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Capítulo 9.5

Trato de respirar con normalidad. Pero no puedo. Solo observo la puerta como si fuera a enfrentarme al peor de mis miedos, como si fuera a hacer una cosa tan cruel y aberrante… como es la mentira a esta escala.

Haciéndome sobresaltar, pasa lo obvio y abren la puerta. Y como mi desgracia es mucha, Lizbeth es quien ha venido a abrirme, con una media sonrisa que hace resaltar sus finos rasgos y su eterna actitud empática.

—Hola, Cyril, ¿cómo te ha ido?

—Muy bien, Liz, ¿y a ti?

—Me alegro por ti —suspira—. ¿Quieres pasar?

—Sí, gracias —respondo pasando a un costado.

—Roland no me dijo que venías. ¿Quieres que vaya a llamarlo? Acaba de venir hace un momento de la oficina.

No puedo estar haciéndole esto, hablando como si tal cosa y dejando de lado lo más importante, dejándola a ella de lado de todo esto. Aunque, sabiendo cómo es ella, de seguro ya sabe que estoy muy nervioso y preocupado; solo el porqué es difícil de revelar, y agradezco que no lo haga por ahora.

—Sí, por favor. Debe estar esperándome.

—Entiendo, ya vengo entonces —sonríe con ternura, da media vuelta y comienza a subir las escaleras.

Resoplo para luego agitar mi cabello. Todo se está yendo al caño.

—¿Tío? —llaman detrás de mí, por lo que volteo— ¡Tío! —corre hacia mí para estrecharme en un fuerte abrazo—. Hacía mucho que no venías.

Agito su cabello con diversión haciendo que ella refunfuñe.

—Tanto que no vienes y solo es para despeinarme —se queja cruzándose de brazos.

—Lo siento linda, es solo que estoy medio distraído, es todo.

—¿Y por qué ya no venías? ¿Se habían peleado con papá?

Sonrío, con lástima, dolor, y una gran parte de culpa.

—No, no. No fue por eso —comento arrodillándome para quedar a su altura.

La observo analizando sus rasgos que tantos recuerdos me traen, que aunque no es tu hija, tanto se te parece, Kailan.

—¿Entonces?

—He estado ocupado con el trabajo, eso es todo.

—Ah. ¿Y Danielle?

—Pues, ella está en casa, con la señorita Dulswell; haciendo tarea seguramente.

—Esa señora es muy aburrida —comenta mirando hacia un costado.

—Pero las quiere mucho —digo acariciando su cabeza, a lo que se queja. Río un poco por su reacción igual a un perro rabioso— ¿Qué ha pasado con la callada y centrada tú? ¿La perdiste por ahí igual que a tus juguetes? —a lo que me da un leve pellizco que dramatizo.

—Creo que es más que nada el colegio que la ha hecho más rebelde —comenta Lizbeth bajando de la escalera—¸o bueno, más activa. No puedo quejarme por eso, en verdad es lindo verla más despierta.

—Sí, me imagino. Algo que le dé un poco más de vida a esta casa —agrego sin darme cuenta el trasfondo de mis propias palabras.

—Y que le hacía falta —acota con un deje de tristeza que en seguida hace que el pecho se me oprima.

Idiota tenía que ser.

—Lo lamento, no quise decir eso.

—No te preocupes, yo opino lo mismo. Y anda, que Ronald te está esperando en su escritorio.

—Gracias, y en verdad…

—De en serio, no te preocupes —dice con una sonrisa que le devuelvo en forma de agradecimiento.

—Ya vuelvo.

—Más te vale —responde la pequeña apuntándome con el dedo.

—Ya ya. Deja que los hombres trabajen —contesta su madre abrazándola y dejando un beso en su cabeza, cabeza que por cierto dejé toda alborotada.

Sonrío al ver esa tierna imagen, y no puedo hacer más que compararla con nosotros. Hubiera deseado que esas fueran tú y nuestra pequeña. Y pensar que ahora voy a subir las escaleras para ver al bastardo que está rompiendo con algo con lo que muchos sueñan, y que encima, lo hace de la peor manera posible.

Así, con cada paso que doy, pienso en lo que estoy haciendo y lo que va a pasar a continuación. Solo espero que nada se salga de control.

Recorro el camino que tantas veces hice hasta que finalmente doy con la puerta de madera oscura y laqueada, la que acto seguido golpeo. Y no pasan más de dos segundos cuando Ronald me abre animándome a pasar.

—Sabes que no es necesario que golpees, si te esperaba.

—Prefiero, el día de hoy, mantener un poco el formalismo.

—¿Entre nosotros?

—Sí, entre nosotros.

Se encoje de hombros y toma asiento en la silla principal, donde al parecer hacía poco estaba trabajando. Yo solo me siento frente a él, casi sintiendo que hemos cambiado los roles de hace dos días.

—¿Quieres algo de tomar? Puedo decirle a Lizbeth que nos prepare algo.

—No, gracias —espeto tratando de tranquilizarme—. Lo que debemos hablar es de algo serio.

Nos quedamos por un segundo observándonos, y parece que eso es lo que le toma enseriarse.

—Lo sé, y estoy dispuesto. Ese era el objetivo de reunirnos.

—Muy bien. Pero no más encubrimientos ni nada. Por primera vez en años quiero que esto lo hablemos sin siquiera un gesto, sin nuestro lenguaje, sin nada. Quiero que esto sea lo más claro posible y te des cuenta de lo que estás diciéndome.

—De acuerdo. Aunque te confieso que así, nunca podré decirte todo lo que me pasa en mi interior.

—Inténtalo —exijo.

—Como gustes —murmura para luego adentrarse en sus pensamientos, tratando de ver la forma de expresarse—. Esto no será fácil.

—Lo sé.

Suspira.

—No sé ni por dónde comenzar —lanza una risa desganada.

—Por el comienzo —demando, haciendo que su mirada se clave en mí, cruzando algunas palabras en gestos que de inmediato corto desviándo la mirada.

—El comienzo —repite masajeando su barba—. Pues, ni siquiera recuerdo bien cuándo comenzó, creo que desde hace una semana o menos, supongo. Pero me da demasiado miedo —clava sus ojos en mí, y puedo corroborar sus palabras—. Tengo miedo de lo que puedo ser capaz —sus ojos se cristalizan—. Y no quiero que le pase lo mismo que a mí ni nada de eso, sino que, yo siempre me juré que nunca iba a hacer sentir a una persona como yo me sentí hace años. Son cosas que nunca se olvidan. Y que nunca se perdonan.



Chuxamia

Editado: 09.08.2020

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