Km 130

Prólogo

Conduciendo al Suspenso

Hay viajes que comienzan mucho antes de que el motor se ponga en marcha.

Comienzan con una decisión.

Una de esas decisiones que parecen insignificantes cuando las tomamos, pero que después ya no podemos deshacer.

Mariano todavía no lo sabía.

Cuando aceptó aquel viaje, solo pensaba en una cosa: terminar su jornada.

Estaba cansado.

Le faltaban apenas diez cuadras para llegar a su casa.

Y entonces apareció un viaje de ciento treinta kilómetros.

Demasiado para esa hora.

Demasiado para alguien que solo quería volver a casa.

Pero aceptó.

Todavía no sabía quién iba a sentarse detrás de él.

No sabía qué buscaba ese hombre.

No sabía qué lo esperaba en el kilómetro 130.

Tampoco podía imaginar que, a partir de ese momento, el cansancio dejaría de ser importante.

Las diez cuadras hasta su casa dejarían de significar algo.

El último viaje de la noche dejaría de ser un viaje.

Porque una sucesión de situaciones de riesgo, tensión y presión comenzaría a cerrarse sobre él.

Y cada una lo obligaría a concentrarse en una sola cosa:

qué hacer para salir de la siguiente.

Mariano todavía no lo sabía.

Pero aquella noche no estaba llevando a un pasajero hasta el kilómetro 130.

Estaba entrando en un viaje del que no sabía cómo regresar.




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