La constelación de Orión

13. La mujer que le gusta a papá.

— Gracias. Te debo un favor. — Le agradeció Román a su amigo Omar. 

 

— No hay de qué, hombre. — Le palmeó Omar el hombro. — Pero si insistes te acepto unas cervezas. 

Román asintió. 

 

— Te invito a una después. 

 

— Perfecto. — Sonrió Omar. — Por cierto, Anthony también viene con su sobrino Jonathan. 

 

— Acababa de ser padre, ¿no? — Preguntó Román. — Aprovecharé para felicitarlo. 

 

— Papá. — Lo llamó Orión, que se acercó señalando el estadio de béisbol local. — ¿Podemos entrar? Quiero ver el estudio por dentro. 

 

— Sí, ya vamos. — Respondió Román, agarrando a su hijo de la nuca. — Antes quiero que conozcas a un amigo. Él es Omar y trabaja como entrenador infantil en este estadio. 

Omar se sintió alabado cuando el hijo de su amigo lo miró con asombro. 

 

— ¿Entrenas a niños? 

Omar se agachó y le asintió ofreciéndole una mano. 

 

— Vamos a llevarnos bien. — Le dijo Omar y Orión que no lo entendió miró a su padre. 

 

— Le he pedido a Omar que te haga un hueco en el equipo infantil. — Le explicó Román. 

 

— Solo será en periodo de prueba, pero, si te gusta y se te da bien, podrás seguir. — Añadió Omar. 

 

— Nunca he bateado. — Dijo Orión preocupado y asustado. 

 

— No te preocupes, yo te enseño. 

Omar se levantó dándole una caricia en la cabeza y al ver llegar un coche, se dirigió hacia él. 

Román vio salir del vehículo a su amigo Anthony junto a su sobrino Jonathan de quién era su tutor legal. 

 

— ¿Quién es ese? — Preguntó Orión por el niño. 

 

— Es el sobrino de mi amigo Tony. — Le contó Román y lo alentó a caminar con él. 

 

— Román. — Se alegró Anthony de verlo y se saludaron con un abrazo. 

 

— Hola, me llamo Orión. — Saludó Orión a Jonathan y le sonrió simpáticamente mientras le ofrecía chocar una mano. 

 

— Yo Jonathan. — Dijo Jonathan, estrechando la mano de Orión como un adulto. 

Orión se rió por eso y le sacudió la mano. 

 

— ¡Entrenador! — Gritaron un grupo de niños que se acercaron corriendo en busca de Omar. 

 

— ¡Hola, hola, niños! — Los recibió Omar a todos y miró a sus amigos. — Nos vemos más tarde. 

Anthony se inclinó para hablarle a su sobrino, quien estaba sorprendido por todos los niños que habían llegado. Y Orión abrazó a su padre para despedirse de él. 

 

— Sé obediente con el entrenador. — Le dijo Román y Orión asintió. 

 

— Lo seré. — Respondió Orión y soltó a su padre para ir junto a Jonathan detrás del entrenador y del resto de niños. 

Anthony se paró de pie al lado de Román, viendo a los niños irse. 

 

— Vamos a las gradas. — Le dijo Anthony y Román asintió. 

 

 

Los dos se sentaron en las gradas mientras los niños ocupaban el campo de béisbol. Orión y Jonathan parecían un poco perdidos del resto, pero estaban atentos a todo lo que les explicaba el entrenador. 

 

— ¿Cómo llevas la paternidad? — Le preguntó Román a Anthony. 

 

— ¿Te refieres a Luz? — Sonrió Anthony y le mostró la foto que llevaba en la cartera, en la que aparecía su hija en brazos de su sobrino. — Ya tiene un mes. 

 

— Enhorabuena. No pude decírtelo antes. — Le felicitó Román. 

Anthony sonrió y se guardó la cartera en el bolsillo del pantalón. 

 

— Por lo visto has tenido un mes movido… ¿Cuánto tiempo lleva contigo? 

 

— Tres meses. Nos hemos adaptado bien, Orión es un buen chico y me llena de alegría desde que se levanta hasta que se acuesta. — Miró a su hijo en el campo y se sinceró después. — También estoy conociendo a una mujer… — Giró la cabeza hacia su amigo. — Aunque no sé hasta que punto arriesgar para no estropear lo que hemos conseguido Orión y yo. 

 

— No sé si Omar te lo habrá contado, pero soy el claro ejemplo de quién no arriesga no gana. — Sonrió Anthony. 

 

— No puedo discutir eso. 

Román volvió a mirar a Orión siendo instruido por Omar en lo que tenía que hacer. 

 

 

Rebecca dejó dos platos en la mesa de su salón y Emilio hizo lo mismo con dos latas de cerveza. 

 

— ¿Podemos hablar de algo? — Le preguntó Rebecca. 

 

— Claro. — Respondió Emilio. 

Los dos se sentaron uno frente al otro y él abrió su lata de cerveza. 

 

— Mañana voy a cenar con mi padre.

Emilio la miró sorprendido y se olvidó de la cerveza. 

 

— No tienes que hacer eso solo por mí. 

 

— Sí que tengo… — Rebecca se quedó callada y se corrigió. — Lo haré por los dos, no solo por ti. Yo tampoco quiero que estemos toda nuestra relación ocultándonos. 

 

— Me hace feliz escuchar eso. — Rebecca sonrió y Emilio se preocupó. — ¿Y qué hago? ¿Voy, o vas a hacerlo sola? 

 

— Me gustaría hablar primero a solas con él. ¿Podrías llegar más tarde? 

 

— Claro. El capitán nos va a matar, pero tengo ganas de que sea ya mañana. 

Rebecca sonrió. 

 

— Tenemos que estar preparados. 

 

— Lo estoy. Hasta sé lo que quiero decir. 

 

— ¿Sí? 

 

— Llevo pensando en esto mucho tiempo, y con esto me refiero al momento, no a lo que decir. Lo que quiero decir no necesitaba pensarlo. — Habló Emilio. 

Los teléfonos móviles de los dos sonaron en la mesita frente al sofá y Emilio se levantó para ir a verlos. 

 

— ¿Qué es? — Preguntó Rebecca. 

 

— Román. — Respondió Emilio, acercándole a ella su teléfono móvil. 

Rebecca lo tomó y ambos abrieron el mensaje de Román. Los dos recibieron una fotografía de Orión en el campo de béisbol. 




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