La Carretera Que Nunca Termina

Atrapado en la Ruta

Sujetó con más fuerza el volante mientras respiraba lenta y profundamente, intentando convencerse de que todo aquello era producto del cansancio. Sus ojos permanecían clavados en la interminable línea de asfalto que desaparecía entre la negrura. Algo dentro de él comenzaba a gritar que se marchara de allí, pero ignoró aquella voz. Solo pensaba en una cosa: llegar al Hospital de Juniperohill antes de que fuera demasiado tarde para despedirse de su madre. Aunque la noche... parecía tener otros planes.

​Decidió acelerar. La aguja del velocímetro superó los ochenta y cinco kilómetros por hora y continuó ascendiendo poco a poco. Según el pequeño mapa que llevaba sobre el asiento del copiloto y las indicaciones de su hermana, únicamente debía seguir aquella carretera durante unos cuantos kilómetros más. El hospital debía aparecer en cualquier momento.

​Dominico entrecerró los ojos. Buscó con desesperación el resplandor de algún edificio, una señal de tránsito, un poste de luz... Nada. Solo una niebla cada vez más espesa que parecía devorar el camino delante de él. Era una oscuridad distinta. No ocultaba las cosas; las consumía.

​Presionó aún más el acelerador y el motor rugió con fuerza. Entonces, las luces del tablero comenzaron a parpadear. Una vez, dos, tres. Dominico sintió un vacío en el estómago.

​—No... no puede ser —murmuró.

​Aquello era imposible. Había revisado el Mustang hasta el último tornillo antes de iniciar el viaje. El sistema eléctrico estaba impecable. El parpadeo se volvió más violento. Las agujas del tablero vibraban como si el automóvil hubiera enfermado de repente. Las luces titilaban frenéticamente y el motor empezó a emitir un sonido irregular. El corazón de Dominico latía con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa.

​Sin pensarlo, aceleró aún más. El coche comenzó a perder estabilidad sobre el asfalto húmedo y, de pronto, todo quedó a oscuras. Las luces del tablero murieron de golpe. Solo permanecían encendidos los faros delanteros, cuya luz parecía demasiado débil para atravesar aquella inmensa negrura. Dominico frenó bruscamente y detuvo el automóvil a un lado del camino.

​El silencio cayó sobre él como una losa. Ni viento, ni insectos, ni el crujido de los árboles. Nada. Solo el leve tintineo del motor enfriándose. Respiró varias veces intentando recuperar la calma. «Es la batería», pensó, «tiene que ser la batería».

​Bajó del vehículo con rapidez. El aire helado le golpeó el rostro. Era un frío extraño; no parecía provenir del ambiente, sino que era un frío que atravesaba la ropa y se instalaba directamente en los huesos. Abrió el capó y comenzó a revisar las conexiones con manos temblorosas.

​Mientras trabajaba, sintió algo. No escuchó pasos ni vio movimiento alguno; simplemente lo supo: había alguien detrás de él. Una presencia inmóvil, muy cerca. Tan cerca que casi podía sentir una respiración helada acariciándole la nuca. Todo su cuerpo se paralizó. Cada músculo dejó de responder y el aire se volvió insoportablemente pesado. Con un esfuerzo casi sobrehumano, levantó lentamente la mirada hacia el parabrisas del Mustang.

​Y entonces la vio, no directamente, sino reflejada en el cristal. Una figura descomunal permanecía inmóvil a escasos centímetros de su espalda. Era demasiado alta, su cuerpo parecía haber sido quebrado y reconstruido de la manera equivocada. Los brazos colgaban exageradamente largos y vestía los restos desgarrados de lo que alguna vez fue un elegante traje oscuro. La piel tenía el color grisáceo de un cadáver olvidado durante semanas y su cuello permanecía inclinado en un ángulo imposible. Aunque el reflejo apenas permitía distinguir su rostro, Dominico sintió que aquella cosa lo estaba mirando; no con curiosidad, ni con odio, sino con un hambre imposible de describir.

​La criatura dio un paso, después otro, sin producir el más mínimo sonido. Dominico dejó escapar un jadeo ahogado. Su corazón parecía querer romperle las costillas. Reuniendo todo el valor que aún conservaba, giró violentamente sobre sus talones.

​No había nadie. Solo la carretera, la niebla y el absoluto silencio. Permaneció inmóvil durante varios segundos.

​—No... —susurró con la voz quebrada—. Lo sentí... estaba aquí... juro que estaba aquí...

​Sus propias palabras sonaron extrañas, como si la oscuridad las hubiera absorbido antes de terminar de pronunciarlas. Obligándose a reaccionar, terminó de ajustar las conexiones de la batería. Las luces del tablero volvieron a encenderse. Nunca antes el resplandor de unas simples bombillas le había parecido tan reconfortante. Cerró el capó de un golpe, entró al automóvil, bloqueó las puertas y arrancó inmediatamente.




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