La entrada al Hospital de Juniperohill apareció finalmente frente a él. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Estacionó el automóvil con rapidez y descendió casi corriendo. Entonces se detuvo. Algo estaba mal, muy mal.
El enorme estacionamiento permanecía completamente vacío. Ni una sola ambulancia, ni un solo vehículo del personal médico, ni siquiera el automóvil de un visitante; solo el Mustang descansaba frente al edificio. Dominico sintió un nuevo escalofrío. Miró el hospital. Era mucho más antiguo de lo que imaginaba: las paredes estaban desgastadas, la pintura se desprendía lentamente y muchas ventanas permanecían completamente oscuras. Parecía un edificio olvidado durante décadas. Se acercó lentamente a la entrada principal, golpeó la puerta y esperó. Nadie respondió. Volvió a golpear y el sonido retumbó en el inmenso vestíbulo vacío. Silencio; un silencio tan profundo que podía escuchar los latidos de su propio corazón.
Estaba a punto de marcharse cuando la puerta comenzó a abrirse sola, muy despacio, sin que nadie la empujara. Las viejas bisagras emitieron un largo gemido metálico que resonó por todo el edificio. Dominico permaneció inmóvil, esperando ver aparecer a un guardia, a una enfermera o a cualquier persona. Pero nadie salió; solo había oscuridad. Respiró hondo. «Tal vez las puertas sean automáticas», intentó convencerse, aunque sabía perfectamente que no lo eran.
Entró. El vestíbulo estaba completamente vacío, la recepción permanecía desierta y los computadores estaban apagados. No había teléfonos sonando, no había voces, no había pasos; no había absolutamente nadie, solo el eco de sus zapatos rompiendo un silencio antinatural. Levantó lentamente la vista. El inmenso hospital parecía extenderse hacia pasillos interminables, todos envueltos por una penumbra inquietante. Y entonces comprendió algo que hizo que el miedo regresara con una intensidad todavía mayor que en la carretera: durante todo el viaje, algo había intentado impedir que llegara hasta allí. Y ahora que finalmente había conseguido entrar, Dominico sintió que aquello que lo perseguía ya no estaba detrás de él; lo estaba esperando.
Los largos pasillos permanecían sumidos en una penumbra grisácea. Las lámparas fluorescentes colgaban del techo como esqueletos de luz; algunas parpadeaban con un zumbido intermitente, mientras otras permanecían apagadas para siempre. Un olor a humedad, medicamentos antiguos y madera podrida impregnaba el ambiente. Aquello no tenía sentido. El día anterior su hermana le había enviado fotografías del hospital y recordaba perfectamente las imágenes: enfermeras caminando por los pasillos, pacientes, médicos, familiares, vida. Ahora no quedaba absolutamente nadie.
Sacó el teléfono. La pantalla seguía funcionando, pero estaba sin cobertura; ni una sola línea de señal. Respiró con dificultad y comenzó a recorrer el hospital habitación tras habitación. Todas vacías. Las camas permanecían perfectamente tendidas, había sillas aún colocadas junto a las ventanas, vasos de agua sobre algunas mesas e incluso flores marchitas, como si las personas hubieran desaparecido en mitad de una conversación. No había señales de lucha, ni sangre, ni cadáveres; solo ausencia.
Cada habitación aumentaba su desesperación. Terminó corriendo. Subía escaleras, bajaba pasillos y abría puertas con violencia.
—¡¿Dónde están?! —su voz rebotó por todo el edificio—. ¡¿Dónde está mi madre?!
Nadie respondió, solo el eco. Finalmente cayó de rodillas en mitad de un corredor. Las manos le temblaban; sentía que estaba perdiendo la razón. Fue entonces cuando los escuchó: tac, tac, tac. Pasos muy lentos en el piso superior. Dominico levantó la cabeza. Los pasos continuaban; no corrían, no se escondían, simplemente caminaban.
Subió las escaleras casi sin respirar y el sonido cesó. Miró a ambos lados del pasillo: vacío. Abrió la primera habitación, nada; la segunda, nada; la tercera, también estaba vacía. Entonces volvió a escucharlos. Ahora corrían, no muy lejos. Salió al pasillo, pero solo veía puertas abiertas y sombras. Los siguió. Cada vez que creía alcanzarlos, el sonido cambiaba de dirección, como si alguien jugara con él, hasta que los pasos terminaron frente a una habitación del primer piso. Dominico abrió la puerta de golpe: vacía.
En ese preciso instante un lamento atravesó el hospital. No era un grito; era algo peor. Un gemido tan profundo, tan lleno de dolor, que parecía provenir del propio edificio. Las paredes vibraron, las ventanas temblaron y el sonido desapareció tan rápido como había llegado. Dominico retrocedió varios pasos. Aquello no era un hospital; era otra cosa. Esperó, quizá durante diez minutos, quizá durante una hora; había perdido toda noción del tiempo.
Entonces, la puerta de una habitación se abrió lentamente sin hacer ruido; simplemente quedó entreabierta y un niño salió caminando. Tendría unos diez años. Vestía ropa elegante, como si acabara de asistir a una ceremonia importante, y su cabello estaba perfectamente peinado. Lo extraño era que no parecía sorprendido, como si la presencia de Dominico no significara absolutamente nada.
—Hola... —la voz de Dominico apenas era un susurro.
el niño levantó lentamente la cabeza y sus ojos se encontraron. Ninguno de los dos habló durante varios segundos.
—¿Sabes dónde están todos? ¿Dónde está mi madre?
El niño inclinó levemente la cabeza, parecía estudiar cada detalle del rostro de Dominico y, después, echó a correr.
—¡Espera! —Dominico salió tras él.
El pequeño dobló una esquina y cuando él llegó, el pasillo estaba vacío. No existía ningún lugar donde pudiera haberse escondido; había desaparecido. Un nuevo escalofrío recorrió su espalda. No, no había desaparecido; algo en su interior le decía que nunca había dejado de estar allí. Continuó buscándolo. Los pasos regresaron, esta vez provenían del tercer piso. Subió. Nada, solo habitaciones vacías. Cuando estaba a punto de rendirse lo vio nuevamente: el niño permanecía sentado sobre una cama, balanceando lentamente las piernas como si jamás se hubiera movido de allí.