Cuando volvió a abrir los ojos, el silencio seguía allí. Le costó varios segundos recordar quién era, dónde estaba y hacia dónde viajaba. Su cabeza latía con fuerza. Parpadeó varias veces y respiró profundamente. Entonces comprendió: seguía vivo.
Miró alrededor. El Mustang permanecía inclinado sobre el borde del barranco. Un viejo letrero metálico de advertencia, completamente oxidado, había detenido milagrosamente el automóvil antes de caer al vacío. Bastaba un metro más, solo uno, y habría desaparecido para siempre entre aquella oscuridad. Dominico apoyó la frente contra el volante y las lágrimas comenzaron a correr sin que pudiera detenerlas. Lloró en silencio, no solo por el miedo, sino también por el inmenso alivio de seguir respirando.
—Ya pronto veremos a mamá... —susurró entre sollozos—. Ya pronto veremos a mamá...
Repitió aquellas palabras una y otra vez, como una oración, como un intento desesperado de convencerse de que aún existía esperanza. Después de varios minutos logró reunir fuerzas y giró nuevamente la llave. El motor respondió; el Mustang seguía vivo, y él también. Con extrema precaución consiguió reincorporarse a la carretera.
Fue entonces cuando notó un cambio. El cielo comenzaba a aclararse y una tenue franja gris aparecía en el horizonte; el amanecer estaba cerca. Y, por primera vez desde que inició aquella pesadilla, vio otros automóviles. Uno, luego otro, después varios más. Sus luces atravesaban la carretera en ambos sentidos. Personas normales, vehículos normales. La visión de aquella vida cotidiana hizo que el aire volviera lentamente a sus pulmones. Tal vez todo había terminado. Una pequeña esperanza comenzó a crecer en su interior.
Continuó conduciendo. Cada kilómetro parecía devolverle un poco de cordura, hasta que, finalmente, distinguió una enorme construcción al fondo del camino: el Hospital de Juniperohill. Su corazón dio un vuelco. Allí estaba, después de todo. Sin embargo, había algo inquietante en aquel lugar. Incluso bajo la luz del amanecer, el edificio parecía absorber la claridad que lo rodeaba. Sus muros grises tenían el aspecto de una construcción abandonada hacía décadas. Las ventanas oscuras parecían cientos de ojos vacíos observando a quienes se acercaban. El pequeño pueblo que rodeaba el hospital permanecía inmóvil, demasiado inmóvil, como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Pero a Dominico ya no le importaba. Nada de eso importaba. Al otro lado de aquellas paredes estaba su madre; la mujer por la que había atravesado el infierno, la mujer a la que necesitaba abrazar una última vez. Apretó con fuerza el acelerador y las lágrimas nublaban nuevamente su vista.
—Espera un poco más, mamá... —susurró mientras el hospital se hacía cada vez más grande frente a él—. Ya estoy aquí.
El espejo retrovisor se inundó de luz de repente. Un destello blanco atravesó el interior del Mustang, después otro y otro más. Dominico entrecerró los ojos. Un automóvil deportivo completamente negro acababa de aparecer detrás de él. No sabía de dónde había salido; un segundo antes la carretera estaba vacía y al siguiente, aquel vehículo casi rozaba su parachoques.
El claxon comenzó a sonar insistentemente. Una vez, dos, diez veces. El ruido era insoportable. Las luces largas golpeaban los espejos con tal intensidad que Dominico apenas distinguía el camino.
—¡Ya voy a darte paso! —gritó asomándose por la ventanilla—. ¡Maldito loco!
Movió el Mustang hacia un lado para permitirle adelantar, pero el automóvil negro no lo hizo; también cambió de carril. Dominico volvió al centro y el desconocido repitió exactamente el mismo movimiento, como si estuviera imitándolo, como si no quisiera adelantarlo sino permanecer detrás de él. El claxon volvió a sonar una y otra vez. El estruendo comenzaba a perforarle la cabeza. Intentó mirar al conductor, pero los cristales completamente polarizados impedían distinguir cualquier cosa en el interior; solo veía oscuridad, una oscuridad absoluta.
Entonces el automóvil negro aceleró. Dominico esperó el impacto, tensando cada músculo, pero no llegó. El vehículo se detuvo a centímetros de su parachoques y permaneció allí, pegado, como si los dos coches respiraran juntos. Eso era lo más perturbador: no la violencia, sino aquella proximidad silenciosa, aquella paciencia imposible.
El corazón de Dominico golpeaba contra su pecho. A un lado de la carretera, en la oscuridad, adivinaba el vacío del barranco; el mismo barranco del que había escapado por un milagro.
—¡¿Qué quieres de mí?! —susurró, porque ya no le quedaban fuerzas para gritar.
El claxon volvió a sonar, una vez sola, larga y sostenida, como una pregunta. Después el silencio. Dominico mantuvo la vista al frente, sin atreverse a moverse. El mundo entero se redujo al rugido del motor y al miedo.
Entonces todo cesó. El automóvil negro dejó de golpearlo, el claxon se apagó y el silencio regresó de golpe. Dominico respiró con dificultad mientras observaba cómo el vehículo comenzaba a adelantarlo lentamente. Su corazón le decía que no mirara, que dejara pasar aquel coche y continuara conduciendo, pero la curiosidad fue más fuerte. Giró lentamente la cabeza. La ventanilla del deportivo descendió muy despacio. Dentro no había un rostro humano; había algo mucho peor. Una figura cubierta por un manto negro permanecía inmóvil tras el volante. El automóvil negro aceleró suavemente y desapareció entre la niebla, como si jamás hubiera existido.
Dominico clavó los frenos. El Mustang se detuvo bruscamente sobre el asfalto. Durante varios segundos fue incapaz de respirar.
—No... —susurró con la voz rota—. No... ¿qué fue eso? ¿Qué acaba de pasar? ¿Qué demonios está ocurriendo? ¿Dónde estoy?
El miedo comenzaba a destruir la poca cordura que aún conservaba. Sin embargo, había algo que lo obligaba a seguir adelante: su madre. Volvió a arrancar el Mustang. Esta vez condujo con una determinación que ni siquiera él comprendía. No importaba el miedo, no importaban las criaturas, no importaba si él moría; solo debía verla una última vez.