Horror absurdamente cotidiano

Luna nueva

Es algo absurdo, pero a pesar de ser un adulto soltero de 28 años y que vive solo en un departamento, todavía tengo ciertos temores que un chico de cinco años de edad podría tener.

Duermo un peluche y me aterra la noche, sobre todo su característica oscuridad, porque me siento tan vulnerable al no saber lo que hay entre ella. Puede que esto parezca estúpido, pero ni siquiera puedo pegar un ojo cuando es luna nueva. La ausencia de este satélite esos pocos días me genera un pavor más grande que cualquier otra noche.

Una noche de luna nueva decidí dejar mis temores a un lado, puede parecer algo extremista, pero, pensé que, si en esas dos noches no lograba superar mi miedo, dormiría con mi conejo hasta el matrimonio.

Me fui a la cama pasadas de la media noche, más el sueño llegó después de las dos de la mañana. Antes de hacer el intento de sumergirme en el mundo de los sueños, estuve leyendo alguna que otra historieta de terror; creí que, si iniciaba a acostumbrarme a la tensión que genera el terror, sería mucho más fácil domarlo. Todo iba bien, hasta que mi vejiga me pidió a gritos recurrir al baño. Traté de ignorarlo, ¡ni loco iba a abandonar mi cama después de haber leído tales atrocidades! Sin embargo, fui tan débil que no pude soportarlo por más de 15 minutos.

Sería todo un reto llegar al baño sin haberme meado en el camino.

Procurando no hacer ni una muestra de ruido, me coloqué las sandalias y sujeté mi teléfono con el flash encendido como si fuese un arma de luz, capaz de desintegrar a cualquier fenómeno que se me acercara.

Salí de la habitación y me detuve frente a mi puerta un par de segundos. Cerrarla o no fue una decisión que me costaría la vida. Si cerraba la puerta y en el pasillo me esperaba un ser anormal con una altura tremendamente grande y de extensas extremidades, ¡me quitaría la vida al poner mi mano en la perilla! Pero si dejaba la puerta, ¿quién iba a asegurarme que criaturas cuadrúpedas provenientes del infierno no iban a aprovechar para entrar a mi habitación, y esperarían mi llegada para comerse mis entrañas mientras gritaba con desgarro por mi vida?

Cualquiera de estos dos finales sonaba fatal, ¡muy fatal! Sin darme cuenta, mi brazo se había movido solo y la puerta fue cerrada. Tragué saliva y caminé por el extenso y frío pasillo que daba hacia el baño, la puerta a otra dimensión completamente diferente.

Mis pasos fueron lentos, mi respiración agitada, por otro lado, mi mirada siempre estuvo posada hacia el frente. Si por alguna u otra razón se me ocurría voltear hacia atrás, sería arrebatado por ese sin fin de sobras de diferentes formas y tamaños que saciaban su hambre devorando como bestias mis huellas.

Al llegar al baño, abrí la puerta tanto como para que el seguro de la perilla retachara contra la pared. Apresuradamente me introduje y cerré, los demonios que venían detrás de mí, se disolvieron en el aire provocado de la puerta. Cuando encendí la luz y volteé hacia atrás, tomé una bocanada de aire y apagué el flash de mi dispositivo. El siguiente paso sería asegurarme que ninguna niña estuviera pegada sobre el techo de la bañera como una araña, esperando mi llegada para separar todas mis partes como un rompecabezas.

Afortunadamente estaba solo, pero todavía faltaba ver el excusado. Quizá había un gran pulpo grisáceo esperando pacientemente a que tomara asiento.

Abrí la tapa con mi pie y eché un vistazo con sigilo, efectivamente, no había nada. A pesar de que solo me encontrara yo en ese pequeño cubículo, no hice mis necesidades con la misma tranquilidad con las que lo hubiera hecho por la mañana.

Antes de abandonar el baño tendría que lavar mis manos. Abrí la llave del lavadero con sumo cuidado, rezando porque no fuera sangre lo que fuera a mojar mis manos. Solo fue agua normal, común y corriente. Todo estuvo bien hasta que escuché un zumbido cerca de mi oído. Ese zumbido provocó un frío escalofrío por mi cuerpo. Mordí mi labio inferior y desvié mi mirada hacia un costado.

El zumbido se intensificó cuando me acerqué a bajar la palanca del excusado. El sonido del agua bajando y llevándose mis orines fue el anuncio de que corriera como pobre alma en pena.

Encendí el flash de mi dispositivo y abrí la puerta con todas mis puertas. Ese hueco sonido inundó toda mi casa, los demonios que se habían disuelto, formaron uno nuevo y más grande. Podía escuchar tanto mis palpitaciones como la respiración asesina de aquel demonio que corría con desesperación detrás de mí.

Entré a mi habitación, antes de cerrar la puerta, entre el pequeño hueco que solo existió no por más de un cuarto de segundo, logré notar los afilados dientes del demonio, tenían una similitud a los centenares de agujas que mi madre tenía enterradas sobre sus alfileteros.

Estuve por desplomarme en el suelo de mi habitación cuando de pronto el zumbido del baño volvió a mis oídos y a través de la luz del flash se visualizó una gran sombra de una criatura poseedora de alas y de un delgado cuerpo. Exasperado, utilicé mi sandalia como arma y busqué en medio de la oscuridad y la luz de mi dispositivo a la criatura. Su sombra se metió debajo de la cama, parecía ser invisible a mis ojos, porque no hubo nada más que todos mis zapatos. Tras apartarlos de mi camino e iluminar el fondo, encontré algo peor de lo que pudo ser la criatura invisible.

Era un arácnido tan grande que apenas podía alojarse debajo de mi cama. Era tan gordo que parecía que su cena había sido dos o tres cabezas humanas. Y no se digan de sus patas… ni siquiera las patas de mis sillas eran tan largas como las suyas.



A more Dreamer

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En el texto hay: fobias, fobias y pesadillas, noche oscura

Editado: 27.11.2020

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