La Esposa Sustituta Del Imperio Romano

1

—Si descubren quién eres, te crucificarán.

Livia levantó la vista.

La mujer frente a ella no parecía estar bromeando.

Y eso era precisamente lo aterrador.

Sobre la mesa descansaba un vestido blanco.

Bordado con hilos de oro.

Más valioso que todo lo que Livia había tocado en su vida.

—¿Qué?

La mujer suspiró.

Como si ya estuviera cansada de repetirlo.

—La señorita Octavia ha desaparecido.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Todo.

El silencio cayó sobre la habitación.

Livia observó nuevamente el vestido.

Luego a la mujer.

Luego a los dos guardias apostados junto a la puerta.

Y una sensación desagradable comenzó a crecer dentro de ella.

—No.

La mujer sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Fría.

—Todavía no sabes qué voy a pedirte.

—No importa.

La respuesta salió inmediata.

—Si hay soldados vigilando la puerta, ya sé que no me va a gustar.

Uno de los guardias soltó una risa.

La mujer no.

—Eres más inteligente de lo que esperaba.

—Y tú más sospechosa de lo que aparentas.

Aquello le ganó una mirada peligrosa.

Livia decidió que quizá era momento de dejar de hablar.

—Mañana debes casarte.

El mundo se detuvo.

—¿Perdón?

—Mañana.

—¿Casarme?

—Sí.

—¿Con quién?

—Con Marco Valerio.

Livia sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Porque conocía ese nombre.

Toda Roma conocía ese nombre.

General.

Héroe de guerra.

Favorito del Senado.

El hombre del que hablaban los comerciantes.

Los soldados.

Los políticos.

Las mujeres.

Especialmente las mujeres.

—No.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

—No.

La mujer se cruzó de brazos.

—Qué respuesta tan interesante.

—No voy a casarme con un general romano.

—Sí vas a hacerlo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Livia cerró los ojos.

Aquella conversación era absurda.

Completamente absurda.

—Ni siquiera soy noble.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

—Precisamente por eso estás aquí.

Livia sintió un escalofrío.

Porque empezaba a entender.

Y cuanto más entendía...

Peor era.

—Octavia desapareció.

—Correcto.

—Y yo me parezco a ella.

—Muchísimo.

—Y quieren que ocupe su lugar.

—Exactamente.

Livia soltó una carcajada.

Una auténtica.

Porque aquello era una locura.

Una completa locura.

—Van a matarme.

—Solo si descubren la verdad.

—Eso no es tranquilizador.

—No intentaba tranquilizarte.

La carcajada murió.

Inmediatamente.

Porque aquella mujer hablaba completamente en serio.

—No puedo hacer esto.

—Sí puedes.

—No.

—Livia.

Por primera vez utilizó su nombre.

Y aquello resultó extrañamente inquietante.

—Escúchame con atención.

La voz se volvió más baja.

Más fría.

Más peligrosa.

—Si te niegas, morirás hoy.

Livia sintió cómo el miedo se instalaba en su estómago.

Porque también sabía que aquello era verdad.

Los esclavos no tenían derecho a negarse.

Los esclavos no tenían derecho a decidir.

Los esclavos no tenían derechos.

Punto.

—¿Por qué yo?

preguntó.

La mujer permaneció callada unos segundos.

—Porque Octavia y tú tienen la misma edad.

El mismo color de cabello.

Los mismos ojos.

Y porque los dioses decidieron reírse de nosotros.

Livia bajó la mirada.

Hacia sus propias manos.

Manos marcadas por años de trabajo.

Por años de obedecer.

Por años de sobrevivir.

Y de pronto recordó otra mano.

Más pequeña.

Más cálida.

La de su madre.

Recordó soldados.

Gritos.

Un mercado lleno de gente.

Recordó verla arrastrada entre la multitud.

Recordó correr tras ella.

Recordó llorar.

Recordó no volver a verla jamás.

Habían pasado quince años.

Y todavía podía escucharla gritando su nombre.

Aquella fue la primera lección que aprendió sobre Roma.

Las personas débiles no elegían.

Las personas débiles obedecían.

O desaparecían.

—¿Y qué pasó con Octavia?

preguntó finalmente.

La mujer tardó demasiado en responder.

—No lo sabemos.

Aquello significaba una sola cosa.

Mentía.

Livia lo supo inmediatamente.

Pero también supo algo más.

No importaba.

Porque nadie iba a decirle la verdad.

No a una esclava.

—¿Y si el general descubre quién soy?

La mujer sonrió.

Otra vez aquella sonrisa.

Fría.

Controlada.

—Entonces ambos tendrán problemas.

—¿Ambos?

—Tú por mentir.

Él por haberse casado con una esclava.

Livia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Perfecto.

Ahora también estaba condenando a un desconocido.

—No quiero hacerlo.

La voz le tembló.

Por primera vez.

—Lo sé.

—Entonces déjame ir.

—No puedo.

—¿Por qué?

La mujer la observó fijamente.

—Porque el destino de varias familias depende de esta boda.

Livia soltó una risa amarga.

—Y el mío no importa.

La respuesta llegó sin vacilar.

—No.

Aquello dolió más de lo esperado.

Porque era verdad.

Porque siempre había sido verdad.

Porque en Roma había personas que nacían importantes.

Y personas que nacían reemplazables.

Ella pertenecía al segundo grupo.

Uno de los guardias abrió la puerta.

Dos sirvientas entraron inmediatamente.

—¿Qué hacen?

preguntó Livia.

Nadie respondió.

Las mujeres comenzaron a tomar medidas.

A revisar su cabello.

A examinar su rostro.

Como si fuera una estatua que necesitaban reparar.



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En el texto hay: romace, tension, romance y sexo

Editado: 20.06.2026

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