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Capítulo 12.5

No puedo creer que estoy haciendo esto, después de brindarle seguridad y sentirla como mi hija, ahora la estoy llevando a la boca del lobo. Y ella se ve tan radiante, tan feliz, tan inocente... Ni siquiera se imagina con lo que se encontrará.

Observo por el espejo retrovisor sus bellos ojos café, su cabellera castaña, larga y con unas ligeras ondas, esa tan hermosa que, me recuerda tanto a ti. También, aunque muy oculta, tiene dejes de tu personalidad, así como de rasgos. Tan hermosa, tan pequeña, que es increíble que se parezca tanto a ti, mi querida Kailan, mi amada.

Pensar que ya terminó el tiempo. Ya han pasado dos meses, y es comprensible que un padre quiera que su hija vuelva a casa. Es solo que, tengo miedo de saber cuáles serán las verdaderas intenciones que oculta Roland. No quiero que nada malo le pase a la pequeña, y me odiaría si por mi culpa llegara a pasar.

—Dime, pequeña —comento llamando su atención—. Tú… ¿extrañas a papá?

—Sí… Sí —responde para luego ver por la ventana de manera distraída.

Su semblante se encuentra un poco decaído, no como siempre la he visto en casa. Ya no sonríe, aunque sé que le encanta. Y presiento que ella en verdad no quiere regresar, al menos no por él.

—Y si… él lo permitiera… ¿Te gustaría venir a pasar otra temporada con nosotros?

—¿En serio? —exclama con una sonrisa que no cabe en su rostro, nuevamente con un brillo que hasta recién no tenía.

Asiento contagiándome de su espíritu.

—Así es. Ni bien lleguemos le voy a pedir a Roland a ver si te deja quedarte un poco más, ¿dale?

Y sí, sé que después de ese mensaje que he recibido es muy poco probable que él la deje pasar más tiempo con nosotros. Pero, es mejor intentarlo. No quiero por nada del mundo que esta niña pase un infierno en su propio hogar.

Al notar que hemos llegado, aminoro la marcha con dolor y pena, como si con solo pisar el pedal estuviera clavándome un puñal, y cuanto más profundizo, más se clava, y más duele. Porque sí, no quiero parar, y no quiero dejarla.

Como todo, muchas veces no tenemos lo que queremos, y una señal de eso es que ni siquiera necesito entrar a la casa para ver a Ronald, porque él ya está esperándonos fuera, y su expresión no me gusta para nada. Se le ve fuera de sí indicándome que una noche de sueño no ha servido para calmarle, sino que ha sido para peor, porque parece que lo ha predispuesto al caos y al escándalo. Definitivamente, parece dispuesto a todo. Por primera vez en mi vida me pasa que le temo a mi mejor amigo. No sé de qué sería capaz si no consigue lo que quiere, y lo que más duele es que lo que desea tiene nombre, edad y está en mi asiento trasero.

Queriéndolo o no, paro el automóvil estacionándome en la acera de al frente. Me aferro al volante tomando una gran bocanada de aire, preparándome por lo que voy a tener que pasar y que quizás es de cobarde; pero no quiero bajar, solo quiero salir de aquí.

—¿Tío? ¿E-Estás bien?

Sonrío ante su dulce voz y preocupación. Está actuando con más seriedad de lo que yo lo estoy haciendo, y solo es una niña, una pequeña niña de diez años.

—Sí, sí.

Y encima le miento. Qué enseñanzas le estoy dando, ¿verdad? Debería aprender de ella, que aunque no quiere volver aquí está, por enfrentarse a sus miedos.

—Es solo que… —volteo para verla, pero con ese corto movimiento no puedo evitar ver hacia Ronald que está viéndome en amenaza. Trago saliva.

—Tranquilo —murmura llamando mi atención—. Todo estará bien —dice con una sonrisa al tiempo que roza mi mano.

Al parecer Ronald se equivocó. Ella sabe o al menos se ha dado cuenta que su vida familiar no es normal, la que tendría que ser. Desconfía de su padre, por lo que no quiere volver. Y aquí estamos, él detrás de la puerta observándonos, y ella dándome ánimo.

Qué niña tan especial.

—¡Cyr!

Giro a verlo. Su rostro se encuentra tan contraído por la furia que me cuesta trabajo reconocerlo, a esta persona que conocí tan bien al punto de saber los significados de cada uno de sus gestos. Ahora lo desconozco.

—Pequeña, creo que no podemos dilatar esto por un minuto más. Pero intentaré hablar con él, ¿de acuerdo?

—No. Ahora no.

—¿Eh? ¿A qué te refieres? —interrogo viéndola a los ojos, quien solo muestra una expresión serena ocultando el dolor.

—Ahora él no te escuchará, tío. —Suspira— Si hablas con él hoy, ahora, romperán su amistad.

—¿Y cómo estás tan segura, pequeña? —pregunto con curiosidad tratando de alivianar la situación con una sonrisa.

—Porque no soy tonta. Está enojado y no escucha razones. —Agrega en un susurro— Y solo podrías enfadarlo más.

Veo que Ronald se acerca peligrosamente con los hombros tensos y el rostro colorado de furia, tan fuera de sí que logra asustarme; y la pequeña solo se encoje en su sitio, temerosa de lo que pasará a continuación. Porque siempre temimos a nuestros padres cuando los veíamos a los ojos y comprendíamos que no había nada que los refrenara, ni siquiera la unión familiar; era como si fuéramos menos que desconocidos. Lo sé, solo porque mi padre era así. A veces tenía arranques de furia que no podía controlar y que no entendíamos, porque siempre era muy cariñoso, serio, tímido… Hasta que enloquecía.

Ahora puedo ver lo mismo en Ronald, y comprendo —o eso creo— lo que la pequeña está sintiendo. Ese dolor, esas ansias por no estar aquí, porque todo pase rápido o estar de una vez dos metros bajo tierra; porque sabemos, muy internamente, que nada de esto es nuestra culpa y que no lo merecemos.

—¡Hija, baja de ahí si no quieres que te saque arrastrándote de los pelos! ¡¡Ya!! —grita haciendo que varios vecinos comiencen a ver la escena desde las puertas y ventanas.

Ella me dirige una mirada de despedida, como si no fuéramos a volver a vernos. Los ojos cristalizados por las lágrimas que retiene, el dolor, la angustia, la palidez por saber que deberá enfrentarlo ni bien cruce por esa puerta; y él ya con solo sus gritos la atormenta.



Chuxamia

Editado: 09.08.2020

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