para que no le moleste al comer, pero por el peso y el ser demasiado lacio, vuelve a caerse. Está molesta, por eso aprieta los labios y entrecierra los ojos. No hay duda, son muy similares. Tiene una gracia natural muy simpática, heredada de ti. Recuerdo que hacías lo mismo cuando algo te frustraba, y luego me llamabas. “Cielo, ayúdame”, decías, con un tono tan gracioso que siempre tenía que aguantarme la risa. Lo recuerdo.

Bebe un poco de agua muy lentamente, viendo con detenimiento el fondo del vaso, quizás porque le da curiosidad lo que dice o intenta leerlo. No sé, puede que aún no sepa leer como sí; pero solo la señora Dulswell podría asegurarlo. Seguro me darías un buen reto por eso, dirías algo como “¿Cómo que no sabes si tu hija lee? Es tu responsabilidad como padre el ayudarla, apoyarla… y para eso mínimo debes saber esas cosas. Además, mírala, sacó tanto de ti. Aunque lo bueno es que tiene más de mí”, y luego de eso sacarías la lengua dando un guiño, sonriendo de esa manera que, desde el comienzo me enamoró. Pero ahora solo hay silencio.

Vuelve entretenida a su comida, aunque ya deben estar frías las verduras y la carne, ella aún sigue, con su comer lento, o su juego largo. Hace una montaña con las verduras para después volver a repartirlas de forma uniforme en el plato. Deja un pedacito de carne sobre un sector de la verdura, y otro sobre otro, y otro sobre otro, hasta que acaba, así que vuelve a juntarlos. Todo hecho con algo de torpeza por sus pequeñitas manos, por la inexperiencia al usar cubiertos, pero con el cariño que todos los niños profesan y ese respeto a lo que hacen. Seguro estarías ayudándola y regañándola por no comer.

Un poco de la comida queda en las puntas de su cabello, causándole gracia al instante por el color verde contrastado con el castaño. El mismo color que tú… tenías. Se lo limpia con una servilleta y ríe. Seguro reirían juntas, aunque después la regañarías.

Tocan a la puerta. Ella decide que ya terminó de comer, así que toma nuestros platos y los deja en el lavavajilla. Vuelve, me sonríe con dulzura otorgando calidez a sus ojos azules, contagiándome; pero los míos ya han perdido ese brillo como para poder imitarla. Y tú también sonreías de esa forma, con esos labios, con esa gracia. Kailan. Solo que tus ojos eran mucho más bellos con ese tono café y esas rayitas que tú afirmabas de verde, tan brillantes y vivos, que me dabas más vida a mí. No niego que nuestra pequeña es muy hermosa, pero falta algo.

Es injusto que no pueda devolverle la sonrisa, pero es que simplemente no puedo, no me sale, y no quiero forzarme, porque sé que sólo terminaría peor, tú bien lo sabes. Siempre que lo intentaba me salía una mueca de cine de terror que te daba gracia; claro, tú ya me conocías y te encantaban esas cosas, pero ella, como niña, seguro que solo la alejaría aún más. Sea como sea, solo me quedé estático, y parece que eso la decepciona. Suspiro mientras ella sigue camino a su habitación cabizbaja, y duele verla así. Quisiera ser el padre que se merece, porque aunque la amo con fuerza, no me hace bien esto, verla y saber que…

Vuelven a tocar la puerta. Cierro los ojos y vuelvo a suspirar. Me pongo de pie y me dirijo a la entrada, algo tan simple, que ahora parece convertirse en proeza. No sé quién será, porque nadie viene ya de visita y la señora Dulswell recién vuelve en una hora, así que eso tampoco ayuda para mejorar el ánimo. Pero, antes de que vuelvan a llamar y hagan preocupar a Danielle, abro.

—¡Ey!

—¡Hola tío!

Ambos, con una gran sonrisa, detrás de mi puerta. Y aunque me alegra tener amigos y personas que se interesan por mí y vienen de visita… desearía que hoy no hubieran venido, no estoy como para fingir una sonrisa o escuchar tonterías. Quiero estar solo. Pero, supongo que uno nunca tiene lo que desea.

—¿Tío Roland? ¿Vino el tío, papi? —pregunta corriendo desde su habitación hacia la puerta, con gran emoción por haber escuchado la voz de su tío.

—Sí hija —respondo abriendo aún más la puerta para que puedan verse.

Ella sonríe con amplitud y ambos le responden. Me gustaría haber podido hacer lo mismo… Algo tan simple.

—¡Oh vaya! ¡Miren lo grande que está mi pequeño piojo! ¿No vas a darle un abrazo a tu tío, linda?

Ríe y corre a abrazarlo. Él la levanta en brazos y dan varias vueltas con velocidad, algo que a ella le encanta, por lo que ambos ríen haciendo resonar sus risas en el pasillo.

Es triste que, parezca más él el padre de Danielle que yo. ¿Seré acaso un mal padre? ¿Qué pensarías de mí, Kailan, si me vieras ahora? ¿Dirías que fracasé? ¿que soy lo peor por dejar a un lado a nuestra hija? Por un lado, sé que no, eres demasiado dulce para decir las cosas… Pero yo sí lo creo de mí mismo.

Observo a la pequeña de Roland que permanece a mi lado, quieta, esperando con una sonrisa a su padre y a su amiguita, y, no puedo evitar pensar que así sería Danielle si todo hubiera salido bien hace seis años. Ella sería la niña con mirada orgullosa, con un padre alegre y una madre esperándola en casa. Así, ¿quién no estaría orgulloso?

—Tío, bájame —pide riendo.

—Bueno, bueno. Vayan a jugar entonces.

Él la suelta y en seguida ambas corren hacia la pieza de Danielle, riendo y lanzándose miradas cómplices. Así, solo quedamos Roland y yo.

—¿Me invitarás a pasar?

—Claro, pasa.

Comienzo a caminar hacia la mesa dejando a Roland detrás, que, sé que va a seguirme como todas las veces, se va a sentar frente a mí, y dirá las mismas cosas que siempre dice. Y como mi primer pronóstico no falla, intuyo que hará los siguientes. Por ahora, solo camina detrás de mí, quizás teniéndome lástima.



Chuxamia

Editado: 09.08.2020

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