Desperté antes del alba como todos los días. Comodoro nos hacía salir a correr a los campos, cargábamos costales de un lado a otro mientras él solo veía. Ningún aldeano estaba despierto, solo nosotros. Finn siempre decía que era por nuestro bien, sin embargo, él era el que peor la pasaba. ¿Qué cabeza puede creer que torturar a niños es bueno? Lo odiaba, después de todo, no era realmente mi tío. Pero Finn lo amaba y por él, yo era capaz de hacer como si sintiera lo mismo. Por eso nunca lo cuestionaba, hacia caso omiso de sus ordenanzas. Por más que por dentro no lo soportaba, por fuera debía aguantar. Por mí y por Finn.
Después de eso, nosotros preparábamos el desayuno. Faltaba más, también éramos sus esclavos. Seguro que ni le dieron la opción de si quería o no cuidarnos, pero eso no era nuestra culpa. Si no nos quería, podía regalarnos o dejarnos tirados debajo de un puente, total si moríamos no hubiese tenido conciencia suficiente como para recordarlo.
Siempre he creído que nos odiaba porque Marin nunca pudo quedar embarazada y nosotros le recordábamos aquello que nunca tendría. De seguro era eso, por lo tanto, nuestro odio era mutuo. Yo lo odiaba tanto como él me odiaba a mí. Cuando terminamos de poner la mesa, recién ahí, aparecía Marin por la puerta. ¿Qué conveniente? Ella no me desagradaba tanto, era buena. Digo, así como Comodoro nos odiaba por existir, ella se moría por cumplir el rol de madre con nosotros. Pero hay algo que siempre me desplazó, yo no tenía ningún lazo sanguíneo con ellos. Entendía por qué recibieron a Finn, pero conmigo no había ninguna razón para aceptar y cuidarme. Da igual, les agradezco que me recibieran porque si no fuera por ellos, nunca hubiese conocido a Finn. Por eso les doy las gracias, pero eso no cambia mi desagrado.
Luego del desayuno, íbamos con Comodoro a los campos de vuelta. Pero ahora sí trabajaba él. El trabajo era agotador, pesado y duro. Nos la pasábamos yendo y viniendo bajo el sol durante horas. Había una pequeña pausa al mediodía y continuábamos. Trabajábamos horas y horas, todos los días, aún sabiendo que las plantaciones requieren de paciencia más que cualquier otra cosa. Era tonto que tantas personas estén dando vueltas alrededor sin nada qué hacer realmente. Se podría implementar un sistema de turnos por horarios y por días. Digo, en la época de la cosecha serían necesarias muchas personas, pero para los días comunes podrían repartirse los cuidados en grupos. Además, beneficia a los mayores que cada vez están más cansados.
Cuando llegaba el mediodía, con Finn corríamos a casa para comer lo que Marin preparaba. Comodoro se quedaba allí y comía con sus compañeros. Ese día la tía había preparado sopa, estábamos a mitad de ciclo, no se podía esperar mucho. Terminamos de comer, más bien tomar, ella se levantó, nos dio un beso en la frente a cada uno, tomó el canasto de la ropa y se marchó al arroyo. Yo juntaba la mesa y Finn lavaba, después yo secaba para ayudarlo un poco. Siempre decía que podía solo, pero como terminaba antes que él, lo ayudaba. Al terminar, tomábamos una pequeña siesta de la que teníamos que despertar a los apurones y escabullirnos porque se nos hacía tarde. Siempre llegábamos después del tiempo límite para descansar. Me hacía sentir mejor, significa que, aunque sea unos minutos, era menos tiempo de trabajo.
El momento más anhelado del día era el fin de la jornada. Una vez que terminábamos, por fin podíamos dejar de correr y empezar a caminar, bueno, al menos los chicos normales hacían eso. Por otro lado, Comodoro siempre nos decía que no tardemos mucho en volver a casa porque había entrenamiento. Realmente sentía envidia por todos esos jóvenes que podían ver el ocaso y tontear lo que quedaba de la tarde. Y volver a sus casas recién a la noche.
Íbamos por el camino principal, ese era el camino más largo para llegar a casa, cuando Finn se detuvo. Lo miré y su rostro parecía molesto, estaba viendo fijo a alguien, así que seguí su mirada. Había un guardia zamarreando a una mujer del brazo y gritándole algo que no llegué a escuchar. Por su ropa y las miradas de todos, entendí que era una prostituta y el guardia quería su compañía. Finn dio los primeros pasos en su dirección y lo tomé del brazo.
—No es tu asunto. —Él me miró sin relajar su expresión y apartó el brazo.
Corrió hacia el guardia y lo empujó. <<dijo que no quiere>>. Dudo que Finn realmente supiese qué era lo que estaban diciendo. Pero algo era obvio, el guardia no dejaría que lo empujaran y se quedaría sin hacer nada. Así que no me quedó otra que correr detrás de él. Se levantó y giró hacia Finn, levantó su vara y cuando la inclinó con la intención de golpearlo, tiré de su brazo. Por poco lo molían a golpes ese día. Intenté razonar con el guardia explicándole que lo hizo sin pensar y que no sabía lo que hacía, esperaba que realmente todo quedara ahí. No es por presumir, pero soy bueno con las palabras.
Entonces apareció Comodoro furioso y logró que el guardia no siguiera con el asunto. Yo podía resolverlo sin su ayuda, pero no me dio la posibilidad.
Todo el trayecto a casa fue en silencio. Se sentía la tensión entre sobrino y tío. Cuando llegamos, Marin no estaba. Entramos a la casa y nos sentamos alrededor de la mesa. Finn y yo de un lado y Comodoro del otro. Tenían un duelo de miradas que al final Finn perdió. El tío se paró y azotó una mano contra la mesa. Está situación había pasado de entretenida a molesta. ¿Iba a culparlo por defender a alguien que no podía sola? Todos estaban viendo y nadie hizo nada.
—Eres igual a tu padre... Un entrometido. No mides las consecuencias de tus acciones.
—Pues, no sé si eso es bueno o malo. ¡No sé nada de él! ¡Nunca quieres contarme!
—¿Para qué? ¿Para qué termines como él? —Los ojos de Finn se abrieron a más no poder plasmando impresión en su rostro. Eso fue muy insensible.
—Si me dijeras, sabría qué debo hacer para no parecerme a él.